La movilización emergente de afrodescendientes ante la violencia racial



La violencia racial se determina como todo abuso de poder en contra de las personas por origen étnico, donde se demerita, descalifica y atenta contra la dignidad y la integridad física y psicológica de la persona; esto a partir de actitudes de discriminación que generan comportamientos de exclusión, segregación y vulneración de los derechos humanos y civiles a causa de la negación del otro; dicho en una sola palabra: racismo.


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Para comenzar, quisiera precisar que el racismo es actitud que parte de un principio de intolerancia ante las diferencias fenotípicas y del contexto cultural-étnico que rodea a una persona, donde la violencia y, en un extremo, la privación de la vida son las formas en que se expresa el odio y la ausencia del respeto al otro. Ante ello, me resulta oportuno recuperar, de manera muy breve, la perspectiva de Frantz Fanon que impregna en su libro: “Los condenados de la tierra”, la cual alude a que gran parte de los actos de marginación y segregación que vivencian los grupos afrodescendientes se debe a la estratificación social efectuada por el colonialismo Europeo, lo que ha propiciado, principalmente, un estigma sobre el color de piel, incluso añade que existe una aspiración sobre el deseo de liberación ante el yugo postcolonial invisible que vivencian estos grupos.

Lo antedicho sobre la violencia racial y el racismo, me permite asentar un preludio sobre lo que realmente deseo opinar: el acontecimiento lamentable e indignante del homicidio del afroamericano George Floyd por parte del cuerpo policíaco de Estados Unidos de América (EE. UU.). Esta circunstancia ha generado una rotunda movilización de grupos afrodescendientes en aquel país, más de 30 ciudades que se han sumado en oposición a este homicidio para clamar justicia por el acto de brutalidad policíaca. El suceso lo aprecio desde dos perspectivas: la primera, que, aunque existe un antecedente histórico-político que ha propiciado una lucha por los derechos civiles en EE. UU., siguen existiendo acciones discriminatorias que culminan en la violencia física y homicidio de personas con ascendencia y descendencia africana; la segunda, donde la pigmentación de piel sigue siendo una barrera social que inhibe el acceso a la justicia y participación social; además de propiciar desigualdades culturales, políticas y económicas.   

En este sentido, en cualquiera de las dos perspectivas precisadas, hago imprescindible recordar que no ha sido el único hecho de brutalidad y asesinato por parte del cuerpo policíaco de EE. UU., lo cual significa que del 2012 al 2020 han ocurrido 12 muertes violentas de personas afrodescendientes —aunque es muy probable que existan muchas más. Este dato es una muestra del porqué de los disturbios, la movilización y la protesta. En mi sentir, considero que todo acto que atente contra la vida de alguna persona, tendría que provocar esa reacción defensiva por la misma, si eso no fuera así, ¿cuál sería el propósito de reafirmar el derecho humano a la vida?

Por otro lado, este caso de Floyd resulto ser el detonante del hartazgo de toda una serie de injusticias, exclusiones y desventajas que han vivenciado las personas afrodescendientes, no solo en EE. UU sino también internacionalmente, como caso específico Europa, quien se ha sumado al movimiento “Black Lives Matter” para clamar justicia. Todo esto parece confirmar que la movilización colectiva gestada con la finalidad de exigir un cese a la violencia por origen racial es necesaria; asimismo, se convierte en una situación emergente, donde a través de la creación de frentes unidos que, mediante la inmediatez, la acción directa y la demanda, se opongan a la vulneración de sus derechos humanos y a los tratos arbitrarios por parte de la policía; al mismo tiempo, luchar contra la discriminación racial .

Todo lo dicho hasta aquí me invita a reflexionar sobre  la marginación y la injusticia racial que viven las comunidades afrodescendientes, y diviso que estos dos aspectos son producto de una violencia que ha escalado a lo estructural, lo cual significa que las consecuencias de abuso de poder se derivan de la impunidad y complicidad institucional, y la respuesta del presidente estadounidense solo acrecentá esa brecha de desigualdad de condiciones y empeora las situación coyuntural de violencia hacia afroamericanos.

Finalmente, al tener en cuenta la violencia racial y el homicidio de Floyd, hago importante señalar que los estereotipos, estigmas y prejuicios dirigidos a grupos culturales diversos pueden generar actitudes que atentan contra la dignidad y la vida; también, provocar violencia física, descalificaciones verbales y discriminación. Por esta razón, me parece indispensable centrar la atención en la creación de medidas orientadas al respeto de la diversidad y a sancionar con todo el peso de la ley los crímenes de odio; sobre todo, que promuevan una rotunda oposición a las prácticas racistas.






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