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Protestar sin incomodar a nadie: El nuevo producto que nos quieren vender en el siglo XXl.


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01/06/2020


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Luego de las manifestaciones ciudadanas que tienen origen en la ciudad norteamericana de Minneapolis – y que rápidamente se elevan por todo el país - por el homicidio de George Floyd a manos de un agente de policía, se reabre el debate, ¿protestar sin incomodar a nadie? ¿Cualquier ejercicio de violencia durante una protesta es un acto vandálico? ¿Las protestas deben ser simbolismos pacifistas que manden un mensaje o actos concretos de presión ciudadana? Entre estas y otras preguntas más, se mueve el debate en torno a cómo y para qué protestar.


En nuestro país, por alguna extraña (o no tan extraña) razón, se asocia a los movimientos sociales con extintos grupos insurgentes. Aquí todos estamos en un mismo costal, todos somos comunistas hasta que probemos lo contrario. Todo el que sale a marchar pertenece a un grupo insurgente y cualquier vidrio roto es un bochornoso acto vandálico. Aquí a todos nos han hecho creer que protestar da pena, que la gente educada y decente no tiene que estar haciendo nada al lado de un montón de revoltosos y que salir a las calles a colapsar el tráfico es un acto inhumano.

Desde que se tiene memoria, la protesta y el movimiento social han sido satanizados y cuestionados desde todas las ópticas posibles, pero en este siglo, nos han querido vender (si no es que ya la compramos) una idea “nueva” sobre la forma en que se protesta: Sin incomodar. Y para ejemplificar este punto, me remontaré al suceso más reciente que tiene nuestro país en el ámbito de manifestaciones populares. Noviembre de 2019.

Distintos países latinoamericanos, en el recorrido de la segunda mitad de 2019, alzaron la voz y empezaron una escala de protestas. El primer paso lo dio argentina, luego Chile, después Ecuador y justo ahí llegó el momento para Colombia. Ese tan criticado y a su vez esperado 21 de noviembre al fin llegó y trajo consigo una idea que lleva años cultivándose entre la opinión pública y el poder: la incomodidad de la protesta ciudadana.

Desde que iniciaron las protestas, los medios de comunicación abrían sus noticieros con una misma portada: Vandalismo y caos. No hay mejor cómplice para un mal gobierno que un deshonesto corresponsal periodístico.  Y es que esta idea, aunque no parezca, cuesta más de lo que se cree implantarla en la cabeza de cada ciudadano; venderle a todo el mundo que protestar incomoda, perturba y destruye la cotidianidad, es una tarea que necesita semanas de reiteración y persistencia.

En honor a la verdad, eso busca la protesta, dar una cachetada fulminante a quienes vulneran y violentan a aquellos que juraron proteger. En una astuta jugada, decidieron deslegitimar la protesta de una nueva manera. Ya no se cuestiona la validez de los reclamos, ya no importan las razones que motivan la anarquía, poco interesa si se vulneran derechos o si el órgano ejecutivo está rasgando la constitución.

Los motivos están en un segundo plano, aquí lo relevante es a quienes perjudica la protesta y entre la enorme lista de damnificados que dejan las jornadas de agitación, nunca aparecerá el Estado. Innumerables veces nos han hecho creer que los verdaderos afectados son los conductores que tienen que estar dos y tres horas dentro de un vehículo esperando a que terminen los trancones que generan las marchas. Han entrevistado a cuanto transeúnte se encuentran para preguntarle que si está de acuerdo con que esos vándalos revoltoso paren el tráfico o que si mejor deberían marchar por los andenes. Han escarbado en los últimos rincones de la sociedad para buscar a algún comerciante que les diga que ha tenido pérdidas millonarias durante las jornadas de protesta.

De una forma escandalosa han justificado cada abuso, crimen y “exceso” del cuerpo policial; porque ese es otro tema, cuando un agente de policía, durante una marcha le dispara y mata a un estudiante, en coro y sin ruborizarse, todos y cada uno de los medios de comunicación salen a tapar dicho crimen con un eufemismo, diciendo que fue un “exceso” por parte del cuerpo policial. La cobardía de no llamar las cosas por su nombre: homicidio a manos del Estado. Ha llegado a tal punto esta ceguera selectiva, que han tachado de terroristas a aquellos que lanzaron pintura sobre las paredes de alguna sucursal bancaria y han guardado un estruendoso silencio con aquellos que han bañado con sangre y plomo nuestras tierras campesinas.

Tal vez (solo tal vez) esta nueva relación de odio y rechazo hacia la agitación (y posible violencia) en las marchas y los actos de presión ciudadana, ha tenido tanta acogida entre nuestro prójimo por nuestra historia como país. Hemos sido una nación que se ha dado el lujo de tener la guerrilla más antigua del mundo y una de las democracias más bien cimentadas en el narcotráfico del Continente. La violencia nos ha marcado de tal forma, que vemos con malos ojos incinerar una moto del cuerpo policial -que minutos antes había atropellado y lesionado de gravedad a cinco jóvenes que venían en una marcha- solo porque nos han hecho creer que cada uno de los uniformados es un héroe civil.

Creer que cualquier acto que perturbe el orden en una protesta es violencia y que por ser violencia debe ser erradicada de la sociedad, es ignorar que en frente tenemos un Estado vulnerador y amenazante, que lo único que ha hecho es institucionalizar el caos. Que agotadores se vuelven aquellos que usan ese argumento que dice “responder con violencia a la violencia, solo pone a las victimas al mismo nivel de los victimarios”. Desconocer que las vías de los simbolismos son igual de ineficaces que no hacer absolutamente nada, es un acto de soberana inocencia. No nos vendan más la idea de la ineficacia del uso de la fuerza, no nos quieran convencer con que si se puede protestar, pero de la forma en que el Gran Hermano quiera.

A veces, hacer arder el Estado desde sus cimientos no es una solución, pero si el camino seguro para ser oídos.



Etiquetas:   Movimiento Estudiantil   ·   Movimientos Sociales   ·   Sociedad   ·   Huelga General   ·   Violencia   ·   Abuso Policial   ·   Estados Unidos   ·   Paz Social   ·   Colombia   ·   Protestas

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