Soy tu silencio y tu tiempo

Para un escritor, lo más importante que puede legar es su trabajo: el esfuerzo con el que pergeñó sus páginas pero sobre todo la honestidad con la que abordó esas dolorosas líneas. Muchas veces, esta labor es absolutamente incomprendida, olvidada y humillada por lo cotidiano. No obstante, no existe mayor recompensa que la mirada orgullosa de la niña a quien criaste, esa niña por la que desvelaste muchas noches en pos de construir su camino, esa niña por la que darías la vida por protegerla y verla sonreír. Por ello, comparto este texto escrito por mi hija, la niña que comparte conmigo esa pasión demencial por las letras, el único tesoro que podré legarle.

 

. Muchas veces, esta labor es absolutamente incomprendida, olvidada y humillada por lo cotidiano. No obstante, no existe mayor recompensa que la mirada orgullosa de la niña a quien criaste, esa niña por la que desvelaste muchas noches en pos de construir su camino, esa niña por la que darías la vida por protegerla y verla sonreír. Por ello, comparto este texto escrito por mi hija, la niña que comparte conmigo esa pasión demencial por las letras, el único tesoro que podré legarle.
R.M.

Soy tu silencio y tu tiempo

Lucía M.

Algún día de noviembre del 2019

A los trece años tenía los cabellos más largos, era considerablemente más delgada aunque mi cuerpo empezaba a experimentar los primeros cambios que le proporcionaba la pubertad y me convertí en lo que papá describiría como una ratona de biblioteca.

Parte de mi afición por el relato en pretérito, por la narración, nace en ésta época; mi habilidad para consumir salchipapas, chocolates y cualquier tipo de dulces era devorada con la misma ansiedad que consumía libros y acrecentaba los kilos al pesarme en una balanza.

En estos primeros años de despertar narrativo vivía y actuaba dependiendo del libro que leyera, en sueños podía ser terriblemente compasiva como la Soniechka de Dostoievsky, compartir la ingenuidad de Virginia Otis de Oscar Wilde o ser alguna descendiente de la familia Buendía de García Márquez y mi pequeño universo, es decir, el colegio y Barranco, se transformaban en pueblos lejanos que tenía un gran parecido a Macondo o Comala dependiendo de lo terrorífico que mi universo onírico quisiera transformarse. Debe ser que con ese olfato de sabueso quien ahora es mi ex novio intuyó dos cosas: la forma de acercarse a mí debía ser a través de la conversación sobre literatura y que nos llevaríamos bien ya que su universo literario era un poco más amplio que el mío.

Siempre recuerdo las primeras preguntas y las guardo, dijiste casi gritando (porque ya había puesto en mi espalda la mochila y caminaba rápido a casa) y tartamudeando (porque atrás estaban tus amigos y se habían dado cuenta que hace dos años me mirabas en la formación de los lunes en el colegio y yo ni cuenta me daba de tu existencia):

Si podía prestarte cincuenta céntimos porque te faltaba para tu pasaje y que tú paradero era a dos cuadras, justamente por el camino que debía tomar y que si no me incomodaba podíamos compartir juntos esas dos cuadras.

Lo que no intuyó ninguno de los dos fue que ésta pregunta daría inicio a una larga relación que sobre todo fue la de un par de amigos a los que les gusta conversar y más si eso puede consistir en dejar reposar la cabeza un rato sobre el hombro del otro.

Aquello que acrecentó mi interés no fue solo la cantidad de libros que intercambiamos y el considerable aumento en mi biblioteca personal, sino la siguiente pregunta: ¿Quién es tu escritor favorito?

Que te aseguró lo siguiente: mantenerme pensando en ti lo que llevaba de la tarde y la noche, y una larga conversación al siguiente día.

La respuesta la pensé con cuidado, en ese tiempo mi universo literario era bastante modesto y tenía miedo a equivocarme, y más en un tema tan crucial y serio.

La libreta de notas presentaba claramente ante los ojos de mi madre que su hija no se dedicaría a algo que tuviese que ver con números una vez acabado este campo de concentración nazi que representaba la escuela para mí. “Las matemáticas son una puta mierda, funcionan hasta segundo de primaria, no debería ser más que un curso de unos meses, nada tan triste como ser un profesor de matemáticas, ¿qué les enseñas a tus alumnos? ¿Será acaso importante el resultado de una multiplicación indispensable para afrontar su vida?”, era una de las respuestas que papá y yo compartíamos y pregonábamos casi como evangelizando, frente a las dos rayitas que formaban el ceño bien fruncido de mamá.

Fue la llegada de un físico que dejó la ciencia para convertirse en escritor (Sábato), aquello que me confundió un poco más y me resultó imposible responder la pregunta inicial, pero si acrecentó un enorme interés por aquel escritor que se volvió una obsesión y ésta fue alentada por la compra y préstamos de libros que hacía papá.

Es aquí donde inicio un catolicismo alterativo en el que mi santísima trinidad consistía en tres hombres argentinos, de los cuales quedé perdidamente enamorada y a quienes lloré porque llegué tarde, cuando ya ni podía enviar una carta con la esperanza de que me lean, pues habían fallecido; la persignación la hacía pensando en los siguientes nombres: Sábato-Cortázar-Borges.

Descubrí también que las esperas pueden no ser desesperantes si andas acompañado de un buen libro en la mochila, pero dada la persistencia en llegar tarde del Romeo de la pregunta y la certeza que tenía de que un minuto a mi lado vale muchísimo, la relación fue en caída libre agregando la pésima idea de mi ex novio por prestarme libros de Marguerite Duras que me hicieron adoptar personalidades literarias y me convirtieron en una femme fatale del siglo XXI.

Mi consumo poético era limitado por no decir nulo, terminé aquel campo de concentración para ingresar a otro con unas cuantas “libertades” añadidas, en donde los pibes andan con cabello largo y hasta de colores, la ropa suelta, botellas en mano del alcohol más barato que lo que mejor pueden asegurarte, además de pasarla bien un rato, es la ceguera y otras sustancias en los bolsillos que por no ser legales trataban en lo posible de no exponer públicamente; en fin un circo que consistía en perros, humo y payasos.

Uno de estos tipos de cabello largo me prestó Estrella distante y fue así que Bolaño hizo que me enamore de los poetas; este entusiasmo literario mío no fue compartido por papá quien ésta vez no cedió ante mis insistentes caprichos por consumir todas las publicaciones hechas por el autor.

Finalmente la relación se volvió muy tormentosa, ya tenía dieciocho años, entre idas y venidas cada uno buscaba una nueva compañía y asi el derrumbe y deterioro ocasionaron que cayera en la cuenta de un par de cosas de las que hoy me encuentro completamente segura:

1. Creo que me enamoré de él porque yo quería hablar de Literatura con alguien.

2. Prefiero un buen lector, que un buen amante.

El novio que me hizo esa pregunta no es más mi chico, y no creo que vuelva a serlo, pero ahora si tengo la respuesta.

 

Algo pasa en mi casa, como si todo fuese a cambiar, como si fuera el momento de dejar algo-alguien, creo que es el viento que está muy fuerte e intenta contarme algo pero no hablo idioma viento, idioma brisa y lo único que hace es asustarme o es el río que está a unos metros de mí y a través de la fuerza con la que se lleva las rocas intenta gritarme algo que tampoco logro comprender porque no hablo idioma río, idioma ola-viento-fuerza; pero papá sabe que me voy a ir, así que me escribió un cuento(creo que es su forma de decir te amo, hija) y el último párrafo me hizo llorar como no recordaba antes, reuniendo mocos y lágrimas.

Frente a los que quieres no importa cómo te ves llorando, sino el abrazo que recibas a pesar de asegurarles una considerable cantidad mucosa en sus prendas de vestir.

Aquel epígrafe que se llevó mis lágrimas pertenece a una compilación de cuentos que lleva de título “Estación ausencia” y no sé si la editorial se la quiera publicar, pero tengo algo que decirte:

Tú eres mi escritor favorito, papá.

UNETE



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