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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. La de los tristes destinos III (Fin)


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18/05/2020

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5. Palacio










Son contadas las ocasiones en las que, a lo largo de este episodio, aparecen la reina, el rey o las camarillas que los alumbraron. En Palacio la reina sólo aparece un par de veces, hablando con José García Fajardo, el marqués de Beramendi, y con su mujer. Son conversaciones insustanciales, conversaciones que no explican nada, o que lo explican todo, pues mientras el trono se desmorona, Prim se pronuncia una y otra vez, y Francisco de Asís, rey consorte, no deja de intrigar con monjas y clérigos, la reina se dedica a conceder títulos, bandas y honores.





Beramendi, el alter ego de Galdós, ya no se ocupa de Isabel II. Hace tanto caso de ella como de una cosa acabada. Directa o indirectamente en los Episodios han ido apareciendo las personas reales: Bodas reales, Prim, Los duendes de la camarilla... y bien a través de ellos, o en boca de otros personajes, Galdós nos ha ido informando de cuanto sucedía en la corte. A este respecto quizás el episodio más inquietante sea el de Los duendes de la camarilla. En él se pone de manifiesto el enorme poder que tenían en Palacio tanto sor Patrocinio, la monja de las llagas, como el padre Fulgencio, y, por supuesto, el Papa. Téngase en cuenta que España fue la única nación que no reconoció al estado italiano: Italia era del Vaticano. Isabel II temía las llamas del infierno, al menos en algunos aspectos.1





Don Benito era un hombre sumamente pudoroso, no sólo con su vida sino también con las ajenas. Hay aspectos de la vida real que no toca, ni siquiera plantea. En ningún momento nos dice que el rey era impotente, ni que la reina tuvo siete amantes y doce hijos, todos ellos bastardos. Uno de estos hijos, al parecer su padre fue Enrique de Puigmoltó, fue el llamado a reinar con el nombre de Alfonso XII. Galdós calla estos detalles. Nos ha hecho ver por el contrario toda la corrupción del clero en Los duendes de la camarilla. Conviene aclarar, sin embargo, que nunca carga las tintas, y que siempre hay un aspecto humano en todos sus personajes.





Beramendi no se atreve a decir nada en la recepción de Isabel II, aunque no se le escapa el final de la monarquía. Habla mentalmente con la reina:





“-¿Por qué celebras la adhesión del absolutismo, si el llamarlo y acogerlo ha sido tu error político más grande, pobre Majestad sin juicio? Eso, eso es lo que más te ha perjudicado y acabará por perderte: agasajar a los que te disputaron el trono, y dar con el pie a los que derramaron su sangre por asegurarte en él. Te has pasado al bando vencido, y para los que te aborrecieron has reservado los honores, las mercedes, el poder. Hipócritamente se agrupan a tu lado, y con devotas alharacas te rodean, te adulan, te abrazan... Pero no te fíes: lo que parecen abrazos son empujones hacia el abismo.”2





El que le interesa ahora es el príncipe. Y lo que le interesa del príncipe es la educación que está recibiendo. Para narrarlo Galdós se va a valer de la ficción: el hijo de Beramendi, Tinito, el pequeño, nacido “veinte días después del nacimiento del príncipe Alfonso”3 se hace amigo de Alfonso, y este lo invita a Palacio. Allí el niño se percata de la absurda educación que le están dando al futuro Alfonso XII. En este momento ambos niños tienen once años.





“-Papá voy a decirte una cosa. Alfonso no sabe nada. No le enseñan más que religión y armas.”4





El padre trata de justificar lo injustificable, y el niño le responde con unos argumentos que no son los propios de su edad:





“-Yo pensé que un rey tenía que aprender gramática, porque... si no sabe gramática, ¿cómo ha de escribir bien los decretos?”5





Beramendi, deseando enterarse por sí mismo de la educación del príncipe, se hace invitar a Palacio. No le gustan los aposentos reales, que ofrecen el aspecto de una casamata. No entiende que no le den unas habitaciones más sanas, con vistas al Campo del Moro. Se percata de que, efectivamente, al niño “se lo cría para idiota”.





[…]





“Así sabrás la verdad de la educación del Príncipe, que no es educación, sino todo lo contrario, un sistema contraeducativo. Sus maestros le enseñan a ignorar, y cuanto más adelantan en sus lecciones, más adelanta el niño en el arte de no saber nada.”6





Efectivamente al príncipe lo estaba educando para ser un figurón. Y los curas y la moral no le privaron de seguir la tradición real de traer hijos bastardos a este mundo, con una cantante castellonense, en este caso.





Pero Beramendi se percata de algo más, algo que trasciende a la educación del joven príncipe, que no tenía por qué avengonzarse de la moral de su familia:





“Hay que desentumecer, hay que sanear, penetrar en Palacio con un largo plumero y quitar las telarañas que ha tejido en los altos y bajos rincones el genio teocrático... Y en cuanto al espíritu de Fernando VII, que pegado a los tapices, a las sedas y alfombras allí subsiste, no echarás más que con exorcismos de Prim y buenos hisopazos de agua de Mendizábal... Anda, hijo; emprende la obra. No te olvides de quemar la santa túnica de Patrocinio, sudada y asquerosa, que allí encontrarás; quemarás asimismo todos los papeles que encuentres de la bonísima cuanto inexperta doña Isabel, pues nada pierde la historia con que las llamas devoren ese archivo... Y por fin, el cuarto del rey don Francisco lo sanearás y purificarás, no con el fuego, porque no lo merece, sino con aire tan sólo; bastará que abras balcones, puertas y ventanas para que salgan todos los mochuelos, lechuzas, murciélagos, correderas y demás alimañas que allí han hecho su habitación...”7





Las palabras del marqués no pueden ser más desalentadoras. No, no iba a ser una tarea fácil airear tantas cosas. Todavía quedaba una monarquía extranjera, un república, un intento cantonalista, la restauración, y otra guerra civil. Afortunadamente para Teresa Viallescusa y Santiago Ibero, y para algunos más, existían los “providenciales Pirineos.” Otros volvieron a derramar su sangre por esta tierra que nunca se ve harta. Esperemos que este último buche haya sido el definitivo o algo así.





No hemos hablado, por supuesto, de toda la trastienda de todos y cada uno de los personajes que aparecen en este episodio. El cual, evidentemente, se puede leer de forma independiente, tanto como se pueden oír los primeros movimientos, nada más, de una sinfonía de Mozart o de Beethoven.





Entrar en el mundo galdosiano es una maravilla: Galdós es el narrador por excelencia, su capacidad de fabulación no tiene fin; y sus personajes se van complicando, humanizando, conforme avanzan a lo largo de los Episodios, o de estos pasan a las novelas. Quedarse con un episodio nada más es como ver sólo una faceta del diamante, y don Benito siempre tiene el cuidado, y la grandeza, de mostrarlas todas. Este artículo sólo es un pálido reflejo de esa complejidad y de esa enorme humanidad.













FIN





1Véase al respecto Prim, cap. VIII





2La de los tristes destinos, cap. XIV





3La de los tristes destinos, cap. XI





4La de los tristes destinos, cap. XII





5La de los tristes destinos, cap. XII





6La de los tristes destinos, cap. XIII





7La de los tristes destinos, cap. XIV



Etiquetas:   Corrupción   ·   Monarquía

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