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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. La de los tristes destinos II


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18/05/2020

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3. Moralidad de padres e hijos














En el capítulo XXIV un amigo, Jesús Clavería, informa a Santiago Ibero de que su padre, sabedor de su paradero, y de sus relaciones con Teresa Villaescusa, va en su búsqueda dispuesto a llevárselo con él. Clavería le aconseja que se deje prender: “Estás en edad de no prolongar las tonterías... Veremos reproducida la escena de la Dama de las Camelias, cuando viene el papá del señorito Armando, y...”





Ibero hijo ni está dispuesto a dejarse prender ni a regresar con su padre. A petición de Teresa consulta con una persona mayor, don Manuel de Santamaría quien le aconseja que huya:





“-Tú y ella debéis desaparecer, evaporaros. Respetable será el papá, ¿quién lo duda?..., pero conviene que no encuentre al hijo casquivano. Los padres no tienen razón siempre. Lo que yo digo: la razón de la sinrazón es alguna vez la razón suprema.”





Santiago y Teresa huirán. Antes, Teresa pronuncia unas palabras tan proféticas como enigmáticas: “En fin, chico, que la vida humana se repite sin cesar, y lo que hoy pasa ha pasado miles de veces.”





Tiene razón, y para comprobarlo nada mejor que recordar la vida del padre, de Santiago Ibero. Aparece este por primera vez, siendo protagonista del mismo, en el episodio titulado Montes de Oca. Pertenece a la tercera serie. Es presentado por Bretón de los Herreros. Tiene unos 32 años y es teniente coronel del ejército, y progresista.1 En la tertulia de Bretón de los Herreros, a la que también asiste don Bruno Carrasco, conoce a don José del Milagro que lo invita a su casa. Don José del Milagro, cesante, tiene dos hijas, una, María Luisa, casada, y la otra, Rafaela, la Perita en dulce, que “no era viuda, ni casada, ni soltera.” al decir de su padre.2 La razón es bien sencilla: su marido, subteniente de la Guardia Real, la había abandonado.





Santiago Ibero se había prendado de una señorita de La Guardia a quien había conocido en la niñez. No le dio más importancia al asunto hasta que las obligaciones militares lo alejaron de ella. Estar lejos de La Guardia, y de Gracia, se convirtió entonces en un tormento.3 Se entera, además, de que la hermana de dicha señorita, Demetria de Castro-Amézaga, ha dispuesto el casamiento de su amada con el marqués de Sariñán. Santiago Ibero se enfurece: “y propongo a Gracia la rebeldía, la evasión la fuga... Cerco la casa, la incendio; arrebato a Gracia, la robo, hago el trovador; no me arredran los lances de comedia...”4





Así se lo cuenta a la Duquesa de la Victoria implorando que logre que su marido, don Baldomero Espartero, lo destine a Vitoria, ciudad cercana a La Guardia. Espartero necesita a los leales en Madrid, y Santiago Ibero se tiene que quedar. Estamos en la época de la Regencia, y de las intrigas de la reina María Cristina y su morganático marido.5





Ibero padre frecuenta la casa de don José del Milagro, donde tiene discusiones, más o menos graciosas, con la Perita en dulce. Esta parece tenerlo ya todo muy claro: “La libertad como el retroceso, ¿qué son sino los motes o letreros que se ponen estos o los otros señores para mangonear?”6 Está casada con un error, con un hombre que la ha abandonado, y ella se ha quedado en tierra de nadie. Hay algo, pues, que le importa por encima de todo: “Tanto hablar de libertad y no nos traen el divorcio. Que mi padre no me oiga decir la herejía de que no tendremos una buena Constitución hasta que no traigan las reglas de descasar..., y otras cosas, Señor, otras cosas que por ahora me callo, para que usted, señor de Ibero, que es tan remilgado y para poco, no se escandalice.”7





Santiago Ibero no tarda nada en hacerse amante de la Perita en dulce. Pero don Benito lo excusa inmediatamente:





“Cómo pasó Ibero por suave pendiente desde las alturas del amoroso ideal caballeresco a una liviandad caprichosa y pasajera, lo comprenderá quien considere su soledad triste, su juventud misma vigorosa y la fuerza de los hábitos militares en tiempo de paz, y a veces de guerra.”8





La relación entre ellos no va a durar mucho. Ibero, viéndola despeñarse, tratará de ser su maestro. Cosa inútil según la hermana de la Perita en dulce, pues “no podrá enderezarla, digo, porque usted la enseñó a torcerse.”9





Tras la discusión con María Luisa se percata de que la redención pertenece a Dios y no a los hombres. “Hagamos todo el bien que podamos -se decía-, pero dejando siempre a un lado los trastos de redimir.”10





Ibero asiste en los momentos finales a Montes de Oca. Es el encargado del pelotón de fusilamiento, aunque termina por delegar el mando.11





En el siguiente episodio Los ayacuchos, asistimos a la degradación de Ibero, degradación que le lleva a romper con Gracia de Castro-Amézaga. Es el momento en que Fernando Calpena, protagonista principal de la tercera serie, va a casarse con Demetria de Castro-Amézaga. Esta, antes de la boda, le impone una prueba: rescatar a Santiago, y traerlo a La Guardia. Calperna cumple el cometido a la perfección. Ibero ha hecho, entre tanto, un viaje iniciático que lo ha llevado de las mujeres al seminario. Calpena, con leves trampas y argucias, lo obliga a recorrer el camino inverso. Cuando llegan a la Guardia, Ibero ha recuperado su antiguo ser, y pasa a casarse con Gracia.





Su hija Fernanda matará, con una espada, a la amante de su novio12, y su hijo Santiago, más agraciado, huirá con una mujer de la que su padre, sin conseguirlo, trata de separarlo. Cosas de la moral.













4. Últimas ilusiones revolucionarias













Santigo y Teresa viven en Francia, como otros exiliados, donde todo les va saliendo bastante bien. Pero Santiago, pese a todo, sigue con el prurito de la revolución. Deja a Teresa para participar en la última intentona de don Juan Prim. Interviene en ella; y si Teresa lo desengañó con respecto a su novia de juventud, la batalla del puente de Alcolea comenzará a curarlo de revoluciones y guerras:





“-No es cobardía lo que me separó de vosotros -dijo Ibero a su amigo-; es el espanto de ver cómo se matan unos a otros los hermanos... Disparé, vi caer muerto a un cazador de Madrid... Tuve esa desgracia... Al segundo disparo no hice blanco; al tercero, sí... cayó, ignoro si herido o muerto, otro soldado de Madrid. No sé lo que me pasó al verlo... Rompí a llorar de pena... Creí que mataba a un hermano mío. Aumenta mi congoja el veer la ferocidad con que se matan estos y aquellos... y acaba de confundirme el verlos vestidos con el mismo traje. Un número no más los diferencia... Me ha entrado un terror muy grande sólo de pensar que puedo equivocarme de número.





[…]





A todo seré traidor; pero no a la humanidad. Esta carnicería es estúpida... ¡La guerra civil!, ¡qué cosa más abominable!... Menos mal cuando se pelean los que quieren libertad con los que la aborrecen. Pero aquí, en uno y otro bando, todos piensan lo mismo. Métete en el pensamiento de ellos, examínalos por dentro uno por uno, y verás que no hay diferencia mayor en lo que desean... Todo es un puntillo de honor, un puntillo de disciplina y nada más...”13





A tan encendidas palabras, responden las llenas de sentido común de su amigo Leoncio Ansúrez:





“-Sea lo que quiera, ven y déjate de humanidades y tonterías... sin pensáramos siempre en la humanidad, no habría guerras ni gloria militar. Con tus ideas, viene necesariamente el desmayo, y si desmayamos, nos derrotará y destrozará el que trae la bandera de doña Isabel y su camarilla.”14





Ibero aceptará de mil amores la posibilidad que le brinda su amigo Manolo Tarfe de regresar a Madrid. Pero allí le esperan nuevas y desagradables noticias: su amigo, ya en el tren, le informa de que Teresa ha vuelto a su antigua querencia. Son rumores propalados por unos y por otros, que Ibero no se cree. Y las consecuencias que saca de ellos son terribles:





“-Ahora veo todo lo vulgar, todo lo indecente y chabacano de esta revolución que ustedes han hecho -dijo Ibero con negro pesimismo-.¡Inmensa y ruidosa mentira! La misma Gaceta con emblemas distintos... Palabras van, palabras vienen. Los españoles cambian los nombres de sus vicios.”15





Por si esto fuera poco, comienzan los destinos, los cargos, y el intento de asalto al Palacio, frenado por un periodista. Santiago sale de Madrid hacia San Sebastián viendo como “La inmensa grey desheredada del progreso y democracia aprestábase a invadir los nacionales comederos.”16 Y de esta forma, mucho después, se le da la razón a las palabras de la Perita en dulce cuando afirmó que la libertad sirve para el mangoneo de unos y de otros.





Y para que no falte la visión cómica se nos informa que “Una de las Zorreras, la más joven según versión digna de crédito, arrebatada de patriotismo y de ardoroso frenesí revolucionario, se dejó decir, moviendo caderas y arremolinando faldas, que para celebrar el triunfo de la libertad se ofrecía gratis para todo el que quisiera.”17





Lo que le han contado a Santiago de Teresa es falso. Está en San Sebastián, sí, pero acompañando a su patrona en un viaje comercial. Reunidos por fin los dos amantes, deciden marcharse a Francia. Así se despide Ibero:





“Adiós, España con honra. Nos hemos muerto... Adiós, que te diviertas mucho. No te acuerdes de nosotros.”18





1Montes de Oca, cap. II





2Montes de Oca, cap. XI





3Montes de Oca, cap. V





4Montes de Oca, cap. VIII





5Montes de Oca, cap. VIII y IX





6Montes de Oca, cap. XI





7Montes de Oca, cap. XI





8Montes de Oca, cap. XIII





9Montes de Oca, cap. XVII





10Montes de Oca, cap. XVII





11Montes de Oca, caps. XXVIII-XXX





12España sin rey, cap. XXXI





13La de los tristes destinos, cap. XXXI





14La de los tristes destinos, cap. XXXI





15La de los tristes destinos, cap. XXXII





16La de los tristes destinos, cap. XXXVII





17La de los tristes destinos, cap. XXXVII





18La de los tristes destinos, cap. XXXVIII



Etiquetas:   Monarquía

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