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Púlpito del diablo


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10/05/2020


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  • Tal como los infantes se aventuran en dar sus primeros pasos, así se devana mi memoria en búsqueda de esa noche donde navegábamos a cuatro ruedas a través de cordilleras delgadas, turbias, oscuras y sombrías; valga decir que era de madrugada. Esa noche en particular, el sendero sinuoso que nos conducía a ese pueblo anhelado desde el inicio de la travesía, se nos presentó de manera lúgubre; con su oscuridad absoluta y esa niebla espesa que había de parecer el vaho emitido por el mismísimo Cthulu, nos hacía sentir un poco de escozor al pensar que tal vez nuestro destino seria el encontrar un sin salida de ese pequeño limbo.


    Como aquel que se empeña en encontrar el sendero hacia su amada a pesar del desdén de está, así estaba yo intentando encontrar el camino correcto, guiando al que llevaba la rienda del vehículo y esperando que la buena mar nos llevara al buen puerto. Después de horas de trasegar esa niebla que no daba tregua, mis ojos al fin se aplacaron ante el dolor y la fatiga crónica, viéndome obligado a ceder toda responsabilidad al piloto, dándome así por vencido ante la ardiente brasa que era ya mi córnea.

    Me despiertan los primeros rastros del alba, hallándome en lo que parecía ser una cercanía a nuestro destino; cuando de repente siento dentro de mí también el despertar de una cascada que busca desembocar fuera de mi existencia, es así como hacemos un alto en el camino y procedo a tomar parte del exorcismo litúrgico que se torna en mi ser, haciendo despliegues parsimoniosos de mis endemoniadas arcadas. Pero tal como Job encuentra sosiego al final de su quebranto, así encuentro yo placidez al volver al sendero, dejando atrás ese pequeño tormento y encontrándome  con el aire puro y la certeza que brinda la luz sobre la oscuridad.

    Al llegar cruzamos aquellos pasajes adoquinados queriendo encontrar valía en sus fachadas y estatuas. Descendemos al fin de nuestro transporte queriendo perder esa postura pseudo-fetal adquirida por varias horas de viaje y damos rinda suelta a una corpórea posición más natural. Yo sintiéndome más “vacío” que los demás insisto en buscar aliciente. Después de sentirnos satisfechos vamos en busca de nuestro guía, quien nos adentrara profundo y muy alto en la cordillera, con la promesa de encontrar maravillas insospechadas y secretos propios de los antiguos.

    Se acerca con la pasividad propia de un místico sabio, que a su vez contrasta con una figura delgada pero visiblemente ágil y un rostro afeminadamente varonil. Se llama Tomas, ha sido guía por dos lustros y parece tener la vitalidad de seguir muchos más. Nos explica los pormenores del recorrido y nos incita a ser cautos y no dar razón al libre albedrío de explorar fuera de los límites.

    Así pues, partimos hacia la media montaña de nuevo en nuestro vehículo. Ya no sentimos la pesadez propia de no dormir, así como no tenemos tedio por esas alforjas que nos fueron asientos unas pocas horas antes. En el ascenso encuentro una belleza que no me era familiar, bien sea por desuso de facultades o bien sea porque nunca la había admirado, pero definitivamente iba calando en mí una impresión in crescendo que me apresaba calurosamente y por ende solo se iba a detener cuando tornásemos a casa.

    Al llegar a la edificación descubro su inmensidad así como su simpleza llamativa. Siendo un complejo dividido en tres cabañas: dos residenciales y una que oficiaba como cocina y comedor común; no se desdibuja el lienzo manifiesto a su alrededor. En crepúsculo encontramos un tapiz ígneo sobre el valle que nos cercaba y a medida que nos abrasaba la noche atizamos a Orión en caza, así como a Antares impartiendo aguijón y todo esto mientras nos sorprendía brillante y vibrante la titán Artemisa haciendo gala de su plenitud. Pensando que no habría más sorpresas en este multicolor paisaje, nos recibe un despertar bañado en escarcha algodonada movida a través de un velo semitransparente, que deja a su paso una estepa húmeda, recia y ajedrezada.

    Después de preparar todo lo dispuesto para la travesía venidera, salimos a desandar el camino en busca de aquella inefable cima que con ansia anhelábamos pisar, pero que tan briosa como su formación misma nos obligaba a rendirnos. (Ahora que medito sobre aquel ejemplar de Chandler que decidí llevar por compañía, para aquellas horas de ocio; debí llevar conmigo la magistral de Alighieri, porque de cierto fue un viaje divino-cómico. Aunque solo lo sabría al final del día). Ya de andariegos y con ánimo resuelto marchamos al inicio como un pelotón en campaña y aunque los kilómetros y las horas iban marcando distancias unos de otros, termine siendo cómplice de pasos junto a M. con quien además de divagar acerca de lo humano; también guardamos vehemente silencio al sumergirnos en el nuevo oasis que se nos presentaba cada tanto.

    Ilusiones de ensueño nos eran manifiestas a medida que avanzábamos y avizorábamos en cada nuevo paraje un universo nuevo, palpable y tangible. Harto dudoso me encontré al pensar que tal vez mi conciencia me engañaba y yo solo alucinaba historias mientras empuñaba esferas de cristal en las manos y así encontraba maravillas distopicas distantes unas de otras, pero no; no fue tal.

    Para asegurarme fue menester servirme y beber de aquellos arroyos incorruptibles y primigenios. Bendita agua majestuosa, cristalina, casta y pura; aquella misma que habría de saciar la sed de ancestrales que tenían dominio sobre estas escarpadas latitudes, desde tiempos inmemoriales y que ahora solo aguardan a vividores de experiencias que tientan la buena fortuna.

    Dejando atrás los impulsos febriles causados por el éxtasis que este lugar ejercía sobre mí, fuimos ascendiendo poco a poco, no tanto por lo árido que iba tornándose el suelo, sino por la ausencia de oxígeno; muy propio de la altitud que íbamos alcanzando. Y así con dudas, fatigas, desconciertos y dichas teníamos ante nosotros la base del risco, el púlpito del diablo, el monte insidioso, la exigencia máxima, la batalla final.

    Adoptando un ritmo cadencioso similar a los cabros monteses iniciamos nuestro encuentro con el pico absoluto. Palmo a palmo, pie a pie, metro a metro, nos surcamos entre el muro rocoso; sin abandonar el espectáculo pseudo-volcánico que se acicala en nuestros dorsos a medida que nos elevábamos y regresamos la mirada. Cuando damos termino a aquella avanzada vertical y empezamos el tramo final con prontitud, nos golpea un viento impetuoso que nos obliga a hacer alarde de toda maroma que evite que nos lleve con él.

    Al retornar la pasividad que reina al final de toda tempestad, vislumbramos la cresta de un sinfín de cuerpos montañosos que hacen de vigías inertes sobre valles y planicies igual de imperturbables y que con la notoria escases de aire (claro está, para los que son ajenos a estas vastas tierras) nos es obvio que estamos muy cerca de nuestro cometido.

    Ya sin aliento y sin aire en los pulmones, mi cuerpo me reclama por el mórbido trato que le he dado y me exige una satisfacción; pero al no admitir tregua, esté blande todo el ácido láctico a su disposición y me obliga a padecer los finales metros, no sin antes ser testigo yo de una hazaña propia no de un guarda-bosques curtido o siquiera de un humano promedio; sino más bien de un leopardo de las nieves. Aquel protector-felino escala el risco casi vertical a una velocidad tal, que no me permitió contemplar si esos movimientos eran antropomórficos o irreales; pero en todo caso llega a nuestra posición y sigue su camino con ese atroz paso.

    Sabiendo que mi limite me abandono unos cientos metros atrás, avanzo con estos plomos como pies y una sonrisa giocondesa sin detenerme, sin mirar atrás. Todo fue sudor y fatiga, ahora templanza y combustible. Me habla la cordillera, la bruma me ciega solo para guiarme con los sentidos moldeados, el polen cristalino acaricia mi tez, mi agitada respiración irrumpe en la solemnidad del silencio absoluto y al final me hallo frente al trono de hielo; noble e imponente que se yergue en lo más alto, solo para ser testimonio de la grandeza de su magnánimo Creador.

    Habiendo cumplido, no por fuerza propia sino por el favor de la providencia, descendemos con ahínco al regresar a casa, pero recíprocamente sentimos  languidez al tener que abandonar un Edén terrenal de aire puro y vid abundante. Solo confió en que el rio del tiempo, el cual nunca detiene su cauce; no despoje mis recuerdos en su caudal infinito…







Etiquetas:   Crónica   ·   Naturaleza

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