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Letras encerradas-Crónicas de cuarentena. Parte II


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03/05/2020


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XXII

Notas en el diario. Discriminación que cuesta el puesto a dos policías. Se necesita el conflicto para existir. La tranquilidad del encierro puede “poner en peligro” la agenda progresista. Se necesita hacer bulla para que no se “olviden” de ellos. Se necesita zurrarse olímpicamente en los dictámenes de las autoridades, desobedecer y provocar a la bestia. No es un secreto la rudeza elemental en la que son entrenadas las fuerzas del orden.  Hombres que conviven con un esquema primitivo y vertical son los menos indicados para tratar con la cortesía y buenas maneras que alguien esperaría- ¿Alguien se quejaría si molestamos a un perro bravo y luego nos muerde?-.  Escándalo de salones de té ver a un grupo de personas- entre ellos varios travestis- haciendo ejercicios físicos en una dependencia policial y repitiendo frases que los agentes ordenan. Escándalo de hoteles  de lujo saber que si desobedeces un mandato policial acabarás siendo tratado con rudeza y hostilidad. El diario “llora” la cantilena policial-“voy a ser un hombre”- y pone el grito en el cielo porque se transgredió  la dignidad de “mujeres” de las personas “agredidas”. El diario llora y, sin embargo, en la foto se puede ver, claramente, el órgano  genital masculino de una de las “mujeres”. La corrección política enfrentada a una verdad elemental. La pandemia progresista contra la biología básica. Probablemente, esta bulliciosa minoría espera que los traten con pétalos de rosas y cantando canciones de amor en la comisaría. La “complejidad” de la situación indica un solo antídoto: obedecer el mandato para el bien común. Nada más. Basta de quejarse de todo, basta de pedir cosas que no brindamos a otros, basta de hipocresía mediática, basta de pedir tolerancia cuando tú mismo no la sabes brindar en tus situaciones cotidianas. Basta de poner el grito en el cielo por humillaciones y malos tratos SOLO para unos y para otros no. Basta de arañarse porque aquel trans decidió salir a la calle cuando no debía. Basta de voltear la mirada, la página cuando arrestan a un hombre humilde y recibe PEOR trato que estos “privilegiados” de diarios y ONG. Basta de fabricar generaciones débiles, idiotizadas de tecnología pero incapaces de encontrar soluciones concretas a PROBLEMAS REALES. Basta de jugar a los llorones y juguemos a vivir, a enfrentar las complicaciones, a recibir golpes y aprender de ellos. Basta de jugar al superhéroe, a creerse intocables y saltarse las normas sabiendo que, ante cualquier problema, estarán las cortesanas de siempre dispuestas a hacer la mayor bulla posible destruyendo esta temporada de extraña pero pacifica quietud urbana.

XXIII

Una mujer calata deambula en el norte del país. Rompe la quietud de la cuarentena. Rompe el castillo de cristal de la “famosa” solidaridad peruana. Aquellos que se proclaman “unidos”, “luchadores”, “preocupados”, no son capaces de brindarle a la mujer la mínima ayuda elemental sino que capturan la imagen de la desdichada en sus modernos teléfonos-¿eso no es humillar?, ¿eso no merecería una nota similar a la de los policías y los homosexuales?- para quien sabe qué. Desde decenas de ventanas la desdichada es capturada en pantallas y miles de redes sociales para terminar, seguramente, en carteles bromistas, en comentarios sarcásticos. Una mujer deambula y la policía no sabe cómo reaccionar ante ello. Intentan reducirla pero la infortunada anuncia que está contagiada con el dichoso virus y eso aletarga la reacción de los agentes. Incluso la fémina, en felina reacción, se encarama sobre la patrulla de los uniformados. Estos intentan conversar con ella. No se atreven a acercarse por temor al contagio. Ella se identifica como ecuatoriana. Nadie sabe cómo llegó ni de dónde viene. Minutos preciosos se pierden por la inacción de todos. Desde las ventanas, los ciudadanos agazapados-cotorras de esquina- observan el desarrollo de la situación. Ni policías ni enfermeras, nadie viene en ayuda de la mujer. Finalmente, ella escapa y todos tienen una “anécdota” más del tiempo de encierro. La pregonada solidaridad, de repente, no sirve para estas personas, la solidaridad debe tener requisitos y seguro que la enajenación mental no es uno de ellos; seguro que el destino de la desafortunada no merece la atención de nadie, la misma preocupación mediática… una mujer calata deambula por las calles del norte del país y desnuda nuestras propias miserias de pueblo hipócrita.

XXIV

Uno de los “reyes” urbanos, privilegiado desde los pezones rosados y anglosajones de su madre, pierde la paciencia por el prolongado encierro y desde su cómodo departamento lanza diatribas e insultos lamentables hacia policías que realizaban su patrullaje nocturno. Se escucha su voz y-aunque su rostro no se ve- se auto identifica como “fulano de tal”. Aunque su discurso contiene los lamentables tópicos de siempre-la privilegiada educación, la ostentación del dinero, la “superioridad” (ja, ja) de su raza sobre la de los demás- que remiten a cualquier conversación vacía de dos jovenzuelos de universidad particular, preocupa la casi nula condena de la opinión pública. Resulta curioso que el sujeto de marras viva en uno de los distritos más acomodados de la ciudad y que sea, desde este mismo distrito- de donde provengan las muestras de “solidaridad” más publicitadas hacia la gente que pone el pecho en esta epidemia. Quien ha sufrido esta misma discriminación por parte de sujetos similares a este, solo puede reírse y lamentar el nulo nivel moral e intelectual de gente que se “enorgullece” de haber pasado por la educación privada pero no se puede reír con el doble rasero de los medios de comunicación que, precisamente, se proclaman inclusivos, protectores y solidarios. El silencio o la tímida nota sobre el hecho solo puede causar melancólicas nauseas por la hipocresía de estos predicadores modernos de los nuevos valores. ¿Alguien puede sorprenderse con la reacción de esa bestia? Acaso la cuarentena incentive que nuestros demonios agazapados afloren con fuerza inusitada. La inactividad puede convertirnos en lo realmente somos y hacer que un arranque de ira borre, de un plumazo, toda la farsa solidaria que pretenden hacernos creer aquellos idiotas de balcón cuando aplauden y ponen sus ridículas canciones y proclamas patrioteras.

XXV

Radiografías inconformes

El miedo a la muerte. EL miedo a quedar en evidencia. El miedo a que cualquier enfermedad demuestre la precariedad del sistema de salud. El miedo al aburrimiento para realizar la farsa de la preocupación por el prójimo- aquel que en días “normales” ni siquiera saludamos con respeto y cortesía-. El miedo a quedar en evidencia para ponerse la máscara del optimismo y la solidaridad para así maquillar el desamor por tu país cantando en tu balcón canciones “peruanas”. El miedo al hastío para burlar las disposiciones. El miedo a tu propio vacío para salir a emborracharte, a pasear a tu perro o a tu propia estupidez. El miedo a tu propio desorden para “enfrentar” a la autoridad, para insultarla, para despreciarla. El miedo a tu falta de rumbo y vacío para posar en miles de fotos con mensajes aleccionadores y de desmesurado optimismo. El miedo a tu falta de fe para recitar, autómata, frasecitas de tarde de estadio- “si se puede”, “juntos la hacemos”, “todos juntos, Perú”. El miedo, no la esperanza. El miedo, no el optimismo. El miedo, no la solidaridad…

XXVI

Y seguirán saliendo a la calle. Y seguirán desfilando por dependencias y comisarías todos aquellos a los que la ley les vale un comino. Y seguiremos viendo a la curvilínea señorita paseando a su perro, al borrachín aburrido que busca una cerveza con desesperación, a los calichines que juegan la final de la copa del mundo en la losa deportiva, a esos mismos “futbolistas” que luego van por la copa de alcohol que rige sus vidas, al tarado que corre porque está “acostumbrado a hacer ejercicio”, al indigente desconcertado por la quietud de una ciudad tóxica e ingrata, a la malcriada que patea e insulta los policías que la intervienen,  al  delincuente desesperado porque no hay a quien asaltar, al racista niño rico que insulta desde el balcón de su barrio de clase acomodada, al tarado que esconde su botella de trago en su bolsa de compras pero olvida disimular el aliento alcohólico cuando lo intervienen, al sinvergüenza que reparte marihuana en tiempos de cuarentena, al vago que da una vuelta por el barrio en día solo femenino, a la señora con su bolsa de mercado en día solo masculino porque “mi marido no sabe comprar, señorita”… y seguiremos viendo a los barrenderos trabajando aliviados porque jamás la ciudad había estado tan limpia, a los serenos sonriendo orgullosos porque debe ser la primera vez que la ciudad les otorga autoridad, a los policías que reciben aplausos de noche e insultos de día, a los médicos que atienden la emergencia y que, tal vez, esta misma emergencia les haga reflotar la humanidad que hace tiempo perdieron en el ejercicio de su profesión.

XXVII

Un auto en medio del silencio. Un auto  bullanguero inquieta la paz del barrio en cuarentena. Un auto que vomita las insulsas melodías urbanas, un auto que vomita aromas de alcohol y sexo barato. Un auto que insulta el civismo de otros que si cumplen con la cuarentena, de otros  que priorizan la salud y el bienestar común antes que la satisfacción de la estupidez y los instintos. La denuncia no se hace esperar pero el auto y sus ocupantes están demasiado concentrados en sus propios asuntos que ni siquiera reparan cuando llega la policía y la prensa a cubrir el hecho. Las primeras imágenes muestran el dichoso auto y a un tipo, a unos pasos, orinando en plena vía publica y sin inmutarse cuando la cámara lo capta.  La primera sonrisa asoma cuando el sujeto es interrogado sobre su proceder-“recién he salido de mi casa un rato para orinar porque el baño estaba ocupado, señorita”, responde-. La reportera, perpleja, no sabe refutar y el tipo se ríe muy orondo aunque no le gana a la carcajada del televidente cuando los oficiales ordenan salir a los ocupantes del auto. No hace falta ser adivino para intuir que eran jóvenes, dos mujeres y un hombre, entregados a los deleites del alcohol y el sexo-una de las muchachas estaba semidesnuda-. Los tres agachan la cabeza, compungidos y arrepentidos mientras que el otro-el sujeto de la urea- continuaba, inexplicablemente, orinando sin ser detenido por nadie. Los muchachos se deshacen en disculpas-“ha sido un error de nosotros. Discúlpenos, pe”, “no estábamos en la calle, estábamos en la puerta de mi casa” - y por supuesto, se los llevan detenidos. Nadie lo nota pero los oficiales parecen incómodos, nerviosos… La reportera pregunta a los vecinos. Estos agradecen que se hayan llevado a los revoltosos pero nadie se explica porque el auto haya podido estar tanto tiempo-desde las primeras horas de la mañana- haciendo de las suyas hasta que alguien lanza la probable razón: “el auto le pertenece a un efectivo policial, señorita” y queda la molesta espina, queda el molesto refrán que pregonaban los abuelos: “la ancho para mí y lo angosto para ti”…

XXVIII

Restricción de tránsito por géneros. Tal vez un último esfuerzo por controlar el avance del virus. Tal vez la estrategia es afinada para conseguir mejores resultados en esta crisis sanitaria. Tres días para las mujeres y tres para los varones. La circulación estaría prohibida los domingos. A estas alturas del encierro ya no vale la pena hacerse mala sangre por las circunstancias. Hacer un acopio de paciencia y resistir esta situación que parece no tener fin. Tal vez, la restricción por género ayudaría a bajar la inquietante curva de contagios, tal vez ayudaría en algo. Día de varones, todo transcurre con cierta normalidad. Se hacen las compras con rapidez y sin pasear por los ochenta puestos del mercado para encontrar el mismo producto a diez o veinte centavos menos. Día de mujeres, caos total. Dúos, tríos, cuartetos de comadres que, rápidamente, se ponen al día de las noticias familiares, barriales y hasta mundiales. Madres e hijos. Adolescentes, ancianas, todas llevando a las calles y mercados la frustración de tantos días de encierro. La comunidad gay no encaja y empiezan los problemas, las quejas. La secuencia se repite y el desorden de los días femeninos es preocupante. Nadie parece respetar las recomendaciones en estos días y los mercados bullen de paseantes y bullangueras como en sus mejores tiempos- aunque, ni pensar en criticar la actitud femenina pues en estos tiempos es un sacrilegio decir algo en contra de estas pacíficas, ordenadas y educadas criaturas-. Es evidente que algo está fallando, que la medida no es la apropiada. Pasan unos días y el gobierno decide suprimirla. El presidente acierta. Reconoce que la medida no dio los resultados esperados pero, por supuesto, ni una sola palabra sobre el desorden de las damas. No importa, uno se va acostumbrado a la hipócrita corrección política. Sin embargo, esa manía de hurgar en las noticias lleva a descubrir a un sujeto pintoresco. Un sujeto que forma parte del comité de consultores del gobierno, Un sujeto que usa una corbata michi que acentúa su bufonesca presencia. Un sujeto que está hace mucho tiempo en los reflectores del quehacer político del Perú y que no ostenta ningún logro significativo para el bien del país. Un sujeto que anuncia, suelto de huesos, que se equivocó. Reconocer el error es laudable, es de caballeros. El sujeto anuncia que se equivocó, que fue él quien propuso la restricción de tránsito por géneros. Un sujeto que anuncia que su error se debió a su intención de “combatir el patriarcado” (¿?). Un sujeto que, seguro, continuará en las altas cimas del poder político. Un sujeto que solo provoca risa, lástima…    

XIXX

Entregas tu libertad a cambio del común. Difícil ejercicio para un mundo y una modernidad caracterizada por el egoísmo y la frivolidad del éxito inmediato. Entregas tu libertad en pos de la salud de la colectividad. Entregas tu libertad en nombre de la “guerra” contra el misterioso enemigo invisible. Difícil ejercicio de tolerancia cuando enciendes la televisión y puedes coleccionar-en breves minutos- un rosario enorme de sandeces y estupideces que hacen sonrojar a cualquiera. Entregas tu libertad, días, semanas, meses y es la ocasión perfecta para la reflexión, para recomponer errores, fortalecer aciertos. Esperarías un mínimo sentido común de toda la ciudadanía. Resuenan las palabras del presidente en los primeros días-“si todos cumplimos con las medidas no será necesario extender la cuarentena por más tiempo”- y sonríes porque continúa el encierro, porque algunas personas tienen la obediencia como  virtud más ausente. Sonríes porque, día a día, debes encontrar la forma de no agotar la paciencia, de no renegar cuando por la ventana observas-en horas prohibidas- a personas caminando y estás seguro de que si salieras un segundo a la calle, de inmediato tendrías a la policía encima. Entregas tu libertad a cambio de un inesperado silencio urbano, a cambio de una tranquilidad insólita y solo comparable a la de algunos pueblos del interior. Entregas a tu libertad a cambio de la tranquilidad de los animales, a cambio del bello espectáculo de un par de delfines retozando en la playa, de miles de gaviotas acampadas en una playa asociada con la vulgaridad y la suciedad. Entregas tu libertad en nombre de una promesa de las autoridades, en nombre de una preocupación por la salud de todos. Entregas tu libertad y sonríes, melancólico, sabiendo que esta bella mentira no podrá durar para siempre…

 

XXX

Carilindas jovencitas, hercúleos muchachones que deleitan a sus seguidores, mostrándoles como “pasan” la cuarentena. Carismáticas señoritas que “enseñan” rutinas de ejercicios, dietas novedosas que “garantizan” resultados inmediatos y sobretodo bondadosos efectos sobre la salud. Estrambóticas señoras que añoran los tiempos de colonialismo y aristocracia, vomitan ridículas crónicas en un medio de circulación nacional que no son más que frívola ostentación de una riqueza obscena y heredada. Idiotizados sujetos la emprenden a insultos con policías y militares desde los balcones de sus cómodos departamentos. Estrambóticas señoras e idiotizados sujetos que luego piden  “disculpas” desde la comodidad e hipocresía de sus teléfonos de última generación y todo queda olvidado. “Respetabilísimas” periodistas anuncian la disminución del índice de criminalidad durante el encierro. Presentan la noticia como digna de celebrarse, como una buena nueva en medio de la tragedia y no queda más que sentir una piadosa lástima. Programas de televisión que arman todo su contenido hurgando en una lamentable tragedia doméstica de una figura de la farándula de la ciudad. Apóstoles de la caridad-con cámara- recorren barrios entregando bolsas de víveres a los menos favorecidos. Por supuesto, todos sus actos son registrados milimétricamente, publicados y acompañados por “sesudas” frases que llaman a la misericordia y la caridad. Sebosos sujetos de saco y corbata que alimentan sus hemorroides en las sillas de cualquier escritorio municipal hacen pillerías con el dinero y donaciones a repartir entre los que realmente lo necesitan. Un alcalde es captado ingresando esos productos a su casa. Tímidamente se intenta la denuncia pero pronto el hecho desaparece de la memoria colectiva y los diarios SOLO se ocupan de los infractores de los distritos periféricos de la capital. Son ellos los criticados, son ellos los insultados y lo demás no importa o se olvida rápidamente.  Todo queda olvidado y la “correcta” opinión pública no tocará más el asunto. Sabemos que la memoria es selectiva, que los actos condenables de las personas pueden dividirse en pecados mortales y faltas de acuerdo al color de piel, al apellido colonial, al distrito en donde vives o al peso de la billetera.

XXXI

Las ciudades han sido golpeadas por el nuevo virus. El silencio se instala en calles y plazas y los desconcertados seres humanos miran el transcurrir de las horas desde las ventanas de sus casas. Las ciudades no han resistido el peso de la angustia mortal de la amenaza y todos los días deben ver cerrar los ojos a decenas de personas que, tal vez, se despiden del mundo demasiado pronto. Las ciudades han sido humilladas por los tubos de un laboratorio que demostraron tener el poder suficiente para paralizar el mundo, para enrostrarle que toda su vanidad y su desbocada carrera al éxito no sirve de nada contra la fuerza de un invisible enemigo. Nueva York, tal vez la ciudad más emblemática  de la modernidad, concentra su dormido poder con amaneceres de espanto. Cuenta los muertos por centenas y la enfermedad parece no tener descanso. Las lágrimas han reemplazado a los dólares, el duelo a la diversión y las carrozas fúnebres a los lujosos autos deportivos. Dura bofetada a la icónica ciudad que nunca duerme. La ciudad que ahora es un cementerio silente, clama al cielo que olvidó la pronta resolución del conflicto. Dura bofetada pero invitación, también, a la reflexión, al análisis de lo que se perdió como sociedad, como humanidad en nombre de una mal entendida felicidad, de una vida artificial, frágil como un cristal en manos de un virus apenas más fuerte que una gripe común. Dura bofetada al “París” del siglo XXI que servirá para humanizar a esa masa idiotizada por tanta distracción inútil, por haber dejado de lado lo que realmente importaba. Sin embargo, no es tarde. De toda adversidad se aprende; de un problema siempre una solución. La esperanza manifestada en la nostalgia de la rutina de millones de personas confinadas en sus hogares por este virus inacabable. La esperanza manifestada en millones de ojos que observan, melancólicos, los atardeceres de sus ciudades desde los vidrios de sus hogares. La esperanza manifestada en un impensado pero bello arco iris, presagio-quizás-de los días mejores por venir.

XXXII

Estalló la emergencia a nivel mundial. El país cerró sus fronteras y muchos peruanos se quedaron varados en otros países sin la posibilidad de regresar a casa. Lo inesperado de la situación, la zozobra y la incertidumbre de lo que iba a venir, desesperaron a muchos. Sin embargo, el gobierno-en inesperada reacción felina-anunció que iban a repatriar a los compatriotas mediante los vuelos humanitarios. Algunos tuvieron más suerte y regresaron pronto, otros debieron esperar más y algunos aún aguardan el avión esperanzador que los sacará del destierro mísero y espurio al que fueron sorpresivamente sometidos. El gobierno destinó una importante cantidad de recursos para estos repatriados que- antes de ir a sus hogares- debían someterse a una rigurosa cuarentena. Por supuesto, no en fríos hospitales o en albergues populares sino en exclusivos hoteles de lujo de los distritos más pudientes de la capital con todos los gastos pagados… Por otro lado, en algún lugar de Lima, cientos de provincianos quedan atrapados por esta misma pandemia. Deben resistir como puedan las duras condiciones de la crisis mientras observan con tristeza y resignación que el escaso dinero con el que cuentan, va desapareciendo con cada día que pasa. Saben que no podrán resistir mucho tiempo más el “aislamiento”, saben que esta ciudad no es benigna, saben que la ciudad es salvaje y que- más temprano que tarde-los doblegará en la lucha por la subsistencia. Saben que en sus tierras estarían mejor, que la madre naturaleza no será mezquina y que por lo menos no pasarán hambre. Saben, también, que la suerte no les va a sonreír. Saben que el gobierno no los mirará ni de reojo así que deciden regresar a pie a sus lugares de origen. No los asusta los cientos de kilómetros de distancia, los alienta la esperanza de no sentirse- doblemente- aislados en una ciudad ingrata, racista y extraña. Emprenden la marcha y pronto llaman la atención de la “respetable” opinión pública. Naturalmente, no se preocupan por ellos, por su salud ni por lo que han tenido que pasar sino por la-palabras más, palabras menos- “tremenda cantidad de infectados que esta marea de gente va a ir dejando por las ciudades y pueblos que pasen”. Ni una sola palabra acerca de las razones que lleva esta gente para emprender una travesía homérica para llegar a casa. Ni una sola palabra pero la marea humana sigue avanzando, siguen pasando los controles de policías y militares que poco pueden hacer ante una situación desesperada. La bola de nieve crece y es imposible acallarlos más. Se anuncian programas extraordinarios para que la gente atrapada en Lima-de tránsito por razones varias- pueda regresar a sus lugares de origen. Envían personal médico y cámaras para registrar-¿para qué?- la “ayuda” e instalan un campamento en el  rústico estadio del lugar…hotel para unos, carpa para otros, pisos de mármol para ellos y tierra para aquellos…

XXXIII

No leas diarios. No prendas el televisor. Ni siquiera intentes meditar sobre los que están enriqueciéndose con la emergencia. Apaga la tecnología y, como única distracción, permite a la música que enriquezca este silencio. A la bella música, a la buena música. Sonríe con los ridículos que sienten  que ganan el cielo cuando- a una hora determinada- inundan el vecindario con las tonadillas patrioteras de hace medio siglo. Sonríe de lástima con esos que sienten que contribuyen al entusiasmo colectivo con canciones que sólo provocan vergüenza, aburrimiento y desidia. Permite que la buena lectura enriquezca este mar de tecnolátrica idiotez. La bella lectura, la buena lectura no la de los inefables gacetilleros que ponen el grito en el cielo y llaman “pesimistas” a todo aquel que cuestione, siquiera, una coma de la información oficial; de esas ridículas escribanas que insisten en meternos por el colón su insufrible enema de la ideología de género en pleno tiempo  de cuarentena. No escuches a la mayoría, no te alarmes con las predicciones apocalípticas de aquellos que lanzan terribles profecías solo para darle algo de sentido a una vida vacía, hueca y solitaria. Ni siquiera respondas cuando en la calle, en la fila del banco o del mercado, algún idiota intente buscar pleito de la nada porque es darle cuerda a una marioneta insignificante en el carrusel de la vida. Respira, recuerda, sonríe, escribe, inventa, aprende, repara, agradece y espera el momento de salir a la calle para volver a empezar, para abandonar esta seráfica paz del encierro y volver a sumergirte en la vulgaridad cotidiana pero-esta vez- con la certeza de que eres otra persona, alguien distinto, alguien mejor.

XXXIV

Y mientras tanto los caminantes prosiguen la senda a la tierra prometida. Decenas de personas-adultos, mujeres, ancianos y niños- en procesión olvidada marchan por la carretera hacia sus lugares de origen. La ciudad no les dio para más y un encierro inesperado ha terminado por sepultar cualquier esperanza de un futuro mejor. Ahora solo quieren regresar a su tierra y olvidar la ciudad de las mentiras de medio día y medidas “para todos”. Quieren olvidar de la misma manera en la que la “oficialidad” los olvidó. Marchan todo el día bajo el sol, el polvo, el hambre y la sed; soportando las miradas de los curiosos, las sonrisas de los indiferentes, las ridículas notas de dos párrafos en el periódico y el trato áspero de los uniformados tan o más desconcertados que ellos mismos. No importan las miles de dificultades que encuentren en el camino, no importa el maldito virus que llegó y no tiene fecha de partida, no importa la humillación de sentirse ignorados por un gobierno que pregona trabajar el pos del bienestar de todos. Inician su camino de cientos de kilómetros y la preocupación estúpida de la opinión pública se centra en frivolidades en vez de la ayuda RAPIDA  y EFECTIVA que estas personas deben recibir y es que, aún en tiempos de emergencia, la pregonada “humanidad y solidaridad” de ventanas de ocho de la noche se rige por tu origen, tu dinero, tu procedencia y mensajes de mediodía que ante una situación así, pasan a formar parte de la historia universal de la infamia.

 

 

XXXV

El temido virus avanza sin ninguna contención entre los ciudadanos del país. Noche a noche, las cifras de enfermos y decesos aumentan de manera considerable y el debate de la prensa se centra en la terquedad de la gente en desobedecer las normas de las autoridades. El presidente indica que la mayor cifra de contagios se ha dado, precisamente, en días de emergencia y toque de queda. Panelistas, periodistas y hasta invitados de piedra se rasgan las vestiduras por el desacato de las personas. Discutan, argumentan, reniegan, mandan sesudos mensajes-como si una familia hambrienta y desesperada pueda hacerle algún caso- y quieren entender el proceder “absurdo” de la gente que sale a la calle a sabiendas de estar expuesta a la enfermedad. Inclusive algunos idolillos de barro se atreven a hacer bromas sobre el escaso nivel intelectual y de comprensión de la gente como razón principal para una desobediencia tan notoria pero nadie repara en que el problema principal, tal vez, no resida en la rebeldía sino en la anarquía moral en la que nos hemos sumergido en los últimos años. Vemos a personas diversas y variopintas transitar por las calles haciendo caso omiso no porque no entiendan-hasta el animal más furioso e irracional comprende cuando algo es prohibido- sino porque se ha perdido el concepto de autoridad y respeto y la modernidad ha impuesto una falsa independencia. Se cree que por tener el mundo en una pantalla, uno se transforma en autónomo y omnipotente cuando en realidad se transforma en un esclavo anárquico,  adicto y estúpido. Antes lo que decían los mayores-cualquiera de ellos-era ley. Ahora los jovenzuelos y las doncellas casquivanas de discotecas se ríen burlonamente cuando algún mayor intenta aleccionarlos de algo. Nos quejamos de los caminantes en los mercados pero no decimos nada cuando, por ejemplo, un transeúnte escupe en la calle o falta el respeto a un policía. Aplaudimos al vivo, al pillo y encumbramos al “estrellato” a personas que, en otros tiempos, hubieran sido NADA. Aplaudimos al borracho chistoso de la fiesta pero movemos la cabeza reprobando cuando vemos una cola inmensa y desorden en el mercado. Aplaudimos a una gavilla de descerebrados de los programas de moda-que imponen entre la niñez y juventud usos y costumbres reñidos con el sano juicio y una correcta sexualidad- pero nos indignamos de la desobediencia              DE ALGUNOS. Y es que en estos tiempos encontrar la verdad en la información es tan difícil como hallar sinceridad en el patrioterismo barato de los balcones.

XXXVI

¿Qué pensar cuando uno de los hombres más poderosos del planeta anuncia, se desgañita en medios del mundo entero sobre su plan para una vacuna universal? ¿Qué pensar de su ridícula preocupación  cuando apenas un tiempo atrás el mismo “predecía” una enorme pandemia para la humanidad? ¿Qué pensar de los poderosos de siempre frotándose las manos por debajo de la mesa, pensando en la demencial diarrea de billetes que ganarán cuando lancen la “cura” para este virus? ¿Qué pensar de los poderosos de siempre que compran las voluntades de las autoridades-con groseras cantidades de dinero- a cambio de extensiones de cuarentenas y de oscuras y futuras agendas? ¿Qué pensar de la inédita e insólita “preocupación” del estado por la salud y bienestar de todos los ciudadanos cuando apenas unos meses atrás te cerraban la puerta en la cara cuando requerías alguno de sus servicios?  ¿Qué pensar cuando el grueso de la gente confunde hipocresía con bonhomía? ¿Caridad con fotografías?

XXXVII

Un hombre se desploma en la calle. Pasan minutos y NADIE se acerca a auxiliarlo. Un hombre se desploma en la calle y la modestia de sus vestiduras sea quizás la excusa perfecta para dejarlo en soledad. Un hombre se desploma y en la calle y con él se desploma-una vez más- la farsa ridícula en la que han querido vendernos y presentarnos como un pueblo unido y solidario. Y la pregonada fuerza común de televisión y prensa se desvanece en el egoísmo general. Y es que el miedo al contagio, y es que “hay que pensar en los tuyos”. De repente, la gente ha olvidado que en-supuestas-situaciones de riesgo, los tuyos son todos los seres humanos y TODOS son dignos de una mano solidaria. Y es que los aplausos de ocho de la noche, en realidad, no agasajan a los trabajadores de la emergencia, agasaja al egoísmo de aquellos que sienten que ganan el cielo porque ponen canciones ridículas a todo volumen. Y es que la pregonada fuerza peruana desaparece cuando hay que actuar, cuando alguien necesita una mano. Y es que los mensajes estúpidos de optimismo y esperanza solo están agudizando nuestras llagas más pestilentes y purulentas. Y es que esta crisis de laboratorio ha llegado para transformarnos en apestados sociales, para acentuar nuestras diferencias, para lacerar más la discriminación, el odio, el racismo, ha llegado para destruir los últimos vestigios de humanidad que teníamos. Un hombre se desploma en la calle y nadie lo auxilia… y es que la gente hace tiempo se olvidó de un señor que no le importaba nada de eso y acogía a enfermos, leprosos y ciegos allá por Jerusalén…

XXXVIII

Un parque de la capital los alberga. Un terminal de buses que nunca salen es el punto de espera. La carretera y sus miles de kilómetros la única solución a la desesperación de un encierro eterno e inacabable. Parques, terminales, carreteras la solución que ellos encuentran, ellos los innombrados de siempre, ellos los que no tienen pantallas, diarios ni mensajes ridículos de redes sociales. Ellos, los desembarcados del festín de la farsa solidaria del Perú. Ellos que no estuvieron estudiando maestrías en España, doctorados en París. Ellos que no compraron el boleto de paseo por tierra santa. Ellos que no ganaron el derecho de ser recordados por su país, de ser recogidos y llevados a buen puerto. Ellos que no tienen la mínima esperanza de ser atendidos en cuarentena en los hoteles más cómodos y lujosos de la ciudad. Ellos que no tienen la suerte de que cónsules y burócratas de la diplomacia muevan cielo y tierra para devolverlos a sus casas, a la comodidad de sus vidas. Ellos que no tuvieron la suerte de señoras con casa y cochera o de alcaldes para recoger la limosna que reparte el estado sonriente y solidario. Ellos que solo son nombrados con “preocupación” por autoridades de cristal a las que solo les preocupa el bienestar de algunos, de los que están de su lado. Ellos que provocan frases tan indignas y lamentables como: “son una bomba de tiempo porque van regando el virus por donde pasan”. Ellos por los que ningún burócrata de caspa y gordura se atreve a dar la orden de mandar un bus, de llevarlos a cuarentena a un lugar decente. Ellos los que esperan, los que se marchan, los que no vuelven, los que abandonan a una tierra ingrata.

XXXIX

(Frases y dichos de la prensa y medios de comunicación)

“…Lo peor está por venir… Recién estamos calibrando la magnitud de los que se viene… estamos en guerra contra un enemigo invisible… estamos en la tercera guerra mundial, ¿no se dan cuenta?... recién estamos alcanzando el pico de los contagios y en esta semana será peor… tomen conciencia de que estamos ante la mayor crisis de la historia de la humanidad en los últimos 50 años… el virus ha venido para quedarse… este año será durísimo… la delincuencia rebrotará con tremenda fuerza luego de la cuarentena…”

(Frases de comerciales “alentadores”)

“…si podemos…porque cuando estamos juntos todo es más sencillo”… /esta es una de las más ridículas: “Si fuimos la mejor hinchada del mundo, demostremos que podemos salir juntos de esto” (¿?)…” quédate en casa”… “yo me sumo a donar para los más pobres…”

Hay que quedarse en casa por sentido común, no por lo que nos dicen o mandan. Hay que quedarse en casa y reírse de ambos conjuntos de frases. Hay que reírse porque eso es lo único que combate al miedo. Hay que reírse y, tal vez, para divertirse, aprender a leer entre líneas los discursos oficiales y saber que en la declaración: “este virus ha venido para quedarse HASTA QUE ENCONTREMOS LA VACUNA” puede estar el sentido real de toda esta temporada de locos.

XL

Un día más de silencio. Un día más de ver morir a las horas, de ver a la nada establecerse en nuestras ciudades. Y es que la nada puede adoptar muchas formas. Puede ser un diario o una reportera de televisión hablando tonterías; puede ser un comercial que intenta vender frases baratas de optimismo y solidaridad; puede ser un noticiero enseñándonos cómo debemos pensar y “enfrentar” esta pandemia o puede ser una conductora aleccionando a sus oyentes sobre la irresponsabilidad de muchos callejeros irredentos. La nada se establece en nuestras ciudades, las toma y estas por abulia van cediendo a sus encantos, van transformándose en pequeñas autómatas, en islas que acentúan la ya enorme desigualdad de sus pobladores. La nada se establece y va tomando la forma de una asquerosa mucosidad que se mete en los hogares, en los balcones, en las calles y en las frases de las personas; una asquerosa mucosidad que revienta los tímpanos de los barrios solitarios a las ocho de la noche con canciones insulsas y aplausos hipócritas para aquellos que en la vida cotidiana desprecian. La nada, esa incómoda inquilina de la vida moderna, aparece en los momentos menos pensados y puede ser, por ejemplo, motivo para que una miserable “señora” arroje agua con lejía a niños que dormían en la vía pública, esperando- con sus familias- ser trasladados a sus lugares de origen porque la ciudad les quitó todo. Puede ser el pretexto ideal para que la bestia que anida en el corazón de las personas muestre sus colmillos sedientos a quienes no pueden defenderse. La nada, que ya existía desde antes de la emergencia, muestra su verdadero rostro amparándose en el silencio de las ciudades y hace retroceder cada mañana al ciudadano “optimista” que se mira al espejo y en vez de ver al ciudadano modelo, ve simplemente una caricatura de humanidad.

XLI

Una canción que habla sobre la fidelidad al Perú. Una canción que alienta y exacerba los sentimientos nacionalistas para con la patria. Una canción que ha sido escuchada miles de veces en los últimos años por motivos ajenos a sus virtudes musicales. Una canción que suena todos los días en las ventanas y en los patrulleros como “arma” para resistir y superar esta pandemia. Una canción que es considerada-¿?- el segundo himno nacional. Una canción que está en boca de todos y que sigue llenando las arcas de los familiares de su desaparecido autor. Una canción que-según la leyenda- fue escrita en quince minutos en un cafetín cercano a Palacio de Gobierno. Una canción encargada por el dictador de la época para ganar algunos “puntos” con la opinión pública. Una canción encargada por un militar-aún vivo- que pisoteó la libertad, solidaridad y lealtad de la que tanto nos “orgullecemos”. Una canción escrita por interés, por automatismo, una canción por encargo de un sujeto que pisoteó y atropelló los derechos humanos, un asesino condenado por los tribunales internacionales. Una canción encargada y escrita por dos sujetos oscuros y nefastos es la canción bandera de la “epidemia” en el país. Sin duda, pueblo sin memoria que merece la música que tiene, pueblo sin recuerdos que merece la historia que tiene.

XLII

¿Y dónde está la solidaridad para con los que menos tienen? ¿Y dónde está la ayuda del estado que se preocupa por la salud y bienestar de TODOS en estos tiempos difíciles? ¿Y dónde los hoteles de lujo para guardar la cuarentena a aquellos caminantes humildes que no merecieron esa suerte, que no estuvieron en Europa estudiando o paseando cuando estalló la crisis? ¿Y dónde poner a los sinvergüenzas que compran toneladas de alimentos en los centros de abasto únicamente para revenderlos a precios exorbitantes? ¿Adónde poner a esos miserables que lucran con la pobreza de otros? ¿Y dónde está la policía para poner bajo reja a esos alcaldes que esconden las donaciones? ¿Y dónde está el “comando de operaciones” (ja, ja) para asistir las casas que defienden su miseria con banderas blancas de hambre? Banderas blancas que no representan ninguna paz, banderas blancas que trastocan los significados, que claman una salida para el infierno del hambre, para el infierno de la indiferencia oficial que ni siquiera en tiempos de cuarentena puede maquillarse con infinitos mensajes de mediodía que no llenan las ollas ni los estómagos de aquellos que ansían únicamente la libertad para poder sostener a sus familias, la libertad de decidir entre una enfermedad o el hambre.







Etiquetas:   Perú   ·   Pandemia

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