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Letras encerradas-Crónicas de cuarentena. Parte I


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03/05/2020


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I


Y llegaron las plañideras de siempre. Aquellas lloronas, por contrato, dispuestas a hacer el espectáculo de la tristeza. Aquellas que ponen el grito en el cielo porque un militar abofetea a un mozalbete malcriado y lo trata con cierta rudeza, rudeza que estas plañideras modernas han elevado a categoría de pecado mortal en estos tiempos de delicadezas  y moralinas ridículas. Un forajido y su grupo de amigotes hacen lo que quieren, desobedeciendo las órdenes, sintiéndose por encima de la ley y salen a mataperrear en la calle. Liban alcohol, se embriagan en la vía pública como haciéndonos partícipes de su vacío cotidiano. Llega la policía, intenta hacerlos entrar en razón pero, como ellos se sienten súper poderosos, les faltan el respeto, los agreden. Tiene que intervenir la fuerza armada para restaurar la autoridad perdida y de inmediato arresta a los inefables. Uno de los oficiales cuadra a uno de los pillos y lo insta a que demuestre su “valentía” ante alguien preparado para repeler cualquier agresión. Por supuesto, la agresión anterior a la policía, la violencia y malcriadez desparecen-por arte de magia-cuando los valientes están solos, cuando desaparece la patota que garantiza el anonimato. El episodio es filmado y rápidamente aparece en los medios, en la conversación de todos. Sin embargo, esa poderosa consciencia colectiva moderna llamada “prensa” presenta lo llamativo, lo que vende. Los titulares acusan “abuso de autoridad”, “violencia excesiva” y las plañideras empiezan con su verborrea de siempre. Hablan, incluso, de derechos humanos (¿?) y nadie, absolutamente nadie, comenta el porqué de la situación, el episodio anterior en el que el “agredido” casi lincha-con su pandilla- a un grupo de policías que lo único que hacían era cumplir con su deber. Nadie habla de los policías, nadie comenta la cobarde agresión. Nadie recuerda las innumerables faltas de respeto hacia los uniformados en el día a día. No obstante, hoy-seguro- a las ocho de la noche, decenas de fariseos estarán en sus balcones aplaudiendo.



II

Un hospital cualquiera. Una fila de personas esperando para visitar a sus familiares en estos tiempos de extraña enfermedad. La cámara se fija en una mujer mayor, modesta que parece impaciente. La aborda una de esas reporteras especialistas en la tragedia. Incluso, pretende aleccionar a la anciana sobre los peligros a los que se expone por la “pandemia”. La mujer comenta que viene a visitar a su hijo enfermo. Nuevamente, la reportera intenta dar lecciones a la anciana-y a todos los televidentes-  de responsabilidad social en “tiempos difíciles”. “¿No le da miedo contagiarse, señora?”, pregunta la joven. La mujer intenta ser comprensiva y compasiva. La reportera se impacienta y cuando parece que contraatacaba de nuevo, la mujer responde: “Si yo no vengo, ¿Quién lo va visitar, señorita?”

III

Una patrulla policial interviene un vehículo circulando en el toque de queda. La conductora es una mujer de la televisión que, desde un primer momento, se siente por encima de la autoridad. El diálogo es tenso, la mujer de televisión sienten que están invadiendo su burbuja mágica de poder y fama. Para saltarse los procedimientos naturales de la intervención, coge su teléfono celular y marca el número directo de un poderoso general, esperando- y creyendo- que ese contacto con el poder la convierta en un ser sobre natural, en una persona a la que las leyes solo le atañen cuando sirven para el “trabajo”, para el reportaje, para la popularidad y si no, hay que saltárselas con garrocha incluida. La mujer pide a los policías que se “ubiquen” (¿?) demostrando a todo el mundo, desde el primer momento, en lugar en el que cree estar. Claro, pide que se ubiquen a ese grupo de sub oficiales que cumplen un trabajo pero, de seguro, en las reuniones de la periodista con los oficiales del estado mayor jamás se atrevería a comportarse así, porque sabemos que en esas reuniones hay que agachar la cabeza, simplemente. Se pinta de cuerpo entero aquella periodista que, días antes, pedía-con cara circunspecta- obediencia y acatar las medidas dictadas por el gobierno. Pero, tranquilos, que seguro hoy a las ocho de la noche estará en su balcón aplaudiendo…

IV

El toque de queda muestra una cara de la ciudad que ya habíamos olvidado. Las calles limpias y silenciosas nos recuerdan aquellas callecitas de pueblo de antaño. El silencio se instala y desespera a quienes no están acostumbrados a él. Desespera a aquellos que se consideran encima de la ley y continúan haciendo su vida “con normalidad”. Tiempos difíciles, sin duda, en los que hay que guardarse obedientes para evitar un mal mayor y hacer malabares con la economía paralizada, con el bolsillo que adelgaza- día a día- con la crisis sanitaria. Sin embargo, la prensa se encarga de regalarnos el ruido y la brutalidad desaparecida de las calles. El Ministro de Salud, funcionario encargado de lidiar con la “pandemia”, en inexplicable cantinflada, anuncia con bombos y platillos: “Tarde o temprano, todos vamos a contagiarnos”.  Flaco favor a la población, a la gente que cumple acertadamente los mandatos de las autoridades para mantener a los suyos a salvo o generoso favor a la poderosa “mass media” por contribuir a la angustia y miedo general. Hay que alimentar el pánico, señores, hasta que, por arte de magia, anuncien que la vacuna esperada ($$$$$$$) ya está lista…

V

Ejercicio de meditación. Por un lado, una mujer cachetea a un policía en el aeropuerto. Una pareja en lamentable estado de ebriedad agrede y amenaza a una patrulla que los intervienen. Un jovenzuelo –de un distrito acomodado- le propina una paliza a un sereno por intervenirlo por beber en la vía pública y amenaza con violar a su hija. Una abogada arma  tremendo escándalo en la comisaría a la que fue conducida por manejar su auto en estado de ebriedad y amenaza con hacer uso de sus contactos para “acabar” con las carreras de los sub oficiales allí presentes.

Por el otro, gente asomada en sus balcones aplaudiendo a aquellos que en días “normales” tratan con la punta del zapato. La prensa destaca el hecho, poniendo en alto el “enorme grado de civismo” de la población agradecida con aquellos que trabajan por la vida de los demás. Destaca ese hecho pero calla en miles de idiomas que es un gesto replicado de otros países en los que si funciona el principio de autoridad y en donde sería impensable que un ciudadano se atreva a faltar el respeto a la autoridad porque sabe que sus sistemas de justicia tienen penas efectivas para esos malcriados. Eso sí, esperemos las ocho de la noche para ver el espectáculo de la hipocresía cívica.

VI

Miraflores, uno de los distritos tradicionales de la capital, uno de los distritos más pudientes, uno de los distritos en los que el racismo está presente en cada esquina aunque en cada esquina haya carteles promoviendo la inclusión y la igualdad. Miraflores en tiempos de aislamiento, es visitada por reporteros de televisión quienes captan en las calles a personas paseando a sus mascotas, haciendo ejercicios al aire libre y zurrándose en el mandato del Presidente. Estas personas son abordadas y hacen gala de toda su patanería ante los tímidos reporteros que intentan “aleccionarlos” sobre la responsabilidad pero lo hacen con una timidez tal que da vergüenza ajena, que trae reminiscencias del criado virreinal haciéndole sugerencias-con la cabeza baja- a los poderosos chapetones o criollos.

Lince, uno de los distritos tradicionales de clase media de la capital, uno de los distritos en los que la gente se rompe el lomo para ganarse el pan diario, uno de los distritos en los que el mestizaje es uno de sus motores y su fuerza principal. Lince, en tiempos de aislamiento, es visitado por los reporteros de televisión quienes captan en las calles a gente paseando a sus mascotas, montando bicicleta y zurrándose en el mandato del Presidente. Estas personas son abordadas por los reporteros quienes-ahora sí- imponen sus cansinas charlas de responsabilidad social con una energía sorprendente y que linda con la malcriadez. Además de ello, la policía está presta para detener y hacer cumplir la ley a estos infractores. Dos situaciones similares con epílogos diferentes. Es que la efectividad del toque de queda y aislamiento social, parece ser, también está condicionada por lugares, pieles, billeteras, contactos.

VII

El mundo vive una situación inusual. Los países, las fronteras se cierran y las personas están confinadas entre las cuatro paredes de sus domicilios. El silencio es buen compañero para tener conciencia crítica, para no creer ni asustarse con las toneladas diarias de tensión y angustia que la prensa y los medios de comunicación vomitan para mala suerte nuestra. El silencio y las horas muertas sirven para hurgar en las noticias escondidas, aquella que no ocupan primeras planas de diarios o pantallas pero que sirven para desenmascarar un poco este gran teatro del mundo que han armado en los últimos meses. Investigando, aparece, de la nada, un discurso de uno de los hombres más poderosos del planeta anunciando-apenas un tiempo atrás- que la humanidad sufriría una peligrosa pandemia. Habrá que aplaudirlo porque parece ser que la bonanza económica trae consigo poderes proféticos. Aparece esta extraña enfermedad en el mundo y una poderosa empresa compañía audiovisual lanza un filme con parámetros muy similares a los que estamos viviendo. Habrá que aplaudirlos porque el poder de un medio de comunicación parece aumentar los niveles creativos de oportunos directores… Habrá que aplaudir, en serio, los últimos resquicios de pensamiento y de análisis que aún queden en el mundo, habrá que aplaudir y sonreír tristemente cuando acabada la pandemia, los poderosos de siempre se reúnan para decidir qué nueva “campaña” mundial preparan para llenarse de dinero, una vez más.

VIII

Silencio, aire puro. Aves casi olvidadas-y desconocidas para la gran mayoría-asoman por las calles vacías y se adueñan de las bancas de los parques. En algún lado, un puma aparece deambulando y llena de terror-y asombro-a los vecinos de la zona. En otro lado, elefantes toman las calles libres y se posan ante una bodega de vino blanco. Sin ningún obstáculo beben, sedientos, los toneles del licor y-minutos después- duermen plácidamente la siesta del beodo. Los trabajadores de limpieza respiran aliviados porque ya no deben sacar de la calle una tonelada de basura sino apenas unos cuantos kilos. Después de mucho tiempo reina en la ciudad el silencio. Las cornetas-sin sentido- de los autos, la bullanguera cantilena de los vendedores, las riñas callejeras, los absurdos megáfonos que ofrecen las más suculentas ofertas han desaparecido. Reina el silencio, la paz y es que pareciera confirmarse la teoría de que necesitamos a los humanos fuera de circulación para que la vida en este planeta sea más llevadera.

IX

Casi no aparecen noticias de crímenes, robos, asaltos. Los amigos de lo ajeno, encerrados,  meditan sobre nuevas formas de “ganarse” la vida. El modesto vendedor de golosinas que subía, día a  día, a los buses de transporte público. Los músicos de esquina que podían deleitarte con Beethoven o Brahms a pesar de la bulla y el desorden. Las señoritas que venden amor nocturno meditan variantes de su oferta en tiempos en los que se impone el distanciamiento entre las personas. El señor que vendía comida en las noches. Los ambulantes del mercado central. Las cabinas de internet y sus niñatos viciosos de los juegos. La cuarentena paraliza las actividades del país. La salud se prioriza pero si no ingresa dinero a los bolsillos de los ciudadanos de a pie, es posible que esa misma salud-que tanto cuidan- se resienta. Sesudos economistas anuncian planes, propuestas para reactivar la economía. La prensa no habla otra cosa sino de la epidemia. Anuncian muertos, contagiados, miedo. Estamos conociendo, realmente, quienes son los mercaderes del pánico. El confinamiento afecta a todos, señores.

X

Personajes de distinta laya mandan mensajes alentadores usando la tecnología. Comparan la situación con un encuentro deportivo y apelan a la “solidaridad” del Perú para “ganar este partido”. Ministros de Estado recitan líneas de libro de autoayuda con el fin de “levantar la moral” de la ciudadanía. Estrellas de nuestra triste televisión local escriben mensajes de solidaridad en arrebatos filantrópicos. “Fuerza,  Perú”, “Este partido lo ganamos todos, Perú”, “Hoy más que nunca, Perú” Alientan a un Perú que en su cotidianeidad desprecian. Porque el Perú no solamente son esos distritos- los tres o cuatro de siempre- en los que transcurre la vida de estos personajes. El Perú es un universo caótico que muchos de ellos conocen solo por las fotos de los buscadores en sus teléfonos.   La tecnología al servicio del “apoyo” moral al pueblo, la tecnología al servicio de la histeria colectiva. Pienso en un poderoso señor con reservas de agua para una población sedienta. Por un lado, envenena los vasos y por el otro, intenta sacar los residuos tóxicos con palillo de dientes.

XI

El silencio es el mejor amigo de la cultura. La bulla moderna hace que sea tarea heroica empaparse del saber universal para no naufragar. En tiempos extraordinarios, se presenta una oportunidad divina de volver a conectarse con ella. Volver a ella cual pecador arrepentido o hijo pródigo arrepentido luego de naufragar en los mares de la idiotez tecnolátrica. Volver a ella y encontrar, por ejemplo, una curiosa historia transformada en documental: una señora cualquiera compra en una tienda de segunda mano un cuadro para regalarlo a una amiga por su cumpleaños. El cuadro, no llama la atención por su belleza, a ninguna de las dos personas y es aceptado como una mera convención. Sin embargo, alguien le avisa a la compradora que el cuadro podría ser de un famoso pintor, ya fallecido, y empieza la lucha de la humilde mujer contra el poderoso y soberbio mundo del “arte” moderno… volver a ella y encontrar un filme argentino, protagonizado por un maestro de la actuación y dirigida con mano diestra por una talentosa directora, en donde narran una historia muy simple pero efectiva: la condición humana presente en la persona menos pensada, una historia de perdón, de redención, de esperanza…volver a ella y encontrar un documental en donde cuentan los últimos años del último genio húngaro (Bártok) aquel que comparte pedestal con otro monstruo de la cultura de su patria como Liszt. Los últimos años de Bártok, su huida de Europa cuando empezaba a gangrenarse del nazismo, su tardío exilio americano, el calvario padecido por la leucemia, su penosa lucha contra la miseria y, a su vez, esa pasión por su vocación musical indesmayable que le hizo escribir, por ejemplo, una de sus obras maestras: El Concierto para Orquesta, en donde Bártok dice adiós a su existencia terrena pero, sin duda, daba la bienvenida a una merecida inmortalidad… hay que volver a ella no solo en tiempos difíciles, hay que vivir con ella, siempre.

XII

En algún lugar del mundo, una anciana de 90 años dedica su tiempo libre para coser mascarillas y equipos de protección para regalarlos a quien lo necesite. No busca llamar la atención de nadie, se molesta cuando la prensa sensacionalista y melodramática quiere invadir su privacidad porque considera que no está haciendo nada extraordinario. Simplemente está siguiendo el dictado de su corazón, su instinto de madre, de abuela. En otro lugar del mundo, una chica, inexplicablemente, famosa anuncia que pone a su disposición su taller de costura para hacer lo mismo. Sin embargo, el anuncio sale en los periódicos, en las páginas de internet y los tristes programas de “espectáculos” ponderan su acto caritativo y dedican largos minutos a hablar de ello. El mismo gesto, distinta actitud. Termómetro de valores y perspectivas que se perdieron. Generosidad enfrentada la publicidad, nobleza versus dinero. Tal vez, en estos tiempos, ya nadie se acuerda de la máxima que antaño repetían a menudo los abuelos: “que tu mano izquierda no sepa nunca lo que hace tu derecha”.

XIII

Medita para qué sirven tus aplausos, tus bulliciosas cornetas, tus arengas de bar miraflorino cuando juega la selección. Medita si las canciones patrióticas, si cantar el himno, si gritar-cada quien más fuerte- cuando ellos pasan arreglan el problema real de la policía. Medita si tu “nobleza” programada y publicada en tus redes sociales amaina en algo la situación de ellos. Medita si tu “filantropía” quita, siquiera, la humillación de ser agredido por cualquier miserable que se sienta por encima de ellos. Medita si tu “viva el Perú” les calma la sed de estar todo el día en la calle, expuestos, lejos de sus seres queridos. Medita si tu estúpida bocina bullanguera les calma el hambre. Medita si no sería más efectivo ofrecerles algo de comer en lugar de estar como macacos en el balcón con el iphone en la mano. Respeta lo que hacen, no ahora, respétalos siempre. Respétalos, por ejemplo, cuando salgas con tus amigotes un sábado en la noche y decidas subir a tu carro con unas copas demás. Respétalos cuando te detengan, acepta tu falta y no saques a relucir prejuicios de raza o contactos poderosos para amenazarlos. Medita si vale más aplaudirlos por aburrimiento, por destacar en tus publicaciones, por sentir que estás haciendo algo “bueno” o si vale más respetarlos siempre, todos los días.

XIV

Te enfermas y cuesta dinero. Si no lo tienes, probablemente será más difícil sanar, recuperarte y deberás padecer los estragos de le enfermedad que te aqueje. Si no lo tienes, ni siquiera en una situación de emergencia se te ocurra ir al centro de salud más cercano porque-palabras más, palabras menos- recibirás la misma respuesta: “Lo siento, no podemos ayudarlo”. Te enfermas y cuesta dinero. Si no lo tienes, deberás trabajar muy duro para poder subsistir; para poder-en caso de enfermedad- paliar la situación ya sea yendo a una consulta o comprando una humilde pastilla. Deberás trabajar porque eres el único que vela por ti, porque nadie te ayudará cuando realmente lo necesites, porque pensar en una clínica privada resulta una utopía y el ineficiente sistema nacional de salud te pondrá-si es que tienes suerte- en una lista de espera de dos o tres meses para tener una cita. Cuando llegue el momento-si es que no has muerto- verás al hierático galeno sentado en su escritorio. Ni siquiera se dignará en mirarte a los ojos solo te preguntará tus síntomas, anotará sus garabatos incomprensibles en su libreta y te dirá: “hasta la próxima”. Saldrás del consultorio, confundido porque sientes que fuiste estafado porque no encontraste al profesional que hace el juramento hipocrático sino a un vulgar vendedor farmacéutico y te preguntarás que pasó con los médicos de antaño, con los médicos de cabecera que atendían a una familia entera y sabían las dolencias de cada miembro de la casa. Te preguntarás que fue del estetoscopio, del enigmático “treinta y tres”, de los palillos de madera, de la sonrisa al entrar y al despedirse, de las recomendaciones paternales para la mejora de tu salud. Te preguntarás todo eso y ruegas porque este encierro sea benigno con tu endeble salud porque sabes que si algo pasara tendrías problemas para movilizarte, para lidiar con los militares, para encontrar al médico, para lidiar con su lamentable trato, pagar la cuenta, para todo. Por eso tratas de ser muy cuidadoso, alejas el miedo porque sabes que es la primera causa de las enfermedades. Apagas la radio, la televisión porque estás cansado de recibir solo malas noticias. Porque prefieres el tranquilo silencio a la bulla audiovisual que propaga el virus del miedo. Prefieres el silencio que solo es interrumpido por la bulla hipócrita de aquellos que aplauden al propio sistema que los confina, al propio sistema que desprecian cuando están en posesión de sus libertades, de la seguridad, de sus prejuicios. Hoy aplauden, mañana insultarán pero hoy aplauden y saldrán en los medios.

XV

Ojalá te acuerdes de esto cuando regreses a tu vida normal. Ojalá que la solidaridad que tanto pregonas, los mensajes “evangélicos” que publicas, los llamados a la “conciencia”  perduren cuando todo termine. Ojalá que la preocupación de las autoridades perdure en el tiempo  y no sea consecuencia de unos burócratas muertos de miedo y sin las armas necesarias para pensar más allá de lo establecido. Ojalá que tu “viva el Perú” de todas las noches se convierta en el respeto que tu país merece. Si quieres que tu país viva, empieza por ti mismo, por el análisis de tu propia conducta, de tus aciertos y errores. Ojalá que tu repentino entusiasmo por policías, médicos, barrenderos sea constante y no los olvides cuando vuelvas a la calle, cuando alguna vez te detengan por la falta que sea y saques tu peor lado a flote. Ojalá que tu repentino entusiasmo que te hace llamarlos “héroes” no se transforme en insultos racistas y enumeración de contactos cuando te encuentres en algún problema por infringir la ley. Ojalá que a esos barrenderos, que ahora aplaudes, los saludes con el mismo respeto cuando vuelvas a tu trabajo, a tus estudios, a tu “vida”. Ojalá que entonces respetes su trabajo y dejes de botar papelitos en la calle, escupir, orinar, arrojar el empaque de la galleta por la ventana de su moderna camioneta. Ojalá que esas exhibiciones de balcón se transformen en exhibiciones de verdadera civilidad. Ojalá que esas cornetas-eufóricas- de ocho de la noche se transformen en ceder el paso cuando una anciana quiera cruzar la pista. Ojalá que todas estas expresiones “espontáneas” de solidaridad tomen en cuenta que el problema del mundo no se reduce a una SOLA enfermedad. Ojalá que los que tienen la “mala” suerte de fallecer o padecer de otras dolencias, algún día sean objeto de tanta atención y cuidado por parte de gobiernos que hoy se preocupan por la salud de todos pero cuando vas a un hospital a pedir una pastilla-sin dinero- o un simple vaso de agua te lo niegan…

XVI

Delfines en la playa. Animales que sienten la paz necesaria para volver a disfrutar de la naturaleza, del mundo. Delfines en la playa lejos de los pañales enterrados en la arena, de las fritangas y especerías de las ollas domingueras, de los vendedores de pan con pollo, de los ebrios de la arena y sol, de los tablistas y sus cigarros “especiales”, de los carros saltarines en la orilla, de los orines y excrementos de los inmundos, del pedo recatado de las señoritas bien, de los pies infectos de miles que contaminan la arena, de las panzas impresentables, de los amigos de lo ajeno, de los amantes furtivos de domingo por la tarde, de la gavilla de malcriados que patean una maldita pelota que embarra a miles de veraneantes, de los sinvergüenzas que cobran dinero por dejar tu vehículo en la playa, de los repartidores de polvos blancos, de los escupitajos en el mar, del plástico, de las sandalias con hongos, de los genitales con enfermedades venéreas, de las infecciones vaginales. Delfines en la playa, felices, aplauden, sonríen… los hombres a sus casas.

XVII

Un cantante publica un comentario. Una broma, algo infeliz, sobre la situación actual, sobre el desacato de muchos desadaptados que no respetan las disposiciones. De inmediato, el ente oficial que “vela” por la cultura del país pública una enérgica réplica, alegando discriminación y racismo en la dichosa publicación. La policía del pensamiento hace su aparición y establece los límites en una ciudad en la que nadie respeta, siquiera, las normas de tránsito. Un cantante ha hecho una broma que-fuera de las prédicas inclusivas de estos “sacerdotes” modernos- ironiza sobre una situación lamentable: la poca obediencia del ciudadano común a las disposiciones de las autoridades… El ministerio se ofende, “vela” por erradicar el racismo, la discriminación; reprende al cantante públicamente por un comportamiento “inadecuado”. El funcionario que redactó la réplica, el ministro, las secretarias, los burócratas de aquel lugar ¿predicarán con el ejemplo?  ¿Tratarán con el mismo “celo” y “respeto” a CUALQUIERA que llegue a la institución?... corren las apuestas.

XVIII

Toque de queda. Quédate, detente cuando escuches las campanas. Detente y piensa en la oportunidad de las circunstancias para hacer un alto en tu vida vacía. Acostúmbrate al silencio, olvida- aunque sea por esta extraña temporada- la bulla innecesaria y absurda en la que vivías. Conócete, conoce a los tuyos. Haz un alto. Piensa. No caigas en la triste situación de seguir la marea, la multitud que “ennoblece” las redes sociales con su filantropía salvadora de la humanidad pero que cierra la ventana de sus 4x4 cuando algún vendedor les ofrece algo en el semáforo. No te conviertas en un macaco de balcón que aplaude para que lo aplaudan. No caigas en la tentación de “escuchar” las noticias. No escucharás nada. Sólo ruido, bulla de un mundo aterrado no por la “nueva” enfermedad-hay decenas de éstas más mortales y letales- sino por la muerte, porque esta crisis nos ha enrostrado lo insignificantes que somos, nos ha vuelto a recordar que somos unos simples pasajeros en tránsito y esto aterra a la humanidad porque es conocedora de su propia miseria existencial, porque esta humanidad creía-con el poder de la tecnología- que se puede ser omnipotente e inmortal. Apaga la televisión, el teléfono, la radio, el internet. Desconecta la energía eléctrica y aprovecha el silencio. Escucha los sonidos de una naturaleza sorprendida en la gran ciudad. Escucha el silencio y empieza de nuevo. Medita sobre la oportunidad de replantear todo y no creas en la tan pregonada “solidaridad” de tu pueblo. Prepárate porque cuando vuelvas a la calle, la gente seguirá tan o más salvaje que antes. Sólo tú tienes la oportunidad de cambiar, de tratar de ser mejor persona, de no cometer los mismos errores de siempre. Solo así este encierro habrá servido de algo.

XIX

Aislamiento social. Toque de queda. Restricción de tránsito por sexos. Unos días para las mujeres, otro para los hombres y el domingo nadie sale. Último esfuerzo para frenar el avance de la enfermedad. La norma menciona dos géneros y no habla del centenar de “orientaciones sexuales, inclinaciones, géneros” que la progresía socialista- con iphone- ha creado  en este siglo. No hablan de la población lgtb, no hablan de las minorías. Esto será un escándalo de club terrazas, no tengan duda. Tras semanas de confinamiento, los sentidos están aletargados pero las serpientes no pierden nunca la astucia, la ponzoña. No tardan en manifestarse los “defensores de las minorías”, aquellos que claman por los “oprimidos” pero que prohíben-a escondidas, claro- que sus trabajadoras domésticas se bañen en el mar de “sus” playas. No tardan en manifestarse los defensores de lo indefendible, parlamentarios incluso, pidiendo-exigiendo-que la policía y los militares demuestren respeto y decoro con la población lgtb que resulte intervenida. Levanta gran polvareda mediática un travesti detenido por incumplir el aislamiento social. Unas fotos en las que se observa a esta persona haciendo ejercicios físicos-junto a los demás varones detenidos- es clasificada como una humillación y atropello a sus derechos humanos fundamentales (¿?).  No tardan en poner el grito en el cielo las organizaciones dedicadas a levantar los brazos en plazas y parques por cualquier nimiedad, los pontífices que pregonan la modernidad de los nuevos tiempos y que escriben crónicas pidiendo que el enfoque de género sea incluido (¿?) en esta cuarentena. No tardan en aparecer los intelectuales del anonimato que insultarán a cualquiera que disienta de ellos. El gobierno anuncia que las personas con distinta orientación sexual serán tratadas de acuerdo al género con el que se “identifiquen” y busca el aplauso de la platea al manifestar que la “inclusión” es una de las principales banderas de las autoridades. Los “artistas” (ja, ja) de nuestro medio celebran el buen actuar del presidente, califican de histórico que un presidente mencione a la comunidad homosexual en un discurso… y es que a veces para matar el aburrimiento no es necesario matarse el día entero buscando ocupaciones. Sólo basta encender unos minutos la televisión, leer las noticias y reírse con cierta tristeza, con la pena de que la cuarentena no será eterna y que el silencio de estos días será reemplazado con la estupidez cotidiana del mundo.

XX

Una columna en el diario. En ella se brindan consejos al lector sobre cómo sobrellevar este encierro. En ella se enumeran una serie de frivolidades dignas de revistas de moda. En ella se utilizan ridículos vocablos anglosajones para designar nimias situaciones o actividades. En ella se enumera la riqueza obscena de unos pocos afortunados. En ella se enumeran licores, manjares carísimos. En ella se ostenta-inconscientemente- de lo que se tiene en un país en el que miles de personas no cuentan con lo esencial para sobrevivir. En ella se utilizan técnicas literarias “modernas” tan gastadas que resultan risibles, aburridas y sin sentido. En ella se pretende ser “innovador” y el texto no es otra cosa que una conversación estúpida de alguna ricachona en un restaurante cinco tenedores. En ella se  llama “hdp” a una empleada del hogar. El “insulto” es condenado de inmediato por las plañideras cibernéticas. Revuelo mediático, discursos inclusivos, derechos humanos, pluralidad informativa, ética periodística. Palabrejas que llenan los discursos de esta nueva burbuja. Escándalo en las letras peruanas. Escándalo en la tierra sin lectores y de pésima comprensión lectora. El escándalo no debe ser por el infeliz eructo gramático-finalmente, en la crónica se pone lo que la inmensa mayoría piensa o ha pensado alguna vez respecto de alguna persona-, el escándalo debería ser por el ínfimo nivel del texto, por la vacuidad creativa de quien pergeñó esas líneas; porque el texto no es una guía de supervivencia sino una estúpida ostentación del dinero en un país infinitamente pobre e injusto; por la ridiculez elevada a la categoría de literatura; por la mediocridad agazapada en billeteras infinitas y apellidos rimbombantes, porque el currículo académico de países y universidades europeas no garantiza el talento. El escándalo debería ser por los verdaderos escritores, por ese talento que solo recibe portazos en la cara, miradas de desprecio, sonrisas irónicas por parte de personas muy similares a la que escribió el infeliz texto.

 

XXI

 Adiós a los rateros, a los corruptos, a los inmundos que agarran la calle de inodoro portátil, a los microbuses con volúmenes infernales, a los vendedores ambulantes que te ponen los productos en la cara aunque no quieras comprar nada, a los predicadores de desgracias eternas-con receta médica en mano-de los microbuses, a los recién salidos de prisión que no quieren “hacerte daño” y por eso instan a tu conciencia a colaborar con ellos, a los comunistas, a los liberales, a los pirañas de esquina, a las cotorras de mercado, a los drogadictos de parques y playas, a las feministas de pelos pintados y brazos alzados, al tráfico, al caos del centro de la ciudad, a las damas del amor nocturno, a los solitarios de bares y tabaco, a los suicidas eternos que dilucidan su existencia en el malecón de siempre, a los eventos culturales de dos personas, a los que escupen, a los que necesitan demostrar-a todo el mundo-que su conversación telefónica es importante y se echan a los gritos en el celular, a los olores de axila en el trasporte público,  a las veredas llenas de olores a orine, a las fritangas de carnes de origen inexplicable en las carretillas al paso, al menú olfativo de una ciudad en decadencia, a las estatuas humanas, a los charlatanes de plaza que disertan sobre la “terrible” situación política del mundo, a los extranjeros que llegaron a destruir y no a construir, a los serenos que “cuidan” la calle mirando la pantalla de sus teléfonos, a los adolescentes analfabetos incapaces de conversar, a las secretarias indolentes, a los asquerosos racistas, a los policías malcriados, a los reyes del polvo blanco que se esconden en los parqueaderos de autos, a la televisión estúpida, a  los periódicos de 50 centavos y traseros gigantes de contratapa, a los asaltantes de esquinas oscuras, a los roba carteras de autobús…Adiós a todos, por lo menos una temporada…Adiós a todos, bienvenida la paz…



Etiquetas:   Perú   ·   Pandemia

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