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Del contagio sensacionalista


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07/04/2020


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El poder, en general, consiste en la capacidad de obrar cambios. El poder específicamente humano consiste en la capacidad de obrar cambios a nivel de creencias y convicciones, esto es, en el plano del pensamiento, que se traducen, a su vez, en cambios a nivel afectivo-emocional y, por último, en cambios de índole material. Por eso, aquél capaz de obrar transformaciones respecto a las convicciones y sentimientos de otros, de «contagiar» y propagar sus creencias, ése y no otro es el verdaderamente poderoso.


Pero, al igual que la capacidad de contagio de un virus depende de diversos factores (su propia potencia de propagación, la carga viral a que sea expuesto un determinado sujeto, la fortaleza del sistema inmunitario del individuo atacado por el virus), también el nivel de propagación a que pueden llegar las creencias depende de muy variados aspectos.

En primer lugar, conviene señalar que todos ellos son completamente relativos a los sujetos que se pretende contagiar. Por ejemplo, un determinado virus puede ser letal para una determinada especie animal o vegetal, pero ser absolutamente inocuo para otras. Para que el contagio sea posible, se requiere cierta semejanza entre el virus y aquello a lo que pretende contagiar y, cuanto mayor sea la semejanza entre ambos, mayor será la posibilidad de contagio.

Por ejemplo, parece evidente que resultará sumamente difícil «contagiar» —solemos decir «convencer»— a una persona que desconoce lo que es una raíz cuadrada con la idea que la materia en el universo se rige por determinadas leyes matemáticas. O, dicho en cristiano, “antes de poder aprender a correr, es necesario saber andar”. Hacerle leer Don Quijote de la Mancha a un niño de cuatro años supone una estupidez, y esto es obvio para cualquiera, pero la estupidez no radica en que la obra de Cervantes no merezca ser leída, sino en que el niño está muy lejano a ella, hay mucha distancia entre ambos, no hay semejanza apenas entre el niño y el mamotreto; en otras palabras, ante ese mismo libro que a un adulto puede provocar sonoras carcajadas o profundos llantos, el niño es completamente «inmune».

Y lo es porque cuenta con una “barrera inmunológica” contra él, que son sus propias creencias. Para que una creencia «contagie» a alguien, debe ser lo suficientemente poderosa como para desplazar las que el sujeto candidato al contagio lleva consigo. La forma de pensar propia es nuestro muro de defensa contra las opiniones ajenas.

Este sistema inmunológico mental puede hallarse en varios estados. El primero es cuando no existe en absoluto, por ejemplo en el caso de un niño recién nacido, que carece de cualquier creencia o convicción. El segundo es cuando existe, pero es endeble, como ocurre en el caso de niños más mayores, pero aún niños. Los niños son muy manipulables por dos motivos: porque su sistema de creencias, al ser muy tierno, es todavía muy poco rígido (a un niño se le puede hacer cambiar sus convicciones más profundas con cualquier argucia insignificante) y porque, por falta de experiencia y aprendizaje, no son capaces de pensar correctamente.

El tercero es el que define (o debería definir) a la mayor parte de gente adulta. Éstos tienen un sistema de creencias firmemente asentado por los años y, además, han aprendido a pensar. Es gracias a ello que, si aquello que se les dice les parece lo suficientemente razonable, son capaces de cambiar de idea, es decir, de ser «contagiados» por ideas ajenas.

El cuarto es muy excepcional: es el propio de los dioses, de los idiotas y de los locos. Consiste en que sus convicciones son absolutamente rígidas y no hay manera humana de cambiarlas. En el caso de Dios es evidente: no es posible hacerle cambiar de idea porque Él tiene la Razón absoluta; el idiota, por su parte, no escucha nada externo a él porque está plenamente convencido de que la tiene; el loco, por último, no tiene realidad de qué defenderse, porque está, en mayor o menor medida, fuera de ella.

Y, todo este rollo, podrá preguntarse alguno, ¿para qué nos lo suelta este cretino?

La respuesta es clara: quiero establecer cuál es el estado del sistema inmunológico mental promedio entre la gente de nuestro tiempo. Éste consiste en una paradójica —y horripilante— mezcolanza entre el segundo y el cuarto tipo. ¿Por qué digo esto? Porque, por una parte, las creencias del hombre contemporáneo son terriblemente endebles, y en ese sentido se asemeja a un niño. Ello se debe a que ha asumido de una manera por completo pasiva, inercial, mecánica, todo un cúmulo de convicciones y costumbres que no ha pensado en momento alguno. Pero, a la par, a pesar del pésimo ensamblaje que lo articula (no es raro que mucha gente, al expresar sus creencias, haga en una misma frase afirmaciones flagrantemente contradictorias), dicho andamiaje de creencias es rígido e imperturbable como el de los dioses y el de los imbéciles.

De este modo, la arquitectura mental del hombre contemporáneo muestra esta paradoja: es endeble, porque apenas es capaz de pensar por sí mismo, pero, a causa de esa misma debilidad, resulta prácticamente imposible alterarla, constituye una fortaleza casi inexpugnable. Ha sido educado para no pensar, es experto en ello y, por eso, la única manera de obrar cambios en él es por medio de la emoción, no de la reflexión: es lo que se llama sensacionalismo.

Éste consiste en el intento de provocar una reacción emocional en el sujeto de la manera más burda y ramplona posible. Evidentemente, un poema de Quevedo, aunque busque generar sentimientos y convicciones, requiere necesariamente de ser comprendido y pensado. Pero un anuncio, un eslogan o un titular, no. Producen una reacción emotiva inmediata, intensa y pasajera.

El hecho de que el hombre contemporáneo sólo entienda el lenguaje del sensacionalismo depende de otros factores, como son la sobreabundancia de información y estímulos, la progresiva desvinculación respecto a toda tradición (barbarie cultural) o la ausencia de un horizonte real de futuro, tanto común como individual (nihilismo). Pero, para bien o para mal, no daré la matraca sobre estos asuntos en este artículo.

Las conclusiones, para acabar de una vez, de este articulito, son las siguientes:

  • El hombre contemporáneo, por regla general, no entiende otro lenguaje que el sensacionalismo.

  • Semejantes individuos son terriblemente propicios para ser manipulados, y para serlo, además, por las ideas más rocambolescas y bárbaras.

  • La raíz de que sean tan fácilmente manipulables consiste en que ni saben ni quieren pensar por sí mismos o, lo que es lo mismo, carecen de personalidad.

  • Y, por último, no una conclusión, sino una pregunta para la cual, por desgracia, carezco de respuesta y, tristemente, sospecho que no la tiene:

  • ¿Cómo es posible paliar el mal de un sujeto, consistente en su absoluta carencia de capacidad de discernimiento propio, con el cual uno no puede comunicarse sino por medio del sensacionalismo? Dicho de otra manera: ¿cómo es posible —de serlo— convencer (“contagiar”) a alguien de lo perverso del sensacionalismo, cuando lo único a lo que se puede recurrir para comunicarse con él es a ese mismo sensacionalismo?

  • Y, a quien haya llegado hasta aquí, de haber llegado alguien:

    ¡Muchas gracias y mucho ánimo, que falta nos hace!



    Etiquetas:   Filosofía   ·   Sociedad   ·   Sensacionalismo   ·   Coronavirus

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