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Nieve


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15/02/2020

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Y la guerra comenzó; es decir, se produjo un acontecimiento contrario a la razón y a toda la naturaleza humana.






León Tolstoi, Guerra y paz.









Un sábado de finales de enero, a los pocos días de haberse inscrito en la Sociedad de Montañismo, tuvo su primera excursión con unos compañeros que desconocía. Conoció, en el momento en que se inscribió, al presidente y al secretario de la Sociedad; pero estos, según le dijeron, no podrían ir a la excursión del próximo fin de semana. Decidió arriesgarse.





-Al fin y al cabo -se dijo- allá donde voy siempre voy solo.





Durante toda la semana, a través de mensajes, se había estado informando a todos los participantes del equipo que deberían llevar para la nieve: guantes, gorro, un buen calzado, crema para evitar las quemaduras de la nieve, etc, etc. Fue tomando nota de todas y cada una de las cosas. No obstante, lo que más le preocupaba, en un principio, era cómo iba a reconocer a las personas de la excursión cuando nunca en su vida las había visto. La solución fue muy sencilla: imaginó que el resto, al igual que él, irían con los bastones de marcha nórdica al punto de encuentro; y, gracias a ellos, como cuando a una vieja cita se iba vestido de una determinada forma, se reconocerían. El chiste consistía en que no hubiera mucho bastón donde habían quedado. No, bastón no había. Pero personas y autobuses abundaban por doquier. El lugar de la cita estaba a rebosar de gente deseosa de ir a ver y a tocar la nieve





No vio a nadie con bastones. No obstante, al cabo de unos minutos, un chico, sin duda le habían pasado la foto de su carnet, fue hacia él y lo llevó a donde estaba el resto de los compañeros. Hechas las presentaciones pertinentes, y distribuidos en los coches, emprendieron rumbo a las nevadas cumbres.





Le hacía mucha ilusión entrar en contacto con la nieve. Esa era una de las razones porque la que se había apuntado a la Sociedad de Montañismo. Su infancia era inseparable de la misma. Y del frío. Pero hacía años que no nevaba en su pueblo. En los inicios de la vejez recordaba a esta con una obsesión un tanto preocupante. Le encantaba, de niño, salir de casa cuando caían copos de nieve. O verla a través de las ventanas de su habitación en tanto hacía los deberos del colegio.





El viaje a las lejanas montañas, sin duda debido a su impaciencia, se le hizo largo. Nadie le dirigió la palabra en todo el trayecto. Lo agradeció. Así podía concentrarse en sus pensamientos.





El aparcamiento estaba lleno de coches y de nieve derretida. Charcos de agua sucia, que contrastaba con las blancas y frías montañas de los alrededores. Se abrigaron, se distribuyeron las raquetas; y calzadas estas y desenfundados los bastones, sufrió un primer susto, propio de un novato. Había dado por sabido que comerían en algún restaurante. Al dar la orden, preparados todos, de que cogieran los bocadillos y la comida por si almorzaban sentados en la nieve, él se quedó como esta: no había cogido ni bocadillos ni comida. Por suerte, y porque alguien así se lo recomendó, llevaba barritas energéticas en la mochila. Un amigo, viejo ciclista, le dijo que en la bicicleta, en los momentos en que amenazaba la famosa pájara, comerse una barrita era como tomarse un elixir hecho por alguna buena bruja: las piernas, gracias a tan nutritivo alimento, volvían a pedalear con juvenil alegría. Era conveniente llevar ese alimento, y frutos secos, cuando se salía de viaje. Le hizo caso.





Nunca había caminado con raquetas por la nieve. La impericia le costó un par de caídas al iniciar una pequeña ascensión. Luego, siguiendo por la pista de esquí, se fue quedando atrás con respecto al grupo. No le importó siempre y cuando no los perdiera de vista. A veces la niebla se los ocultaba. No obstante, no dejaban de subir y bajar esquiadores. Imposible perderse por allí.





Hacía frío. Mucho frío. Recordó entonces, caminando solo, moviéndose con dificultad a causa de las raquetas, la expedición de Aníbal sobre Roma, segunda Guerra Púnica. Este salió, con su ejército y treinta elefantes, de Cartago Nova, pasó por Sagunto, destruida por él mismo hacía unos pocos meses, y ascendió los Pirineos. Hubo soldados que fueron muriendo por el camino. Aníbal licenció a aquellos que no iban a poder soportar tan dura prueba, pues lo complicado estuvo en el paso de los Alpes. En estas elevadas montañas hacía tanto frío que murieron 29 elefantes. Incluso el mismo Aníbal perdió un ojo. Los soldados, de tan fatigados que estaban, según cuenta Tito Livio, dormían tumbados en los bagajes que flotaban sobre el agua. El frío era impresionante. Pese a todo, y perdiendo a muchos soldados, los cartagineses consiguieron llegar a Italia y llevar la guerra a las mismas puertas de Roma. Aníbal derrotó a los romanos en cuantas batallas le plantearon. Pero se tropezó con Fabio, nombrado dictador por los romanos. Este inició una guerra de desgaste, que no fue del agrado del cartaginés1.





El recuerdo de la gesta púnica le dio fuerzas. Siguió caminando con decisión. Aun así sus compañeros cada vez estaban más lejos. Lo esperaron, sin embargo, en un punto de la pista. Esta se hallaba envuelta en una blanca niebla que apenas dejaba ver al inmediato vecino. Sonrió al recordar cuántas veces se había comparado dicha niebla, blanca y fría, con la muerte. Quizás no fuera así, quizás la muerte fuera cálida y acogedora. El fin de las lágrimas y del sufrimiento.





Se reagruparon todos. Faltaban pocos metros para llegar al punto que se habían marcado como meta. Él no tenía ganas de más. Se comió media barrita energética, y decidió regresar, volver al aparcamiento donde estaban los coches. Así lo hizo. De regreso, al cabo de una media hora de marcha ininterrumpida, una bella e inexperta esquiadora, se cayó a pocos metros de sus raquetas. Faltó muy poco para que se lo llevara por delante. Intentó ayudarla a levantarse, pero no tuvo fuerzas. Al inclinarse para tenderle la mano tuvo un fuerte pinchazo en la espalda. La chica le sonrió por compromiso. Se incorporó, mientras tanto, como pudo. Una compañera la esperaba. Se entretuvo hablando con ellas. Le pareció que aquel deporte, como el ciclismo y el baloncesto, tenía su punto débil en las rodillas de los deportistas. Así se lo confirmaron las dos chicas. Luego, cada uno por su lado, siguieron descendiendo.





Tenía hambre. Pero imposible entrar en el restaurante. Tanto allí como en las puertas de los servicios, las colas eran inmensas. Y lentas, desesperantes. Se entretuvo haciendo fotografías. ¿Qué comía el ejército de Aníbal en tanto pasaban los Alpes? Debió de ser terrible. Sí, una vez en el llano no les faltó de nada. Según cuenta Tito Livio llevaban más de dos mil bueyes cogidos como botín de guerra. Se sabe porque al verse rodeado Aníbal por las tropas romanas, imaginó una atrevida estratagema nocturna: colocar sarmientos encendidos sobre los cuernos de los animales y soltarlos por el monte, cercano al campamento romano: consiguió provocar el pánico entre los legionarios. Era de noche. Estos no sabían lo que estaba sucediendo. Huyeron atemorizados. Y cayeron como conejos en manos de las tropas ligeras hispánicas, partidarias de Aníbal.





Cuando regresaron sus compañeros descendieron todos al segundo aparcamiento. Desde allí se decidió hacer otra pequeña excursión. No tuvo ganas de participar en ella: había visto que en este segundo restaurante no había mucha gente. Entró en él, y, tras unos largos y desesperantes minutos, en compañía de una aguerrida esquiadora, se metió entre pecho y espalda medio pollo con medio kilo de patatas fritas. Recuperó los ánimos y las fuerzas. Y se dijo lo mismo que don Quijote ante la famosa jaula del león real: leoncitos a mí, a mí leoncitos. Alegre, intentó hablar con su desconocida compañera de mesa. No lo entendió. Era americana. Tenía un fuerte acento, desconocido para él. De nuevo se acordó de la gesta del general cartaginés.





Un guía fue el encargado de conducir el ejército invasor a Casino. El pobre hombre, que no dominaba el latín, hablando con unos y otros, confundió Casino con Casilinio. Llevó a Aníbal, y a su ejército, donde este no quería estar. Anibal se vio rodeado de montes en un lugar donde apenas se podía forrajear. La terrible confusión le costó al intérprete ser azotado y crucificado.





-Toda profesión tiene sus riesgos -se dijo levantándose y despidiéndose de la americana con una sonrisa, que le fue devuelta con creces.





Tras la comida, contento y feliz, se lanzó, cámara en ristre, por la nieve en busca de encuadres y cosas dignas de ser inmortalizadas. En ello estaba cuando le avisaron por el móvil de que estaban todos en la explanada del restaurante comiéndose sus bocadillos y reponiendo fuerzas. Fui allí. Los vio comer sentados en una de las muchas mesas de madera que había. Rodeados de esquiadores hambrientos y charcos de agua ennegrecida. Esquís, bastones, ropa de abrigo por aquí y por allá, gente y más gente por todos lados. Colas inmensas para ir al servicio. Avanzaban tan lentamente como los famosos pasos en Semana Santa.





Volvió a acordarse del intérprete cartaginés. Qué caros se pagan a veces los errores.





Levantados los fríos y mojados manteles, se fueron al coche para iniciar el regreso a casa.





Con las mismas personas en el mismo coche. Sin hablar ni hablarle en todo el trayecto. Concentrado en sus pensamientos. Aquella no era la nieve de su infancia. Pero lo había pasado bien.





Poco a poco fue molestándole la ropa. Cuando llegaron a un bar de la carretera, se despojó del anorak y del jersey. Pidió un café con leche que no le sirvieron. Sí que atendieron al resto de los compañeros. Lo volvió a pedir con idéntico resultado. Se levantó al cabo de unos minutos, en vista de que nadie le hacía ni caso, y lo pidió en la barra. Se enfadó por esa falta de deferencia. Tanto que decidió irse sin pagar. Así lo hizo.





Le encantó, pese a todo, entrar en contacto con la nieve, estar con aquellas personas con las que apenas habló, y comprobar, aunque un tanto neciamente, el frío que tuvo que soportar el ejército cartaginés en una de las tantas absurdas guerras que se han hecho a lo largo y ancho de la historia. Una pena que el hombre se dedique a semejantes cosas cuando hay tanto paisaje y tantas buenas personas y bellas esquiadoras por el mundo. Se quedó con la imagen de la joven esquiadora caída a pocos metros de sus raquetas. ¡Dios, qué hermosa que era! Y qué bien le sentó el pollo con patatas fritas y la compañía de la joven americana con la que no se entendió más que sonriendo. Aun así pensó que hay días en los que vale la pena vivir. Aquella no era la nieve de su infancia, pero no dejaba de ser nieve.





1Tito Livio, Ab urbe condita, libro XXII, 11 y ss.



Etiquetas:   Infancia

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