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Relato Breve


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07/01/2020


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Hace unos días me llamó Ricardo. Somos amigos a partir de haber coincidido en la misma secundaria. Allí nos conocimos y desde los catorce años que teníamos entonces, nos queremos casi como hermanos.


Ricardo siempre fue un mulato muy grande. No digo fuerte ni gordo, digo grandote, de movimientos lentos, sonrisa rápida y una tranquilidad implacable. Creo que fue esa forma de ser la que atrajo a Dorita. Ella se hizo amiga nuestra cuando estábamos en el preuniversitario y después de rechazarme en un par de ocasiones, se convirtió en su novia. Años más tarde, al acabar la universidad, ya era su mujer. Mis intentos de ligar con ella quedaron como anécdotas con las que nos reíamos los tres en tardes de mojitos y dominó.

Desde que murió Dorita con sus hermanos en aquella balsa, naufragó también el anhelo de conseguir los papeles de reunificación familiar en medio de sueños dolarizados, A partir de la confirmación del desastre, Ricardo iba y venía de su casa al trabajo con el niño pequeño de ambos subido a su pecho y la amargura deformando, obstinada, su sonrisa ya menos rápida, mostrada solo por el compromiso de saludar con un «buenos días» o de despedirse con algún «hasta luego». Todo ello por pura educación.

Durante nuestra conversación telefónica, le prometí que lo iría a visitar la tarde del día siguiente. Pude subir a un taxi colectivo al acabar mi trabajo en el periódico y cuando llegué a su casa, vi que había sobre la mesa del comedor una botella de ron Legendario por la mitad y dos vasos de cristal. Enseguida me di cuenta de que aquellos elementos formaban, delante de la foto de Dorita, un conjunto algo siniestro, pero bello. Pensé que sería una buena fotografía. Será deformación profesional, supongo.

El pequeño dormía. Mi amigo me dio un abrazo y me invitó a ponerme cómodo. Yo no deseaba tomar ron a esas horas, la verdad, pero Ricardo es lo más cerca que tengo de un hermano, y por alguien que ostenta ese rango, las ganas se hacen, igual que se estrechan las manos, se dan prolongados abrazos o se dedican palabras sinceras de afecto.

Después de un par de tragos, Ricardo me explicó lo que quería contarme. Varias noches atrás, al dejar al niño dormido en su habitación, recogió el desorden de la cena y limpió el viejo apartamento. Como ya era fin de semana, puso la fotografía de su mujer en la mesa donde estábamos y estrenó la botella que teníamos delante. Bebió de ella hasta la mitad, apagó algunas luces y se marchó a descansar a su habitación. Me dijo que esa madrugada, en sueños, empezó a escuchar unos gritos: «¡Despierta!». «¡Despierta!».

Se sentía consciente sobre el colchón, aunque estaba dormido. Quizá era ese estado en el que todo es sí y no, como con el alma flotando en un limbo sacudido por la persistencia del tic tac que martilleaba, terco, el reloj despertador, y él, en medio de la somnolencia, intentaba adivinar quién daba aquellas órdenes. Notaba su cuerpo boca abajo, tendido a plomo y una pereza dulce que no le dejaba moverse. Entonces los gritos cesaron y en su lugar percibió unos fuertes golpes en la puerta.

La tos del chiquillo se escuchó desde su cuarto. Mi amigo interrumpió la conversación y se levantó de la mesa para ir a ver al niño. «Sigue dormido», dijo al volver, y sirvió más ron en nuestros vasos. El Legendario nos gusta a ambos. También le gustaba a Dorita. Siempre creí que no hacían buena pareja. Él tan inmenso, con tan poco pelo y ella tan menuda, delgada, con la melena negra y lisa que le llegaba hasta la cintura.

―Ponle un vasito a ella también, anda —le dije serio.

Me observó un instante y me señaló con el índice aprobando con la cabezota. Mientras Ricardo decidía dónde servir el ron de su mujer volví a pensar en la foto. La cara de Dorita riendo hasta ponérsele los ojos tan chinos que parecía dormida. Siempre se lo decíamos. ¡Qué pena! Si algo o alguien con el poder de otorgar vidas me hubiese pedido la mitad de mis años por verla allí con nosotros, no dudaría un segundo en canjearlos.

El vaso de ron para ella descendió justo al lado de su imagen y los nuestros quedaron separados por la botella, a la que le quedaba en ese instante solo un cuarto del líquido dorado. ¡Qué fotografía! Deformación profesional, sin duda ya.

―Entonces, ¿qué pasó después que escuchaste los golpes? —pregunté mientras bebía.

―Me desperté asustado ―prosiguió, dejando caer sus ojos mojados en la foto de su mujer—. Quedé sentado en la cama pero no se oían los golpes, en cambio percibí a mi hijo atragantarse en su habitación, así que, en la penumbra, fui corriendo hasta su cama. Allí me lo encontré angustiado, sin poder respirar. Entonces lo levanté y lo puse sobre mis piernas, mirando hacia el suelo, le di golpecitos suaves en la espalda hasta que dejó salir una flema interminable. Lo tranquilicé en mi hombro un buen rato y lo arropé en su cama. No me separé de su lado hasta que volvió a dormirse.

― ¿Estamos pensando lo mismo? —le dije, mirando a Dorita entre nosotros y el ron.

―Fue ella, no me cabe duda ―dijo, escanciando las últimas gotas del Legendario—. Ella vio al niño atragantado con la flema y me gritó, y al no reaccionar yo, aporreó la puerta hasta que me desperté. Ahora sé que está en todo momento con nosotros, y de verdad, me siento feliz de que así sea.

El chiquillo tosió en su habitación. Ricardo fue a echarle otro vistazo. Me quedé mirando hacia la puerta entreabierta y acto seguido, a la foto de Dorita. Levanté mi vaso ante las líneas de sus ojos. Cerré los míos, sintiendo cómo me pasaba por la garganta el último resto dulzón de licor que me quedaba.

Cuando los abrí, Ricardo aún estaba con el niño y era Dorita la que se hallaba sentada frente a mí. Solo se dejó ver un instante. Ella sonreía, con los ojos chinos, de la misma manera que lo hacía en la foto, detrás de su medio vaso de ron y de la botella seca, haciendo juego con nuestros vasos sin gota de alcohol. La mujer de mi amigo reía, como siempre lo hizo en la vida que nos regaló.

Por eso, cuando su imagen acabó desvanecida, sin poder razonar, hasta puedo asegurar que con alguna torpeza, saqué mi cámara de fotos y retraté el bodegón más hermoso de todos los que tengo hasta ahora. Lo he titulado «¡Despierta!».  Tal vez algún día le daré una copia a mi amigo Ricardo. Tal vez, algún día.





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