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La nueva izquierda capitalista


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27/12/2019

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Los tiempos han cambiado en el mundo libre y la izquierda ya no quiere hacer la revolución. La época de la lucha contra el capitalismo ha pasado a la historia, porque ahora hay entendimiento entre ambas partes. Uno, ha tragado con los postulados sociales extraídos de la época de la revolución burguesa y, la otra, ha aceptado los términos de la moderna sociedad de consumo. A lo más que se aspiran ambos es al cambio, como requisito básico para que nada cambie, salvo el paso del tiempo.

Es natural que los ánimos se sosieguen, visto que el capitalismo ha ilusionado a los individuos con el bienestar. Aunque apegadas a las viejas utopías, las aspiraciones de la muchedumbre apunta hacia la consecución del bien-estar. Y es conocedora que esto se puede alcanzar o cuanto menos acercar a través el consumo. Soñar con ser rico no se le va de la cabeza a casi nadie, pero para ir tirando basta con disponer de ciertos caprichos que procura la sociedad actual a cambio de un poco de dinero, lo que permite calmar los ánimos revolucionarios.

Por su parte, la elite de izquierdas está en lo mismo, pero a más alto nivel. Han aprobado el examen para ejercer el poder y asoman la cabeza en centros señalados. El que más o el que menos se ha procurado un cargo, ya no vive en los suburbios y ocupa plaza en el centro de la ciudad, con un chalet en urbanización de lujo a las afueras para los fines de semana, dispone de coches de marcas sonadas, buenos sueldos y alguna que otra cuenta en el extranjero por si las cosas vienen mal dadas.

A tenor del nivel de vida actual, ¿quién puede pensar ahora en eso de la revolución?. Está claro que la mayoría autoseñalada como de izquierdas no está en disposición de realizar experimentos serios.

Hay algo fundamental en la nueva situación y es que a la izquierda se le ha agotado la imaginación. Para subsistir con lo poco que queda basta con pensar en cambios. Un parche aquí y otro allá, aventados por la propaganda, al objeto de obtener réditos en términos de poder y construir un discurso minimalista para ganar seguidores y poder desempeñar algunos el papel de elites. Hay que mantener actualizada la ideología. Inicialmente basada en aquellas cosas de libertad, igualdad y fraternidad, ahora se trata de enunciar derechos y libertades sin cuento dentro de la jaula, defender principios de justicia social que barren para casa o de una solidaridad, en la que algunos creen, y otros practican porque da prestigio. Muchas palabras y pocos hechos, pero basta para no desalentar del todo ese viejo espíritu rebelde.

Causa del fracaso de la idea de revolución no es tanto el arraigo del buen-vivir y el agotamiento de las ideologías como la fuerza dominante del capitalismo, que ha impuesto su modelo de orden ante el que no caben revoluciones. En todo caso, el argumento que postula el sistema es convincente, y lo será en tanto haya consumo y bien-estar garantizado entre las gentes. De ahí que la ruta a seguir sea acercarse al capitalismo, porque circulando en sentido contrario no hay futuro.

La izquierda capitalista de ahora, esa que ha acabado dando la espalda a la revolución como principio y se conforma con abordar ciertos cambios, ya es una realidad. No solo porque se ha entregado al consumo y al bien-vivir como sucedáneos del bienestar propuesto por el capitalismo, lo que demuestra la sensatez de sus miembros, sino que aspira a mejorar ambos. En definitiva, se ha quedado sin argumentos diferenciales. Incluso ya flirtea con la derecha, llegando a encontrar intereses comunes, y empieza a asumir el riesgo de tener que aproximar discursos. Y no hay que olvidar que la derecha siempre ha procurado ser políticamente fiel a los postulados del capitalismo.

Visto así el panorama y los principios de la izquierda actual, como entrega al sistema, bien-vivir, consumo, derechos y libertades para todos, la afinidad con los planteamientos de la doctrina capitalista es evidente. Con lo que cabe entender que ya caminan de la mano.

Antonio Lorca Siero    



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