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"Literatura Uruguaya" El pozo-Para una tumba sin nombre – Juan Carlos Onetti


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05/12/2019


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Algunos escritores tienen la capacidad de deslizarte hacia su mundo inventado de manera asombrosa, admirable. Pero también están aquellos que, además de invitarte a sentarte a la mesa de los personajes, te ofrecen la posibilidad de ser partícipe y cómplice, de ver e incluso tal vez, en algún punto, dejarte ver. Juan Carlos Onetti (1909-1994) es uno de ellos.


La obra de este escritor uruguayo, Premio Cervantes de 1980, no alcanzó en sus inicios demasiada repercusión. Un hecho que tampoco cambió excesivamente con el tiempo; porque Onetti, como sostuvo Mario Vargas Llosa, no obtuvo el reconocimiento que merecía como uno de los escritores más originales y personales  que introdujo la modernidad en la literatura castellana.

El creador de la ciudad imaginaria Santa María se animó a romper con el costumbrismo literario que dominaba la época y a llenar las páginas de existencialismo. Y es que lo que le provocaba era ahondar en las profundidades del alma. Esa que se puede esconder ante los ojos de los otros pero que sigue ahí para una, incólume, a pesar de las trampas que se le tiendan. Sus personajes pueden estar llenos de apatía, de rencores, de rabia, desidia o frustración, pero lo están de una forma tan lúcida que, a pesar del exceso de pesimismo con el que cargan, del ensombrecimiento que se va instalando a medida que se avanza en la lectura, resulta inevitable que, de algún modo, despunte la comprensión.

Estas dos novelas cortas que Seix Barral unió en un solo volumen en 1980, si bien tienen veinte años de diferencia, reclaman la misma exigencia al lector: la atención. Porque es en esa absorción que una se descubre despojada de la realidad para, si bien pudiera parecer contrafactual, someterse más a ella. Pero no a la realidad de los sucesos, sino como el propio Onetti dice, a través del narrador personaje de El pozo, a la del alma.

Eladio Linacero, a punto de cumplir cuarenta años encerrado en una habitación compartida de una pensión, decide escribir sus memorias. Cercado por la desidia y por el profundo menosprecio que siente por todo lo que le rodea y también por el mismo, elige el lápiz y el papel para mostrar y mostrarse que el escepticismo y la insensibilidad son el único camino para subsistir en un mundo hostil. Comienza así un viaje hacia dentro en el que se alternan los recuerdos y las ensoñaciones que lo acosan. Una narración con una buena dosis de frialdad que confirma la voluntad de Onetti de quitarle el protagonismo al suceso para cedérselo al mundo interno e insondable del ser humano.

«Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.»

En Para una tumba sin nombre, el entierro de una mujer desconocida, cuyo único condoliente parece ser un chivo, funciona como disparador para que el narrador personaje se decida a escribir sobre ella. Las andanzas de Rita le llegan a través de dos jóvenes que la frecuentaban.

Instalada en una estación de trenes de Buenos Aires, subsistía gracias a la caridad de la gente y a la prostitución. Lo que ganaba lo usaba para alimentar al chivo que uno de sus proxenetas le dejó de regalo antes de desaparecer de su vida. Este es tal vez el único punto en el que concuerdan las versiones: la de los dos jóvenes y la del narrador. Las restantes anécdotas forman parte de la historia de una historia que se construye y se destruye para asentar que la realidad es tan subjetiva que conviene no fiarse de las certezas.

El pozo y Para una tumba sin nombre son dos novelas cortas que reafirman lo lúcido, pero también lo lúdico que caracterizan las obras de uno de los mayores referentes de la literatura hispanoamericana. El escritor del pesimismo, de lo inquietante pero sobre todo de lo incomprensible que circunda al ser humano.





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