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"Literatura llevada al cine" El club de los poetas muertos


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10/10/2019


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Habitualmente, esta sección pretende hablar de obras literarias que, con mayor o menor acierto, son llevadas al cine o a la televisión, en formato de serie o miniserie. Hoy, sin embargo, pretendo hablar de una cinta que emerge directamente de un guion, y no de cualquier guion, sino de una auténtica obra de arte (y es que no sin razón fue galardonado con el Oscar a mejor guion original). ¿Por qué entonces voy a hablar de él? Sencillamente, porque esta película es, sin ninguna duda, fuente de inspiración para no pocas personas que alguna vez han deseado oponerse al sendero más transitado, permitiendo así que sus sueños y su amor por el arte, en cualquiera de sus variadas y ricas formas, posean las fuerzas necesarias con las que poder volar. No obstante, no deseo obviar el hecho de que también pretende reconocer el mérito de todos aquellos maestros que, aunque en contadas ocasiones, todos hemos tenido el placer de escuchar, y, por supuesto, de vivir; maestros que han logrado trasladar en todos y cada uno de nosotros parte de su pasión por el saber, por la imaginación y por la inconformidad ante las normas establecidas. Y es que todo cambio arranca con una idea, y con la voluntad —muchas veces demasiado golpeada por los poderes establecidos— de llevarla a cabo.


Hoy vamos a hablar de El Club de los Poetas Muertos. Carpe Diem.

Deseo comenzar con una frase aplastante, una frase a la que no le falta ni sobra nada: “A pesar de lo que les digan, la palabra y las ideas pueden cambiar el mundo”. Solo por escuchar esta en labios del colosal, y desgraciadamente desaparecido, Robin Williams —interpretando al maravilloso profesor John Keating—, ya vale la pena sentarse en el sofá para disfrutar de poco más de dos horas de metraje.

La cinta se estrenaba en el año 1989, dirigida por Peter Weir, y con guion original de Tom Schulman (“¿Qué pasa con Bob?”, “Los últimos días del Edén”, “Cariño, he encogido a los niños”…). Al parecer, el guionista se inspiró en sus propias vivencias cuando formaba parte del tropel de estudiantes de la Academia de Montgomery Bell, Tennessee. Allí recibió clases de un profesor de inglés, de nombre Samuel Pickering, muy poco convencional.

En un tradicional y no menos estricto instituto estadounidense se aglomeran los sentimientos que, latentes, se hallan escondidos en los corazones de varios estudiantes, aguardando a que el contagioso espíritu rebelde del profesor John Keating los haga saltar por los aires, liberándolos y, como consecuencia, provocando los conflictos que generarán el epicentro de la trama.

Pero ¿por qué el profesor actúa de este modo? En una sociedad en la que la línea de lo que se considera una vida de provecho está tan estrictamente marcada, casi inflexible, es preciso que aparezcan personas con vocación de cambio, posiblemente —y esta es mi opinión— para lograr que la esencia humana evolucione. En realidad, podríamos decir que el profesor no es más que un emprendedor del alma —sí, acabo de sacarme esta definición de la chistera—; alguien que pone en duda la metálica verdad que, cuales axiomas, determinan el destino de todos y cada uno de nosotros. En efecto, estoy hablando del famoso Mito de la caverna de Platón. Keating ha descubierto que todo cuanto nos rodea no es más que una gran mentira, sombras falsas e ilusiones que impiden al hombre crecer en libertad sin lograr poseer el control de su propia vida, evitando así que evolucione como debiera hacerlo. Su misión, por consiguiente, será la de revelar la verdad a aquellos que viven sumidos en las sombras, consciente de que el camino estará plagado de obstáculos.

De hecho, este es mi razonamiento. También podemos aceptar que Keating es un gran profesor (y muy poco convencional, por agregado), el cual, a causa de su marcada vocación, no solo ve necesario transmitir los conocimientos hacia los demás (en este caso, a sus alumnos), sino que además necesita que el receptor asimile la esencia de lo que tanto amor despierta en él; en este caso, la literatura.

En la película hallamos principalmente tres marcados tipos de rebeldía —no deseo mencionar otros de manera pormenorizada para no hacer este escrito demasiado largo—, al margen de la del profesor, por supuesto. Estos están representados en tres de los estudiantes: Knox Overstreet (Josh Charles), Neil Perry (Robert Sean Leonard) y Todd Anderson (Ethan Hawke).

El primero de ellos, Knox Overstreet, se enamora perdidamente de la novia del hijo de los amigos de su padre. La lucha por lograr este amor (el amor de otra persona), implicará no solo arriesgar las buenas relaciones entre sus padres y los padres del actual novio de la muchacha (al parecer, un auténtico zoquete al que solo le interesa el fútbol americano y poco más), sino a veces también el físico, pues alguna que otra zurra se lleva el muchacho.

Personalmente, la trama y vivencias de este personaje me aburren; al fin y al cabo, para conocer auténticos dramas, tragedias más bien, entre enamorados, tenemos un sinfín de excelentes obras: Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Beren y Lúthien…

El segundo, Neil Perry, es en realidad el que soporta todo el peso de la trama. Posiblemente se debe esto a que es él quien mejor muestra la obsesiva presión a la que los jóvenes están sometidos por parte de sus padres y, por extensión, del sistema (entre estas cosas se encuentra el impertinente “esperamos mucho de ti”). Dado que puede que muchos lectores no hayan visto la película —no lo creo muy posible, pero es probable—, no deseo hablar más de la cuenta. Lo que sí debo decir es que en este personaje se muestra la lucha encarnizada que todo aquel que desea alcanzar un sueño debe arrostrar, así como lo que lograrlo desata. Y es que la vida no es un cuento de hadas, y todo lo que hacemos tiene consecuencias, incluso lograr alcanzar un sueño; no olvidemos que siempre hay un día después…

El tercer personaje, en muchos aspectos completamente opuesto a Neil, es Todd Anderson, el auténtico protagonista de la película. Todd, aparte de luchar contra los mismos diablos a los que se enfrentan sus compañeros, debe afrontar uno más; y este, sin lugar a dudas, es el más terrorífico de todos: él mismo.

Todd es un muchacho que admira las enseñanzas y la vehemencia con la que habla Keating. Sin embargo, el miedo al fracaso, al ridículo y a verse frente al espejo de la realidad le impiden liberarse y dejar que su alma vuele con libertad. Resulta brillante el momento en el que Todd, ayudado por el enorme profesor, logra romper esa infranqueable muralla.

Cabe decir, además, que, siguiendo con el Mito de la caverna, es Todd el auténtico liberado que abandona por completo la oscuridad. Además, esto queda representado en una escena que a más de uno hará trabajar sus lagrimales.

En cuanto a la interpretación, al margen de los personajes que hemos mencionado, debo añadir un broche de oro. Y este no es para otro que para el Sr.Nolan (Norman Lloyd), director del centro y antagonista de Keating. La expresión en uno de los momentos del final de la película de su rostro refleja auténticamente la vanidad y la crueldad de los más poderosos cuando saben que han logrado doblegar las aspiraciones de aquellos que se hallan bajo sus pies. ¡Realmente notable!

Ahora que todos hemos vuelto al cole, deberíamos dedicar un espacio de nuestro tiempo a una obra que no tiene fecha de caducidad.

Puedes escuchar el texto de este post en el archivo audiovisual que se adjunta a continuación:

https://youtu.be/nmDK_I8IyjU



Etiquetas:   Cine   ·   Libros   ·   Literatura   ·   Periodismo   ·   Cultura

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