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Relato Breve "Daniela" de Álex Cardoso


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26/09/2019


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Ella se columpiaba en el jardín. A cada subida, sentada en el trapecio, intentaba mirar al sol sin cerrar los ojos. El vestido, con sus vuelos de espuma, le hacía parecer una nubecilla empecinada en despegar del suelo una y otra vez, y en cada ocasión que se elevaba, la punzante luz le hacía cerrar sus ojos marrones y arrugar la frente, la nariz y expresar una mueca con la boca que dejaba al descubierto sus dientes abrazados por aparatos correctores mientras aferraba sus manos a las cadenas del asiento con la fuerza de sus nueve años.


La brisa, que jugueteaba entre sus rizos castaños y largos, dejó de llegar desde los árboles que rodeaban la casa de madera para deslizarse por entre los rosales y dos muñecas que disfrutaban de un tranquilo pícnic sobre la cuidada yerba.

Tras unos segundos de quietud, irrumpió un soplo que, sin transición alguna, devino en viento fuerte y traicionero, que arrancó presuroso las hojas rojizas y amarillas del otoño para esparcirlas sobre el camino que llegaba a la casa, sobre su césped, sobre Daniela y sus muñecas despeinadas, que al igual que ella, habían abierto los ojos, asustadas.

Con la piel erizada y una desconfianza intuitiva de niña, se apeó del columpio y fue a recoger a sus amigas de la merienda campestre. Tras agacharse y recomponerse con ellas en las manos vio a Tony apoyado en la cerca de madera. El Gato, como también le llamaban los otros chiquillos por su agilidad subiendo a todo lo que le suponía un reto, tenía dos años más que ella y nunca le sorprendía verlo, como se le apareció esa tarde.

Tony iba cubierto de barro por todos los poros; un fango que en aquella zona era rojo y que por la vía del tren que pasaba cerca del pequeño lago siempre estaba pastoso y húmedo. A los chicos del poblado les encantaba ir por allí a colgarse de los vagones de carga en movimiento y tirarse bolas de aquella tierra para ver quién salía más pringado en la contienda, y Tony siempre aparecía bien emplastado.

Bajo la costra rojiza que rodeaba los labios como otra piel seca, el chiquillo le habló  a Daniela. Vestía un pantalón corto y un par de tenis sin calcetines. La miraba a través de las pestañas apelmazadas, que no podían disimular la travesura que yacía en el fondo de sus ojos.

―¿Les has dicho ya qué es lo que quiero? —escupió unos granos de barro seco sin dejar de observar a la niña―. Dentro de dos semanas va a ser tu cumpleaños y aún no te has acordado de darles mi recado.

Daniela negó con la cabeza. Entonces el Gato le mostró las manos abiertas mientras miraba el vestido impoluto de ella. Hizo un ademán de fantasma e intentó saltar la valla.  Daniela, aferrando sus muñecas, echó a correr hacia el interior de su casa.

Cuando llegó a la puerta se volvió hacia el camino. Tony ya no estaba. Los brackets relucieron alegres. Le gustaba cuando el Gato le gastaba bromas, aunque desde el último año lo había visto en alguna ocasión, de lejos, con otros muchachos también de su edad. Parecía que andaba en otras cosas, quizá por eso le hacía  menos caso, pero aun así, de vez en cuando se le acercaba y la asustaba un poco, medio en broma, medio en serio, pero se aproximaba y la hacía sentir su niña preferida. Por eso ella aplazaba comentar a sus padres el recado del niño, para que volviera una y otra vez a preguntarle.

El ruido de la cortina espanta- moscas de la entrada dio paso al de la puerta abierta con brusquedad. Daniela y su vestido de celaje levitaron a toda prisa por el salón. Se detuvo un instante en la mesa donde sus padres recortaban las tarjetas de invitación, y dándole un beso a su madre subió escaleras arriba hasta su dormitorio.

Se quedó pensativa frente a la puerta que su familia nunca abría. Recordó el deseo de Tony y puso una mano sobre el pomo, pero la retiró enseguida, como si este hubiese estado caliente. Siguió por la del cuarto del matrimonio y acabó por entrar en el suyo, pintado de rosa. Se asomó a la ventana y desde allí volvió a ver al travieso chiquillo andando por el camino con las manos en los bolsillos y la mirada escoltando las punteras de sus zapatos. Como movido por un presentimiento él volvió la cabeza hacia su habitación, sonrió y echó a correr hasta desaparecer en el final de la calle.

Al día siguiente, como de costumbre, Daniela salió a toda carrera del colegio en dirección al coche de su madre, que la esperaba mirando el teléfono móvil frente al volante. A mitad de camino sintió unos pasos que la acompañaban en el breve correteo. Ahí estaba de nuevo Tony. Esta vez con el uniforme y limpio. El niño tenía un gran parecido con Daniela. El pelo encrespado y algunas pecas que a ambos les salpicaron por zonas similares aumentaban la semejanza entre sus rostros. Disminuyeron el paso y comenzaron a andar.

—¿Ya les has dicho algo? ―Tony la miraba esperanzado.

―Aún no —él se le quedó mirando con cara seria, pero enseguida volvió a sonreír.― No te olvides hoy, fea.

Daniela reparó en que su madre la buscaba con la vista a través de la ventanilla y echó a correr otra vez. Tony también llegó hasta la puerta del auto, se detuvo y al instante se fue alejando de espaldas.

La niña se metió en el coche mientras su madre activaba el contacto. Tony seguía andando hacia atrás. Se saludaron con la mano. Otras niñas que estaban detrás del Gato le devolvieron el saludo.

Faltaba una semana para que Daniela cumpliese los diez años. Alrededor de la mesa y mientras comían, ella y sus padres repasaban la lista de invitados. Ese día había empezado a llover con fuerza y el olor de la tierra mojada del jardín se colaba por entre los pequeños cilindros de madera de la cortina espanta moscas. Entonces la niña volvió a ver a Tony desde la ventana del salón.

Lucía serio: estaba de pie, recostado en la pequeña puerta de madera del jardín. Otra vez aparecía lleno de barro por todas partes. Empezó a caminar hacia la casa. A cada paso que daba, el barro pasaba del color rojo al granate. Cada metro que recorría, el aguacero desprendía de su cuerpo aquel paté, manjar de lombrices, y su piel iba quedando al descubierto, unas veces blanca, otras, encarnada, hasta que llegó a la puerta. Daniela se incorporó de pronto.

—¡Se está mojando…! ¡Se está mojando!

La niña se abalanzó hacia la puerta y la abrió. La mitad de su cuerpo quedó por dentro de la cortina espanta-moscas y la otra mitad por fuera. La nueva imagen del Gato la congeló antes de salir completamente.

En la balaustrada del portal estaba Tony. Todo el barro había resbalado ya de su cuerpo, pero un líquido rojo muy intenso bajaba en una corriente imparable desde su cabeza, tomando la curva de sus hombros y dejándose caer por los brazos y el pecho hasta precipitarse al suelo en gruesas gotas. La pierna derecha, seccionada a la altura del muslo, no caía gracias a un trozo de piel que se resistía a rendirse. Varios hilos de sangre unían sus extremos entre el solado y el muñón. Los ojos del niño estaban llenos de lágrimas.

—¿Ya les diste mi recado? ―se agarró la pierna colgante con sus dos manos, intentando unir las dos partes.

Entonces Daniela miró hacia el interior de su casa. La cortina seguía partiendo en dos su cabeza, su pecho, a la vez que sus piernas, como sus brazos, quedaban uno por dentro y el otro por fuera.

—¡Está muy mal…! ¡No puede quedarse así!

Los padres se levantaron de la mesa y se asomaron a la puerta. Daniela sintió la mano de Tony tocando la suya, por lo que extendió el brazo y volvió a ver al Gato lleno de barro por todo el cuerpo y con todos sus miembros en su lugar. Una de sus manos le sujetaba la suya.

―¡El recado…! ¡Ahora! —el niño volvía a sonreír.

Cuando los progenitores de la niña se asomaron, quedaron sorprendidos. Vieron en la mano de su hija un gorrión mojado y lleno de partículas de barro rojo. Movía la cabeza con rapidez hacia ambos lados y piaba cada poco.

La madre sacó del bolsillo del pantalón su teléfono móvil e hizo unas fotos a la mano de Daniela con el pajarillo, que parecía estar entrado en calor, pero la niña habló enseguida.

―Dice Tony que tiene un recado para vosotros —la madre paró de hacer fotos. Miró al pájaro y a su marido, que parecía haber entrado en un limbo denso que le entumecía los pensamientos. A ella los ojos le brillaban por un incipiente e incontrolado lloro y se alejó unos pasos en dirección a las escaleras. Daniela la detuvo.

―Dice Tony que se quiere ir, pero que no puede si seguís queriendo tener todas sus cosas en la habitación bajo llave, como si él estuviese aún vivo entre nosotros —se giró y vio a su hermano que la observaba sonriendo―. Nos está pidiendo que recojamos toda la ropa, los juguetes, los libros…, y los saquemos de su cuarto, y que pintemos las paredes de otro color, y que nunca más echéis la llave a la cerradura…

El niño ya no tenía barro por el cuerpo, ni sangre rezumando, ni la pierna colgando. Estaba impoluto e iba con el mismo traje blanco que llevaba puesto en el ataúd tras la reconstrucción de su cuerpo, imprescindible después de que perdiese el equilibrio en lo alto de una de las torvas llenas de miel de caña que transportaba un tren a toda velocidad.

El Gato aquella mañana de domingo había saltado al convoy delante de los chiquillos del barrio. Se subió a lo alto de la enorme cisterna y después de saborear los sobrantes del denso líquido negruzco y dulce quiso completar su heroicidad volviendo a poner los pies en el suelo, pero la muerte, que siempre acecha en los lugares menos esperados, aprovechó su mal cálculo en el instante de sujetarse.

El resultado fue un descenso plagado de golpes contra los fríos hierros, las férreas cadenas, las consistentes uniones, los tercos tornillos, hasta caer bajo una de las ruedas, que mordió con ferocidad una de sus piernas y allí mismo, tras el último vagón, la dueña de la guadaña y de las almas se paseó, invisible y sonriendo alrededor del cuerpo aún convulsionado de Tony, mientras todos sus amigos se perdían en la distancia para pedir ayuda.

Daniela observó cómo su hermano se fue soltando de la mano y echó a correr por el camino hasta ir desapareciendo. Los padres vieron al gorrión sacudirse los granos de fango seco y levantar un vuelo rasante por la pista. En la foto del móvil nunca se vio ningún pájaro posado en la mano de Daniela. Había que redecorar una habitación con urgencia.



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