Ya están sonando otra vez las alarmas antiaéreas. Aún es demasiado temprano. Me pongo de pie y visto el uniforme enseguida, aunque no encuentro el Kalashnikov donde siempre… Pero no, no estoy en la tienda de campaña. Me doy cuenta de que me hallo en la habitación de mi casa, bueno, de la casa familiar, la que conseguimos, después de muchas permutas, en esa parte de la Habana Vieja donde aún la revolución no ha tenido oportunidad de invertir los recursos necesarios para rehabilitarla.




