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Relato Breve "El capitán" por Alex Cardoso


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26/08/2019


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Ya están sonando otra vez las alarmas antiaéreas. Aún es demasiado temprano. Me pongo de pie y visto el uniforme enseguida, aunque no encuentro el Kalashnikov donde siempre… Pero no, no estoy en la tienda de campaña. Me doy cuenta de que me hallo en la habitación de mi casa, bueno, de la casa familiar, la que conseguimos, después de muchas permutas, en esa parte de la Habana Vieja donde aún la revolución no ha tenido oportunidad de invertir los recursos necesarios para rehabilitarla.


Siento las explosiones fuera y regreso a la realidad. Nos están atacando y sigo en combate. ¡Continúo en Angola! Mis compañeros me necesitan. Estoy en un sueño inoportuno y tengo que escapar de él.

Alguien, por error, debió de echar mano a mi fusil. ¡Pero tengo que salir! Echo a correr hacia donde los hombres se están matando, hacia donde los míos podrían estar muriendo. ¡Soy su capitán…!

¡Qué extraño! Estoy metido en una realidad de la que no logro evadirme. Dos años en esta guerra me están haciendo perder la razón. No veo la lona verde de la tienda de campaña, ni la tierra roja del suelo, ni la selva delante de mí. Abro la puerta de mi habitación y los que me reciben en el salón son mis padres con una mirada de preocupación. ¡Pobres! Intentan sobrellevar el ataque enemigo sacando una sonrisa forzada, la misma que ponían cuando yo era estudiante y suspendía algún examen. ¡Hasta han preparado el desayuno! «¿Pero es que no veis que estamos en guerra?». No me dejan salir. Me abrazan. «¡No, hijo, no. Son las milicias que están haciendo prácticas en la calle!».

«¿Las milicias?». ¡Las milicias! Miro por la ventana. Debajo de un día nublado, efectivamente, andan corriendo los milicianos de un lado a otro. «¡Ah, claro, las milicias de tropas territoriales, claro!». Me piden que me siente a la mesa a tomar el desayuno. Lo hago.

Me encuentro cómodo con este uniforme, aunque es un poco raro. Parece un chándal deportivo verde. Es un chándal para nosotros, los del ejército. Lo habrán repartido y yo no habría reparado en él. Igual el Cundo me lo dejó entre mis pertenencias. Ese negro vale su peso en oro. Por los altavoces suena el fin de las alarmas antiaéreas. Hemos ganado. La internacional sustituye a las sirenas y se propaga por todo el espacio.

Entran mi hermana pequeña y mi otro hermano. No cierran la puerta tras ellos. ¿Qué hacen aquí, en Cabinda, vestidos con el uniforme de las milicias? Las milicias están allá, en Cuba, a más de once mil kilómetros de este campamento… Algo no va bien. No entiendo lo que está pasando. Estoy en una pesadilla y no consigo zafarme de ella. «¿Qué están haciendo ustedes aquí? ¡Esto es la guerra, no unas prácticas de las milicias por las calles de La Habana! ¡Están en medio de la operación Carlota!».

Están locos. Me dicen que estamos todos en Cuba. Que llegué de la guerra hace un mes. ¡Pero si aún ayer cayó a mi lado, casi partido por la mitad, el Cundo! ¡Ese proyectil del doce coma cinco hizo desaparecer a ese negro con el que nos criamos en el barrio!

Ahora Silvio canta Madre por los altavoces. Esa canción la escuchamos mucho aquí, en Angola. Miro a mi madre y le veo lágrimas en los ojos. Debe haberle emocionado la letra de Silvio. La pobre. Se da la vuelta y desaparece en la cocina. Mi padre y mis hermanos me rodean y me miran tristes. Hace días que ya no lloran. Me observan callados en estas pesadillas que me persiguen a todas horas, pero ya no lloran y eso me hace sentir mejor.

Pregunto en qué día de la semana estamos. «Es domingo». Mi hermana fue la que respondió. Escucho cómo los niños ya juegan seguros en la calle. El ataque aéreo fue rechazado. ¡Hasta ha salido el sol…!, pero no se puede bajar la guardia. Eso es algo que te enseña la guerra.

Por la puerta entornada del salón se asoma Migdalia, la negra santera. Siempre viene a tomar café y a preguntar que cómo estoy. Ni que yo tuviese algún problema… La gente siempre cree que uno tiene problemas. Hace poco llegó con unas hierbas y me hizo un despojo con ellas y con perfume, mató un gallo y regó con su sangre unas cazuelitas de barro con tierra y cosas muy raras hechas con cocos. Rezó en lengua yoruba y dijo que yo iba a estar mejor. ¿Mejor de qué? ¡Si yo no tengo nada! Creo que está medio loca.

Les digo a todos que llegó la hora de hacer la ronda, la ronda larga, la que hago a diario con paso marcial delante de todo el mundo… Algunos inconscientes se ríen, casi siempre los que no me conocen. No tienen ni idea del peligro que nos acecha. No se han enterado bien de que tenemos un enemigo que nos vigila día y noche a noventa millas nada más.

Los vecinos ya no me observan con asombro. Más bien bajan la mirada. Por fin se han dado cuenta de que mi trabajo es muy necesario. Los viejos amigos, para no interrumpirme, se cambian de acera cuando voy desfilando en dirección contraria a ellos. Suelo llevarme la mano a la visera de la gorra cuando paso por su lado, así los hago sentirse tan importantes como yo, como buenos oficiales.

Salgo a la calle, ya no volveré hasta la noche… Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno…, dos…, tres…, cuatro.





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