¡Me alegra verles de vuelta y dispuestos a emprender este atípico viaje! Un camino que por la complejidad de sus sentidos, incertidumbres y certezas... dividiremos en diferentes momentos y destinos. Les adelanto que el de hoy será además del primero, el más lejano en tiempo y espacio; el más remoto y ancestral, el que conecte nuestro yo más pretérito con un vientre colectivo, llamado HUMANIDAD. ¿Estamos todos? ¡Bien! Pues cierren las puertas de este gran vagón y vayan ocupando con deseo sus asientos. No olviden tirar de la clavija de su realidad antes de acomodar plenamente su espalda. Unos la encontrarán arriba, otras abajo, a izquierda o derecha, en medio o debajo de aquella leja, donde guardan las facturas y un día que olvidar; sea cual fuere su punto de corriente, no olviden silenciarlo si dispuestos están a alzar este vuelo de titánico aleteo, completamente libres y dueños de un instante sólo nuestro. Una vez desconectados, liberen a su infancia y con ella, su mente más crédula y teatrera; la necesitarán para disfrutar del paisaje y de esta experiencia que a la vuelta, vivirá dormida en su equipaje o en la voz más niña de su alma. Por último y en pro de su mirada que es imán para mis letras, permitan que les pida un amable favor; dejen que su mano resbale hacia el costado de esa cómoda butaca, donde aguarda dormido el ovillo de un viejo pergamino. Si por caso no lo hallan, adulen ese lado con la yema de sus dedos, hasta dar con la ranura que a través del terciopelo abrí con picardía. ¿La notan? Si es así, tiren de su huésped y desplieguen sus contornos hasta ver esbozada su silueta.




