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Reseña "El color de la luz" de la escritora Marta Quintín


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12/08/2019


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Qué maravilla, cómo escribe Marta Quintín. Apabulla con el exquisito cuidado de un rico lenguaje en esta historia de personajes donde el desamor sobrepasa al amor y el arte se propone como precioso escenario de fondo.


  Una periodista presencia en Nueva York la impresionante puja de una obra del pintor Martín Pendragón. Una anciana abraza la imagen de su pieza tras ofrecer una indecente cantidad de dinero. La escena guarda todo un trastero de historias que la autora desgranará entre el pasado y el presente.

  La cazadora del cuadro es Blanca Luz Miranda que ha decidido contar qué pasó, quién es el autor del cuadro, cómo y de dónde llegó. Las vueltas que dará esa pintura representa el barco en el que navega al lado, y también por separado, de Martín Pendragón.

  El despiece de sus respectivas personalidades muestra un auténtico despliegue narrativo que permitirá conocer el tremendo talento de Marta Quintín. Esta es su segunda novela y sorprende su capacidad para voltear una y otra vez las etapas por las que Martín y Blanca Luz se enamoran y desenamoran.

  Curiosamente no existen grandes impedimentos externos para disfrutar de su relación. El problema es la incapacidad de compatibilizar los momentos existenciales de sus protagonistas donde se incluyen los del corazón. Ojo, que esta no es una novela romántica por mucho que desgrane los vaivenes del amor entre una pareja.

  Para desarrollar el periplo Marta Quintín se vale de las entrevistas y conversaciones entre periodista y anciana donde se retrocede al pasado. Martín, intentando buscarse como el artista que es y Blanca Luz, en su sufrida batalla interna del «quiero y no puedo».

  ¿Cuánto contribuye cada uno de ellos en no alcanzar el ansiado encuentro? Yo lo tengo claro. Quintín rentabiliza al máximo a su protagonista femenina, en ocasiones diría que en exceso (desquicia por su intensidad porque resulta ser su peor enemiga), construyendo a una persona caprichosa, contradictoria e insegura. Me imaginé decenas de veces zarandeándola de las solapas para que se aclarase de una vez. Aunque sus debates interiores sean digamos... superiores a ella, harta su toxicidad. El daño causado por sus actos y decisiones convierten más en rival que en amante, a su querido Martín.

  De nada vale el amor cuando los “contendientes” transitan por un extraño y doloroso juego donde se abrazan y se dan la espalda de manera intermitente. Pese a que la escritora maneja con eficacia los dobleces emocionales de este continuo “baile” es cierto que termina por hacerse largo el retorcimiento de sentimientos, casi una agonía en algunos momentos. Lo mismo que algunas descripciones a lo largo del relato. Pero insisto, tiene mucho mérito al estirar hasta límites insospechados los matices, aristas y detalles que algo tan maravilloso y duro como el amor puede dar de sí.

  Marta Quintín muestra un tremendo oficio con una prosa  trabajada que hace de algunos párrafos, auténticas obras de arte en miniatura. Lógicamente la novela requiere de una lectura pausada. Diría que en ocasiones necesita de un repaso inmediato para captar la fuerza de determinadas frases y deleitarse con gusto.

  Fuera del dúo de protagonistas destacaría varios aspectos interesantes de la novela:

–El importante peso de los secundarios: Chema, uno de los amigos de Martín y el padre de ella, Francisco, mentor del pintor en su juventud, son magníficos. El primero adorable y cabal; el segundo, entrañable y honesto hasta en las peores circunstancias.

–Los escenarios físicos e históricos de la novela, a su vez hogares transitorios del cuadro que obsesiona a Blanca Luz. Junto a Martín y a ella, el lector recorrerá etapas determinantes del siglo XX, como la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Pero lo que más me ha encandilado ha sido ese París de los años 20: la ciudad donde Martín se explorará en la pintura como oxígeno fundamental de su existencia. Pero dentro de ese ambiente me ha encantado viajar a La Ruche, conocido como La Colmena, donde comenzaron desde la nada artistas que luego se hicieron célebres gracias a una genial iniciativa del escultor Alfred Boucher.

–La constante dualidad que respira la obra: amor y desamor (incluido el odio), la esperanza y el miedo, la pobreza y la riqueza, la ilusión más absoluta y la caída en picado...

–El juego de luces que no solo está en cuadros y pintura, porque la autora hace del arte un símbolo de la vida misma: tan hermosa como horrenda cuando se pone a ello.

–Es muy interesante también la particular percepción que cada uno tiene del pasado. A través de la Blanca Luz anciana, confirmamos el espíritu fantasioso de su mente, especialista en llevar las cosas a su terreno.

  Es evidente que he disfrutado muchísimo con el descubrimiento de Marta Quintín, independientemente del contenido de esta novela, a pesar incluso de excesos, de un título que considero redundante si lo unimos al nombre de la protagonista (sí, sé que era difícil «poner» sin «mencionar»), incluso de una portada que veo bastante insulsa. Reconozco que esa imagen nunca hubiera captado mi atención pero afortunadamente esta lectura fue un préstamo que ahora considero regalo.

  Será el instinto que juzga solo y se arriesga a la pérdida de buenas lecturas. La habría tachado de «romanticona» con las primeras apariencias porque el cerebro y algún que otro pálpito, enjuicia demasiado rápido. Me equivoqué y es una suerte que cayera en mis manos. Espero ya una nueva novela de Marta Quintín ;)  





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