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"Poetas y Poesías" Rubén Darío


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27/04/2019


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Santander, 25 de julio de 1994. Amanece y yo contemplo el alba desde la ventana de mi dormitorio en el Palacio de la Magdalena. Soy una de las pocas privilegiadas que se alojan en este maravilloso enclave de la ciudad cántabra, ahora sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.


Hace ya un buen rato que me he levantado, atraída por el aroma del salitre, mezclado con la dulce fragancia de las hortensias que invaden los jardines del palacio. Me siento junto a la ventana y observo el mar, hoy de un azul intenso. Miro hacia la playa del Sardinero y acierto a ver a lo lejos como unas cuantas personas ya se están haciendo con un trocito de arena sobre la que esta noche encenderán hogueras y asarán sardinas para celebrar el Día Grande de la ciudad.

La imagen no puede ser más perfecta. Me siento bien, feliz, extrañamente emocionada. En ese instante, mis ojos se vuelven hacia la bolsa de tela donde cada mañana, tras el desayuno, guardo los libros que han viajado conmigo hasta aquí desde Alicante, para llevarlos hasta el aula donde se imparte el seminario en el que estoy matriculada. De ella asoma un pequeño libro de poemas del nicaragüense Rubén Darío. Alargo el brazo y lo cojo, para atraerlo hacia mí, junto a la ventana ya abierta, por la que se cuela la brisa fresca y húmeda de las primeras horas del día. Cantos de Vida y Esperanza. Me dispongo a abrirlo y escoger uno de los poemas que conforman la obra.

Pero antes, vuelvo de regreso con la mirada al mar y trato de imaginar la vida de Darío al otro lado del Atlántico, una vida plena, pero no exenta de sinsabores que, de un modo u otro, llevaron al poeta hasta la muerte, alcoholizado hasta el extremo de ser víctima de terribles alucinaciones. Un genio condenado por un mal que arrastró durante años.

Rubén Darío, nacido Rubén García Sarmiento en Metapa, Nicaragua, el 18 de enero de 1867, tomó el apellido “Darío” del sobrenombre con el que todo el mundo conocía a la familia de su padre, los “Daríos”, por un tatarabuelo de nombre Darío. Vivió en Nicaragua, donde falleció también en la localidad de León el 6 de febrero de 1916, pero la vida y sus inquietudes le llevaron a viajar y residir en distintos países de América Central, así como también en España, concretamente en Madrid, y en París.

La poesía de Darío está claramente influenciada por la poesía francesa, de la que logró adaptar el verso alejandrino francés a la métrica castellana, verso ya casi en desuso al que el poeta devolvió importancia y actualidad, convirtiéndose en distintivo de la poesía modernista. Pero por encima de todo, Rubén Darío admiraba a los simbolistas y en especial a Paul Verlaine.

Aunque no solo de la poesía gala se impregnó la de nuestro autor, también hay en ella mucho de autores españoles como Béquer. Los temas españoles están muy presentes en su obra, así ya en Prosas profanas (1896). La preocupación por la decadencia de España, tema común con los poetas de la Generación del 98, se deja sentir en su Letanía de nuestro señor Don Quijote, poema incluido en Cantos de vida y esperanza (1905), en el que se exalta el idealismo de Don Quijote.

Los tres libros fundamentales en la obra de Darío, reconocidos así por la crítica, son Azul… (1888), Prosas profanas y otros poemas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905). Pero antes de estos, el poeta ya había escrito otros tres libros e innumerables poemas sueltos, como Epístolas y poemas (1885), Rimas (1887) y Abrojos (1887), de métrica clásica y predominante tono romántico.

Con Azul…, Darío inauguraba el Modernismo hispanoamericano combinando relatos con poemas de una gran variedad métrica y temas como la insatisfacción ante la sociedad burguesa. En su segunda edición en 1890, el poeta aumentó la obra con nuevos textos, entre los que se hallaban sonetos alejandrinos.

Pero la plenitud del Modernismo y de su obra llega con Prosas profanas y otros poemas, en la que el erotismo, la preocupación por temas esotéricos y el exotismo se erigen como temas principales.

Cantos de vida y esperanza (1905) supone su obra más intimista, aunque sin renunciar a las bases del Modernismo. Aparece ahora su obra cívica, de la que son representativos El canto errante (1907), Canto a la Argentina y otros poemas (1914) y Poema del otoño y otros poemas (1910).

Para Darío, como para el resto de modernistas, la poesía era música y por ello se concedía una gran importancia al ritmo, para lo que recuperó versos en desuso con los que logró un sinfín de posibilidades rítmicas que enriquecieron nuestra lengua.

Y ahora, logro escapar de mis pensamientos allende los mares y regreso a la ventana, la que me trae la brisa del Cantábrico, por la que se cuelan las risas desde la playa, en cuyos cristales se arremolinan las gotas del rocío de la mañana, en suave mezcolanza con la sal del mar. Y abro el libro y escojo un poema, uno al azar, uno que por nombre lleva el del símbolo más característico de la poesía de Darío, el cisne, que simboliza unas veces la belleza y otras al propio poeta.

 

Los cisnes

A Juan R. Jiménez

¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello

al paso de los tristes y errantes soñadores?

¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,

tiránico a las aguas e impasible a las flores?

 

Yo te saludo ahora como en versos latinos

te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.

Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,

y en diferentes lenguas la misma canción.

 

A vosotros mi lengua no debe ser extraña.

A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez…

Soy un hijo de América, soy un nieto de España…

Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez…

 

Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas

den a las frentes pálidas sus caricias más puras

y alejen vuestras blancas figuras pintorescas

de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.

 

Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,

se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas,

casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,

y somos mendigos de nuestras pobres almas.

 

Nos predican la guerra con águilas feroces,

gerifaltes de antaño revienen a los puños,

mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,

ni hay Rodrigos, ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.

 

Faltos de los alientos que dan las grandes cosas,

¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?

A falta de laureles son muy dulces las rosas,

y a falta de victorias busquemos los halagos.

 

La América española como la España entera

fija está en el Oriente de su fatal destino;

yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera

con la interrogación de tu cuello divino.

 

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?

¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?

¿Callaremos ahora para llorar después?

 

He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros

que habéis sido los fieles en la desilusión,

mientras siento una fuga de americanos potros

y el estertor postrero de un caduco león…

 

…Y un Cisne negro dijo: «La noche anuncia el día».

Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal, la aurora

es inmortal!». ¡Oh, tierras de sol y armonía,

aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!















Etiquetas:   Poesía   ·   Periodismo   ·   Biografía   ·   Lectores   ·   Poeta

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