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"Literatura escrita por mujeres" la escritura Elena Fortún


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09/04/2019


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ELENA FORTÚN es el seudónimo usado por Encarnación Gertrudis Jacoba Aragoneses y de Urquijo, escritora española dedicada a la literatura infantil y juvenil. Nacida en Madrid en noviembre de 1886 era hija de Leocadio Aragoneses, alabardero de la Guardia Real, y de Manuela de Urquijo, una alavesa de poca salud pero con ínfulas de nobleza. Encarna, como la conocían en familia, fue hija única, una niña solitaria y enfermiza, sobreprotegida por su madre que no la dejaba jugar con los compañeros del colegio porque los consideraba inferiores en categoría social. De la infancia, sus momentos más felices fueron los vividos durante los veranos en casa de sus abuelos paternos en la villa segoviana de Abades, lugar al que siempre tuvo un especial cariño.


En 1904 muere su padre, al que estaba muy unida, dejando a la familia en una precaria situación económica. Es entonces cuando Encarna puede comprobar en primera persona el duro y cruel realismo que subyacía en lo que tantas veces le había repetido su madre, que, para una joven de dieciocho años, sin padre, sin dinero, que hubo de abandonar el colegio siendo todavía una niña, no quedaba más salida que el matrimonio.

Así, ese mismo año de 1904, cuando Encarna tenía dieciocho años recién cumplidos, apareció en su vida Eusebio de Gorbea Lemmi, un primo segundo, teniente de Infantería y aficionado a la escritura. Dos años más tarde se casaron. Tuvieron dos hijos: Luis, que vino al mundo en 1908, y Manuel, que nació en 1909, y al que familiarmente llamaban “Bolín”.

Al ser los hijos todavía de muy corta edad, el matrimonio se ve obligado a soportar frecuentes separaciones con los primeros destinos de Eusebio. Encarna permanece en Madrid en casa de su madre, desde donde llevaba a los niños a tomar el sol al parque de El Retiro, como tantas otras madres. Allí, era una ávida espectadora de las ocurrencias de los pequeñuelos, de sus juegos, de sus charlas, de sus risas, detalles ingenuos que ella iba anotando en unos cuadernos escolares. Es aquí donde germina su vocación de escritora, en estos cuadernillos escolares es donde se gesta Elena Fortún, si bien sus publicaciones se harán esperar aún unos años.

A finales de 1919, la familia se instaló en el número 19 de la calle Ponzano, en cuyo segundo piso vivía Santiago Regidor, un catedrático de dibujo y colaborador en la revista semanal Blanco y Negro, con el que la familia entabla una estrecha  amistad. Para entonces, Eusebio de Gorbea había escrito ya varias obras y, en las tertulias que organizaban en una u otra casa, Encarna comienza a conocer a ciertas figuras relevantes de la intelectualidad madrileña de la época.

Por estos años, Encarna conocerá a tres de sus grandes amigas, María Rodrigo, María Martos de Baeza y María Lejárraga de Martínez Sierra. Esta última fue quien animaría a Encarna a publicar el contenido de todos aquellos cuadernillos escritos en El Retiro.

En 1920, fallece prematuramente su hijo pequeño, que tan solo tenía 10 años. En 1922 su marido fue destinado a Tenerife y la familia le acompañó durante los dos años de estancia. Allí entabló una gran amistad que perduró hasta su muerte con Mercedes Hernández, esposa de Eduardo Díez del Corral, compañero de su marido. Esta familia inspiró a los personajes de Fortún. Allí publicó sus primeros artículos en el periódico La Prensa.

En 1924 los Gorbea Aragoneses vuelven a Madrid con una Encarna más vital que la que se marchó de la capital. Estudia braille para ayudar en la asociación «Mujeres amigas de los ciegos», se forma en biblioteconomía y en 1926 se une al recién creado Lyceum Club Femenino, que ofrecía actividades de todo tipo a mujeres de las clases media y alta. Encerrada en el baño para que no la viera su marido, que se lo tenía prohibidísimo, escribe colaboraciones para la prensa que se publicaran bajo varios seudónimos (publican sus trabajos Cosmópolis, Crónica, Estampa, Semana, Macaco, El Perro, El Ratóny el Gato…). No es una buena época para el matrimonio y Encarna llega a abandonar el domicilio conyugal dando una campanada en la buena sociedad madrileña.

Tras conocer a Torcuato Luca de Tena, y sin dejar de escribir para otros medios, empieza a colaborar con Blanco y Negro. El 24 de junio de 1928, en su sección Gente menuda publica, ya con el nombre de Elena Fortún, la primera historia de Celia, su personaje más famoso. El éxito no se hizo esperar y cada domingo podían leerse las aventuras de Celia en el suplemento de ABC. Al poco tiempo la editorial Aguilar se interesa y adquiere los derechos de publicación de los libros de esta niña que se convertirá en un clásico. En 1929 apareció Celia, lo que dice y antes de la Guerra Civil Española Elena Fortún publica otros cuatro libros de Celia, los de su hermano Cuchifritín, da a conocer a Matonkikí y algún libro más.

El inicio de la guerra interrumpe la publicación de sus libros pero no su actividad literaria. Eusebio, que ya si estaba retirado, pide la vuelta al servicio activo y es destinado a la Escuela de automovilismo de aviación de Barcelona. Luis, el hijo, recientemente casado estaba destinado en Albacete como inspector de ferrocarriles así que Elena se encuentra sola en Madrid y dedica sus esfuerzos a las familias de los combatientes. Publica el artículo Un albergue de niños en la escuela plurilingüe y más adelante Mujeres y niños retratando la vida y necesidades de las víctimas más inocentes de cualquier contienda.

En 1938 las dificultades económicas se hacen insalvables y para poder subsistir Elena Fortún ha de pedir por favor que la dejen escribir. La editorial Aguilar rápidamente le encarga más libros de Celia. Trabajando como corresponsal de Crónica viaja varias veces a Valencia y desde allí puede visitar a su hijo al que convence de que se marche a Barcelona. Gracias a sus influencias le consigue un destino en el Ministerio de Estado en la ciudad condal.

En 1939 termina Celia Madrecita y vuelve a Madrid para entregarlo personalmente. El asedio de la capital, la caída de Barcelona y los acontecimientos del final de la guerra la aíslan completamente. Mientras ella se queda en España su familia parte para el exilio; su marido por los Pirineos, a pie con sus hombres, y su hijo y su nuera hasta Suiza pasando por Perpiñán.

El 18 de marzo de 1939 Elena Fortún consigue seguir a su familia y embarca en el puerto de Valencia en un destartalado barco rumbo a Francia, aunque sus peripecias no acaban aquí. Una tormenta en alta mar desmantela el barco que no naufraga pero queda al garete. Tras varios días zarandeada en un barco sin control, al final es rescatada junto al resto del pasaje y llega a Italia desde donde consigue trasladarse a París y reencontrarse con su marido.

Debido a las convicciones de Eusebio, que permaneció fiel a la República, no podían volver a España y aunque los suegros de su hijo, una familia «bien» suiza, les ofrecen asilo ellos deciden marchar a las américas. Su hijo y su mujer a Nueva York y Elena y su marido a Buenos Aires a donde llegan en noviembre.

El primer trabajo remunerado que tiene Elena Fortún en Buenos Aires consiste en unas colaboraciones semanales en el diario Crítica, que trataban sobre los conquistadores y fundadores de América. Posteriormente, trabaja en el Registro Civil y el 10 de agosto de 1945 renuncia para trabajar en la Biblioteca Municipal, labor que compagina con la de contar cuentos a los niños de las otras bibliotecas. Tenía un sueldo digno. Eusebio no corrió la misma suerte y se convirtió en un mal pagado traductor de francés.

En 1948, convencidos de que el régimen franquista no podía achacarles nada, dejó a Eusebio en Argentina y volvió a Madrid para preparar el regreso definitivo del matrimonio; no le pusieron ninguna pega para ello. Cuando parecía que todo volvía a encarrilarse su marido se suicidó en Buenos Aires.

A partir de este momento se le pierde un poco la pista y aunque se sabe donde residió se desconoce lo que hacía. Tras su regreso vivió en Barcelona y en Madrid pero el país no era lo que recordaba y en noviembre de 1949 viajo a Nueva York para instalarse con su hijo. Pero la estancia junto a su hijo duraría tan solo seis meses. Desde las primeras semanas pudo comprobar fehacientemente que su presencia molestaba a su nuera, e incluso a su propio hijo, que estaba lleno de rencor y prejuicios hacia todo lo que le recordara a España; además, aquel abigarrado ambiente cosmopolita neoyorkino no estaba en consonancia con su estado de ánimo, bastante apesadumbrado a sus años.

Desde Nueva York, envía los dos capítulos que le faltaban para completar Celia se casa y comenzó la segunda parte de Mila y Piolín. Elena planea la vuelta a España como una liberación, pero esta vez no quiere regresar a Madrid, su ciudad. Madrid guarda para ella demasiados recuerdos, demasiado dolor. Se  instalará en Barcelona. Y, el 28 de mayo de 1950, después de un viaje agotador desde Estados Unidos, desembarca en Barcelona y se instala en el número 91 de la calle Roger de Lauria, en una habitación alquilada pero limpia y elegante, donde vuelve a sentirse libre.

Comienza a escribir Celia y Miguelín. Mientras, en Buenos Aires sale a la luz otra de sus creaciones, San Martín, niño. (La infancia imaginaria del libertador). Su situación económica mejora. Publica Los cuentos que Celia cuenta a las niñas y Los cuentos que Celia cuenta a los niños, ambos en 1950. Además, su libro, el que lamentablemente va a ser su último libro, Patita y Mila, estudiantes, publicado también ese año, resulta un éxito rotundo.

Pero su salud, afectada de hace un tiempo por una afección pulmonar, se resiente. Ingresa  en el sanatorio Puig D’Olena, en la provincia de Barcelona, donde tan solo logra alargar su aliento durante muy poco tiempo. Ya, en la última fase de su enfermedad, se traslada a Madrid, a su Madrid, a la Clínica de Santa Justa, donde fallece el 8 de mayo de 1952. Tenía 66 años. Su hijo no estuvo presente en el entierro.

La última obra inédita, publicada en 2016, es Oculto sendero en edición de Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga. En ella, de carácter autobiográfico, María Luisa Arroyo, la protagonista recrea la búsqueda de la comprensión de su sentirse diferente desde niña.​ Esta novela estaba entre los papeles que le dio la nuera de Fortún a Marisol Dorao. Es una de las dos novelas escritas a máquina con tinta morada y encuadernadas. Entre esos papeles estaba también en borrador y a lápiz Celia en la revolución.

Dos son los temas de esta novela que Fortún pidió a Inés Field que destruyera. Uno es la exploración de las relaciones entre homosexualidad y heterosexualidad, abordando su propio lesbianismo, una de las partes de su identidad que vivía como más problemáticas; el otro, la situación de la mujer creadora en las primeras décadas del siglo XX y su relación de autoría y emancipación. El libro está dividido en tres partes: Primavera, donde se narra la infancia de la protagonista; Verano, que abarca la juventud, noviazgo, matrimonio, maternidad y la muerte de la madre con la que comienza el Otoño, época de madurez y experiencia. Fortún firmó este libro con el seudónimo de Rosa María Castaño. Muchas mujeres están presentes en este libro que irán ayudando a la protagonista a conocerse a sí misma. Clave en este conocimiento es el diagnóstico médico al que acude por “el desequilibrio de su naturaleza”. Ella no estará de acuerdo con lo que le recomienda el médico: dejar de vestir esos trajes masculinos, pintar menos y dedicarse más a las labores tradicionales de su género.

El 17 de junio de 1957 se inauguró en Madrid, en el Parque del Oeste, un monolito de piedra, obra del escultor José Planes, por iniciativa de Círculo de Bellas Artes y sufragado por suscripción popular, dedicado a la memoria de Encarnación Aragoneses, más conocida como Elena Fortún.







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