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Saudade: Cuando cualquier tiempo pasado es mejor.


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18/02/2019


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Ser niño es un regalo. La infancia es la época más pura y blanca que experimentarás a lo largo de tu vida, la más inocente y creativa. La más fácil y a su vez, la más corta.


Todos hemos sido niños. Puede que en diferentes épocas, puede que de distintos modos, pero sin duda todos hemos sido más simples alguna vez.

Todos hemos sido más felices. Incluso cuando las cosas se complicaban, incluso cuando teníamos alguna dolencia o pesadillas con los monstruos de nuestros armarios y camas, todos éramos más felices. Vivíamos en nuestros mundos, pues dependiendo de los muñecos o cuadernos para pintar, de los dibujos animados o libros que leyesemos, viajábamos sin movernos de nuestro pupitre.

Nuestra imaginación era más fuerte que el miedo, nuestras ganas de explorar y conocer eran más grandes que las preocupaciones de perdernos.

Éramos figuras de arcilla que debían moldearse; debíamos aprender que querer también conllevaba odiar, que la bondad es un arma mucho más poderosa que cualquiera que pudiese matar y que aún así no te protegía del sufrimiento.

Debíamos aprender el bien y el mal, conocer al ángel y al demonio para luego crecer y darnos cuenta de que a veces es mejor ser amigo del diablo.

Debíamos aprender a tomar decisiones, aunque fuesen tan simples como elegir un color favorito; a respetar a aquellos que preferían las princesas en vez de los dragones o a marcar las horas para tener suficiente energía junto al Cola Cao de las mañanas. En resumen, debíamos aprender a relacionarnos con nuestro entorno, a desenvolver nuestras ideas y nuestro cuerpo en él.

Y a pesar de las reglas y las normas impuestas por adultos aburridos y ocupados, todo era más sencillo. Todo era más divertido y alegre.

No había etiquetas, no había ideologías u opiniones incorrectas. No había errores que corregir o actos que reparar. 

Pedir perdón realmente significaba algo y hacer amigos era tan fácil como compartir tu almuerzo en el recreo.

Sólo nos preocupaba si nuestros muñecos enfermaban o si llegaríamos a tiempo a casa para ver nuestro programa favorito. Si el columpio del parque iba a estar ocupado durante mucho tiempo o si nuestros rotuladores no serían capaces de pintar un día más.

En un abrir y cerrar de ojos crecíamos. Día tras día, sol tras sol, las cosas se complicaban. Menos amigos a tu lado, más libros que tragar, sentimientos más confusos.

Nuevos términos, nuevas normas y opiniones que esta vez sí podían estar equivocadas. Corazones rotos y desilusión, dolor interno sin huesos rotos.

Nuestra mente era nuestro peor enemigo, ya no podía imaginar más. Ya no éramos inocentes, habíamos mentido y hecho daño. Habíamos jugado sucio, nuestras bocas ya no se lavaban con jabón cada vez que alguna palabra se envenenaba porque nos parecía divertido.

Más libertad en la calle, sí, aunque menos libertad en nuestra cabeza. La ansiedad, la inseguridad y el miedo se habían convertido en viejos conocidos.

Pensábamos que éramos mejores que aquel que no seguía nuestros pasos, éramos ofensivos y provocadores. El niño de nuestro interior ya no existía, solo quedaba el recuerdo de lo que una vez fue un yo más joven y desconocido.

Es cuando un día, sin nada que hacer, sin nada que ver porque crees haberlo experimentando todo; sin ganas de conocer o explorar, la melancolía llama a tu puerta.

Tu ordenador o móvil, tu tablet acaban ardiendo y echando humo en un intento de volver a conectar con ese niño dormido.

Encuentras a lo amigos de tu infancia en Instagram, estudiando, fumando, bebiendo o con pareja. O simplemente, sin hacer nada, presumiendo de una vida que solo es perfecta a base de "me gustas" en una fotografía.

Encuentras los dibujos animados, los programas que te hacían sonreír y soñar; los muñecos que una vez cuidaste cuando tenían fiebre o abrazaste en una noche de miedo a la oscuridad.

Buscas dentro de ti ese sentimiento, esa luz y esperas oír un "click" en tu cabeza que te haga volver a esos mundos que una vez dejaste abandonados, pero no sucede.

La magia está escondida y no quiere que la encuentres, el niño te ha abandonado cansado de tanto esperar. Y entonces te preguntas cómo hemos llegado a esto. Cómo has llegado a esto.

Cómo tu hogar, todos los rincones de tu cuarto, todos los olores conocidos; todos tus muñecos y amigos, personajes ficticios favoritos se han convertido en un sentimiento tan débil y rápido como la nostalgia.

Es un sentimiento conocido, pues has crecido lo suficiente como para haber querido a alguien más allá de la amistad o la fraternidad. Tu corazón ha latido más fuerte por unos que por otros, por personas que ya no están aquí o simplemente viven a un océano de distancia.

La nostalgia no es una desconocida, ya no es un sentimiento bonito y delicado; no es un simple rayo de luz iluminado las motas flotando en tu cuarto o tus ojos distraídos mirando por la ventana a las cuatro de la tarde. Ya no es la canción que se reproducía una y otra vez en el coche, a las siete de la mañana, de camino a la playa en las vacaciones de verano.

Ya no son calles o velas sin soplar, ya no son cuentos para dormir o granos de arena de un parque. No son fotografías Polaroid incoloras o cajas de música con sonidos desafinados.

No son abrazos, no son abuelos o besos que te protegían de la luna por las noches. No son tu primera mascota o las Navidades frías llena de cabalgatas y luces.

Solo es un sentimiento tan ajeno y doloroso que llega a ser mudo, algo que puede reducirse a la mínima expresión: "saudade".

Solo es la impotencia de no poder volver, de no poder pulsar un botón que nos permita repetir todo aquello que una vez nos hizo ser mejores. Que nos permita querer de nuevo a alguien o disfrutar de algo por primera vez.

Porque cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque cueste admitirlo.











Etiquetas:   Psicología   ·   Infancia   ·   Amor   ·   Sentimientos   ·   Diccionario   ·   Palabras

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