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“DISCURSOS A LA NACION ALEMANA” de Fichte, el principal pilar del pensamiento contemporáneo alemán.


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05/02/2019


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Sobre el autor:


Johann Gottilieb Fichte (1762-1814) fue un filósofo alemán, considerado de gran importancia en la historia del pensamiento político occidental contemporáneo. Discípulo indirecto y continuador de la escuela de pensamiento/filosofía crítica de Kant, Fichte es considerado como el padre del pensamiento del socialismo alemán.                       

Fichte se opone, abiertamente, a la concepción inglesa del libre cambio, algo que lo considera ruinoso y perjudicial en el incipiente desarrollo económico de Alemania. El Estado racional integra una unidad económica dentro de límites geográficos naturales; debe sostener cada Estado con sus Estados vecinos las mínimas e indispensables condiciones políticas.

Las ambiciones y la rivalidad en el comercio constituyen la causa más importante como la guerra. Como Kant igualmente, piensa que en último término, en el ideal de una federación cosmopolita en la que cada pueblo aporte su cultura peculiar para que se difunda abiertamente.

            Muere en 1814 a los 51 años de edad a causa del tifus.

       I.            La situación de Alemania: lo que motivó a escribir su obra

La obra está escrita durante el periodo de 1806 y 1807. Previo a esos años, durante el 1805, se acababa de obtener del gobierno prusiano por parte las tropas napoleónicas una plaza en Erlagen. Esto fue lo que suscitó la guerra entre Napoleón y Prusia. En este contexto, Fichte siendo profesor en Erlagen renuncia a su cátedra y decide exiliarse a Koeningsberg.. El prestigio militar y personal de Napoleón había barrido en muchos vencidos el orgullo nacional. Se debía devolver el patriotismo a la nación alemana. Un patriotismo que se conforma de un amor verdadero alimentado por la razón. Un ejemplo del pensamiento de Fichte sobre esta situación en sus Discursos… es aquel que dictó el domingo 13 de diciembre de 1807, un año y dos meses después del desastre de Jena, en el gran anfiteatro de la Academia de Berlín:

                    “La perdida de la independencia entraña para una nación la imposibilidad de intervenir en el curso del tiempo y de determinar a su guisa sus acontecimientos. En tanto que no haya salido de esta situación, no será ella la que disponga de su tiempo ni de sí misma; será la potencia extranjera dueña de sus destinos; ella no tendrá ya, a partir de este momento, verdadera historia personal… No saldrá de este estado más que con la condición expresa de ver nacer un mundo nuevo, cuya creación marcaria para ella el origen de una nueva época, de una época personal, que ella llenaría con su particular desenvolvimiento. Pero, puesto que la nación en cuestión está sometida a una potencia extranjera, ese mundo nuevo debería se tal que quedarse ignorado de esta potencia y no excitase en modo alguna su envidia”.

1.      Los temas de su obra:

a.      La educación.

El mundo nuevo anunciado por Fichte al comienzo de su primer Discurso (como se lee más arriba), es un mundo nuevo del cual vendría la salvación de la nación alemana, y debía nacer por la transformación absoluta del sistema de educación hasta entonces en vigor. Dice Fichte al respecto:

“Nosotros lo hemos perdido todo, pero nos queda la educación”.

La educación antigua no ha guiado al niño más que por la esperanza o el temor de los resultados material. En otras palabras: nunca ha sido, ni podía ser, el arte de formar hombres. Tanto menos cuanto que no era nada más que a una ínfima minoría, que por ello mismo se las llamaba -las clases cultivadas-.

La educación nueva, por el contrario, se dirigirá a la gran mayoría. Hacia el pueblo. Pero será una educación no popular, sino nacional. Ella (la educación) hará de la cultura no un bien cualquiera exterior al hombre, sino un elemento constitutivo fundamental para el hombre mismo. Desarrollará verdaderamente en el alumno la actividad del espíritu creador al mismo tiempo por lo demás que las aptitudes corporales y la destreza en los trabajos manuales. Crear una voluntad en la que se podrá fiar con toda tranquilidad. Esta educación le comunicará al hombre alemán el verdadero sentido religioso enseñándole a considerar y a respetar su propia vida y cualquier otra vida espiritual como un anillo eterno en la cadena de la revelación de la vida divina.

Pero tales resultados exigen ciertas condiciones. La más necesaria es que los niños formen una comunidad aparte, autónoma, sin contacto con la sociedad de los adultos corrompidos por el egoísmo. Sus maestros deberán vivir con ellos pero sus padres cuidadosamente separados de ellos. Los dos sexos son educados juntos. En el seno de esta comunidad reducida y celosamente aislada es donde los niños pueden ser transformados en hombres, en los que se habrá grabado automáticamente la imagen del orden social comunitario.

¿Quién será pues sino el Estado mismo el que puede poner en práctica semejante nuevo plan de educación activa? Ningún otro. El Estado será el responsable de que ello pase, porque los padres resistirán y será menester ejercer coacción, al menos para educar la primera generación; después habiendo dado ya la educación nueva sus primeros frutos, no habrá más resistencia. El Estado será igualmente quien realice esta tarea porque harán fala inmensos recursos para hacer frente a inmensos gastos. ¿Puede haber una inversión tan ventajosa? Sí. El Estado ganará con ella generaciones formadas en el amor a la colectividad, al trabajo, a la disciplina moral; recuperara sus gastos primero centuplicados. La nueva educación será única para el hombre alemán, y lo será por un carácter fundamental.

b.      El lenguaje.

El hombre alemán, habiendo permanecido en la primitiva residencia de las tribus germánicos que conquistaron la Europa romanizada, pudo conservar su lengua (o su lenguaje). Su lengua, dice Fichte, es algo primario, primitivo y personal. Según sus palabras al respecto, lo explica de esta forma:

“Desde el primer sonido emitido no cesó nunca de originarse en la verdadera vida común sin admitir un elemento cualquier que no fuese la expresión de una idea personal del pueblo y muy armoniosamente coordinada con todas las demás ideas de la nación”.

            Por el contrario, las otras tribus germánicas (en Francia, Italia y España por ejemplo), adoptaron lenguas nuevas de origen latino, que sin duda se modificaron poco a poco a su manera, pero que no por ello dejaron de ser algo extraño. Estas lenguas neolatinas no viven más que en la superficie; en el fondo están muertas. Los pueblos que las hablan no tienen lengua materna. Toda la diferencia entre el alemán y los demás reside pues en esta oposición: la vida en una parte; la muerte de la otra. No se trata de comparar el valor intrínseco de la lengua alemana y el de las demás lenguas, sino la vida y la muerte. ¿Es posible esta comparación? Fichte lo explica de esta manera:

“La primera (la viva) siempre permanece por sobre la segunda (la muerta)”.

            El hombre alemán por el solo hecho de hablar una lengua verdaderamente viva, se encuentra en mejor disposición para comprender el latín, lengua muerta pero lengua madre, que el neolatino, aprisionado en su lengua sin raíces. Y poseyendo el latín más a fondo, debe por ello mismo poseer una mejor lengua neolatina que el mismo que la habla. Dice Fichte al respecto:

“Por consiguiente, el alemán, por poco partido que sepa sacar de todas estas ventajas, dominará siempre al extranjero y lo comprenderá perfectamente, mejor que el extranjero se comprende a sí mismo”.

Conclusión:

          Del mismo modo que cada individuo debe cumplir un papel determinado dentro de la organización política, Fichte también piensa que cada nación contribuye con su genio peculiar al progreso de la civilización. En la falta de conciencia política en el pueblo encuentra Fichte la causa de la debilidad de Prusia en la lucha contra Napoleón. Habrá que excitar al patriotismo de sus conciudadanos y sustentar el ideal de la unidad germánica señalando como un deber de Alemania la reconquista de su existencia nacional, con el fin de lograr un puesto preeminente en la dirección del mundo. Para alcanzar este fin, el autor reclama del Estado el establecimiento de un sistema de moral y de educación intelectual que será aquello que salve a las futuras generaciones.

 

Bibliografía general utilizada:

·         Gettel, Raymond. “El pensamiento político ético- idealista”, en “Historia de las Ideas políticas II”. Barcelona- Buenos Aires. Editorial Labor, S.A. 1930.

·         Chevallier, C. “Los Discursos a la Nación alemana, de Fichte”, en: Strauss,  L. y Cropsey, J. (comps.), Historia de la filosofía política, F.C.E., México, 1993.



Etiquetas:   Educación   ·   Lenguaje   ·   Política   ·   Filosofía   ·   Discursos   ·   Nacionalismo   ·   Alemania

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