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Cuento “Cadáveres anónimos” de Rodrigo Alberto Montera


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28/01/2019


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Para ahorrarse las balas simplemente nos van a pasar un camión encima.


La celda tiene una rendija en la pared que da a la calle, y por ella se desliza la luz de un farol, lo que nos permite vernos entre nosotros. Somos tres, y aunque no hablamos el mismo idioma, nos hermana la muerte. No sé por qué nos dijeron lo del camión, hubiera preferido enterarme momentos antes y no con una noche de antelación. Seguro que mis compañeros piensan lo mismo. Uno de ellos no para de murmurar plegarias y el otro tiene un lago amarillento debajo de las piernas.

Pienso en el camión: imagino sus dimensiones, lo oxidado de algunas de sus partes, escucho el claxon, su bramido torpe y mortal. ¿A cuántos más habrán matado así? Qué mierda que ni siquiera valgamos una bala en la sien. Y qué mierda que tampoco nos conozcamos, que ni siquiera compartamos un poco de compasión por los cadáveres que seremos.

En un momento de distracción, me miro los dedos de las manos y me doy cuenta de que mis uñas están demasiado largas. Debería cortármelas, pienso y me río: qué absurdo que lo último en lo que medite sea en eso, pero es preferible a la imagen de mi cabeza reventándose contra una llanta. Podría mordérmelas…, pero siempre he desconfiado de la gente que lo hace, quizás si las froto contra el cemento pueda limarlas hasta dejarlas, si no cortas, sí decentes.

Comienzo con la mano derecha, muevo los dedos de arriba a abajo tal y como si estuviera acariciando a un gato, solo que con mayor fuerza.

Después de unos minutos siento mucho ardor, miro las yemas de mis dedos y mis huellas digitales han desaparecido… no me di cuenta en qué momento dejé de frotar con las uñas y lo hice con mis dedos.

Miro por la rendija: todavía falta para que amanezca y para que nos recuesten sobre una carretera. ¿Será posible borrar las líneas de mi mano? Extiendo los dedos, apoyo y rozo mis palmas contra la parte más áspera del cemento. El hombre que tiene un charco de orina me observa detenidamente y por ociosidad, supongo, imita mis acciones.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude borrar por completo las líneas de mi mano, en un principio fue difícil notarlo porque mis palmas estaban completamente enrojecidas. Experimenté una sensación de triunfo. El hombre de la orina se levantó y se alejó de su laguna para rasparse contra una parte seca del pavimento. El tercer hombre advirtió lo que estábamos haciendo.

Me miré las palmas largo tiempo y me di cuenta de que aquellas manos limpias no me pertenecían y, si tenían algún dueño, sin duda sería la guerra. La guerra que declararon hombres cobardes y sentenciosos, y que al final con sus acciones solo nos engendran a nosotros: los cadáveres anónimos. A estas alturas, a un paso de la muerte, yo no recordaba mi nombre y si recordaba a mi familia, sus recuerdos quedaban devastados por el estallido de una bomba. Yo ya no merecía un rostro.

Me hinqué y con suavidad apoyé mi mejilla derecha contra el suelo, y con un ritmo ceremonioso comencé, de arriba a abajo, a deshacerme de mi rostro. Primero las mejillas, luego la nariz, y hasta el final los ojos: al hacer contacto mi pupila contra el cemento me corrió un escalofrío por la espalda. Mis ojos reventaron apenas los froté tres veces contra el piso.

Al amanecer, cuando los soldados abrieron la celda, listos para conducirnos a nuestra sentencia, yo ya no tenía rostro. Lo único que me quedaba era el sentido del oído. Mientras me levantaban, pude escuchar a mis compañeros apresurarse para completar su anonimato ante la muerte.







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