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La casa rosada-el dolor embellece el horror


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27/01/2019


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La casa rosada (Perú/2017) Dirección: Palito Ortega. Duración: 120 minutos


Imagina que una tarde vas al cine. Has elegido la película, casi al azar, y te dispones a verla sin saber que estás a punto de recibir una memorable bofetada sentimental por parte de la cinta. Dos horas después, cuando los créditos finales aparecen sobre la pantalla, disimuladamente- aunque sin éxito- tratas de limpiar las lágrimas que surcan tu rostro. Tratas de limpiarlas y de poner en orden tus recuerdos tras el cataclismo emocional que ha significado esta obra póstuma del director ayacuchano Palito Ortega. Han sido 120 minutos en donde el horror ha renacido en cada fragmento del metraje; en donde las lágrimas no solo han sido tuyas sino también del Perú; un país que hasta ahora no ha terminado de cicatrizar las heridas de aquella era del terror que tuvo una fecha de inicio-1980- y que, mientras persistamos en los errores de siempre, no tendrá final jamás.

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Imaginas que sales a la calle con tu pequeño hijo, que conduces por las pequeñas calles de tu ciudad tomada y colapsada por esa guerra incruenta en la que no hubo vencedores ni vencidos, en la que miles de peruanos tomaron las armas, matándose entre sí, sin saber siquiera porque lo hacían mientras que los poderosos de siempre seguían gozando de sus eternos privilegios, de su ceguera, de su eterna mediocridad.  Imagina que conduces tu viejo coche y en la radio suenan melancólicos huaynos que, de un momento a otro, son interrumpidos por guerrilleros que tomaron la emisora para lanzar sus proclamas. Imagina que escuchas esas arengas porque no hay más que escuchar, porque los casetes los olvidaste en casa y que, a pocos minutos, te paren los militares para un control de rutina y te detengan porque están aburridos, porque no entienden contra quien pelean, porque detestan estar jugándose la vida a cada minuto en aquellos parajes mientras que los oficiales  continúan  colgándose medallas del saco y engordando del esfuerzo ajeno. Te detienen porque no hay razón, porque la radio de tu auto sigue transmitiendo las arengas guerrilleras y les das el pretexto perfecto. Sin saberlo empieza la pesadilla: largas horas en calabozos, torturas inhumanas, interrogatorios humillantes que quieren arrancarte confesiones que no existen porque no sabes nada, porque no perteneces a ningún grupo terrorista y solo eres un simple profesor que quiere vivir en paz, que debe velar por sus menores hijos y con la pena de una reciente viudez. Desapareces de casa y tus dos pequeños hijos no renuncian a ti sino que emprenden tu búsqueda.  Poco es lo que pueden hacer pero tanto esfuerzo tiene sus frutos cuando hallan tu cuerpo- casi inerte- en un descampado en donde la tropa arrojaba a los muertos.

No lograron matarte. Sigues respirando e imaginas un futuro diferente. Por eso renuncias a tu tierra y decides escapar a la capital con los niños.  No tienes idea de lo que será de ustedes pero sabes que, en una situación así, es preferible seguir cualquier cosa a seguir en ese infierno. No soportas más tu fragilidad emocional, el miedo que te produce la calle. No le tienes apego a la vida sino por tus pequeños. No lograron matarte, no desfalleciste solo por el recuerdo de ellos, porque no querías dejarlos solos en medio de esa guerra que nadie entendía. Preparan las cosas y suben al bus que los alejara-¡Quien sabe por cuánto tiempo!- de su querido Ayacucho. Un último coqueteo con la fatalidad: una nueva revisión policial y el cuerpo se te escarapela, las imágenes del dolor, de la tortura, de la impunidad vuelven a lastimarte el estómago. Estas a unos de segundos de regresar a la “Casa Rosada” pero un providencial encuentro, con alguien del pasado, permite que, por una vez, escapes del terror y vuelvas con tus pequeños al bus que los llevará hacia otro destino, hacia un mejor amanecer. No importa que pasen los años, que tus hijos ya estén adultos y que solo esperes, con resignación, el momento de partir, el momento de reencontrarte con tu esposa, con tu tierra. Solo deseas regresar a tu tierra, Ayacucho, y morir allí, sin rencores, sin desprecio. Solo quieres eso, nada más.

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Eres un espectador más de la sala. Dolorido por lo que acabas de presenciar, por esa historia que ha estado en la retina de los peruanos desde hace más de treinta años. Una historia que duele porque sabemos que no debió ocurrir, que algo anduvo mal para que la insanía terrorista se esparciera como un cáncer por nuestro débil país. Has presenciado una obra de arte, una cinta dolorosa e incómoda pero necesaria en tiempos en los que la amnesia general parece ser una regla; una película testimonial que recoge la voz de quien padeció el horror de estar entre dos fuegos; de quien, sin quererlo, se vio involucrado en un conflicto que no entendía y que denuncia el horror del que fue víctima directa y sataniza- con toda razón-al verdugo: el ejército. No obstante, olvida que el horror no SOLO vino de allí y trata con manos de seda al otro lado, a Sendero Luminoso, el grupo que desató el terror desde 1980. Sin embargo, pese a este detalle, la película es magnífica, es una pequeña obra de arte que cuenta aquello que queremos olvidar, que muestra como nuestra indiferencia también contribuyó a que el cáncer terrorista se esparciera. En los minutos de la cinta vemos como Ayacucho se desangra ante la indiferencia del país, ante la ceguera del gobierno de turno que no tuvo mejor contrataque  que combatir violencia con más violencia: enviando a la agreste sierra peruana a tropas mal preparadas, alimentadas, formadas. Se suele criticar con mucha virulencia-y tal vez con toda razón-los escabrosos abusos cometidos por el ejército y se suele olvidar al que dio la orden para que eso sucediera, a quien les dio carta libre a los inefables oficiales y soldados para que hicieran lo que quisieran. El gobierno de aquella época, con frecuencia, es loado por sus méritos democráticos, por su decencia pero nadie recuerda la torpeza con la que abordó el naciente problema que iba a convertirse en una de las páginas más tristes de nuestra historia. Películas como esta son necesarias para que aprendamos de nuestros errores, para que la indiferencia no vuelva a dañar, jamás, a nuestros hermanos más desvalidos. Esta cinta es dolorosamente bella, es una muestra que una mano diestra puede lograr momentos estremecedores pero valiosos; porque el dolor también es una forma suprema de la belleza, porque nuestro país merece  dejar de sangrar, de autodestruirse por nuestro egoísmo, por nuestra indiferencia, por nuestra apatía. Es una película que hace derramar lágrimas de impotencia, de vergüenza, de rabia por saber que, a pesar de todo lo que pasó, hay dinosaurios que persisten en el error y siguen-como antaño- envenenando  a los jóvenes con ideas trasnochadas que lo único que trajeron al mundo fue dolor, terror, horror.

 



Etiquetas:   Cine

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