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Relato Breve "La maleta" de Lilia García Chiavassa


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08/01/2019


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Entonces… el anciano comenzó a hablar con lentitud, sujetándome del brazo con su mano ardiente para asegurarse que alguien iba a conocer su historia.


“Un día cualquiera, de esos que se suceden sin dejar rastro en una vida, como una nube más arrastrada por el viento, al llegar a casa sucedió algo que rompería con esa monotonía que aletarga los sentidos.

En un rincón del porche y detrás del helecho que le daba cierto frescor vital a la casona, descubrí una extraña maleta.

-¿Y esto? ¿De quién es esta maleta? ¿Por qué está aquí? ¿Qué significa? ¿Tengo visitas?

Las preguntas se agolpaban en mi mente pugnando por conseguir respuestas rápidas y convincentes. Por si acaso, toqué el timbre de mi propia casa, aun sabiendo que sería del todo improbable que alguien contestara. Luego de comprobar que nada más había cambiado en el entorno, me acerqué a la misteriosa maleta.

Decidí llevarla adentro, al abrigo de las indiscretas miradas de los vecinos. Con un exceso de celo, cerré las cortinas y puse la maleta sobre la mesa del salón.

No pesaba demasiado. A medida que la observaba, mi corazón, desapacible, comenzaba a quejarse. Parecía que dentro de él se iban cayendo capas de emociones y recuerdos fosilizados. Esa maleta removía mi interior como si de alguna manera estuviese relacionada con mi vida. Aun así, estaba seguro que jamás la había visto.

Sujetando la ansiedad, con lentitud y delicadeza, abrí la cremallera que estaba bastante herrumbrosa. Temía y a la vez deseaba, de una vez por todas, encontrar respuestas. Cuando al fin levanté la tapa, un olor a humedad y pasado se desprendió de su interior. Di un respingo involuntario y entrecerré los ojos. El viejo cuero marrón y los oxidados herrajes de bronce habían manchado las prendas que allí se encontraban.

Un traje gris oscuro de mujer talla 38 con una etiqueta de los antiguos almacenes Peyré. ¡Cuántos años hace que cerraron! ¡Juraría que fue antes de los ´70! Una blusa blanca con encaje en el cuello y en los puños que amarilleaba de puro ostracismo. Ropa interior femenina de seda, a punto de deshacerse entre los dedos. Dos pares de zapatos negros con tacón de aguja que nunca habían sido estrenados. Un pañuelo estampado, de aquel estilo que usaban las señoras en la década del 50 para cubrir sus cabezas del viento.

A medida que inspeccionaba el contenido de la maleta me sentía como un intruso que espiaba por una rendija la intimidad de alguien cercano pero prohibido. Sin embargo una marea incontenible de certezas se abalanzaba sobre mí y ahogaba mis vanos intentos de ignorarla. Aunque jamás había visto a ninguna mujer con esas prendas yo sabía que eran de ella… de Josefina, mi mujer.

Continué sacando uno a uno los objetos de esa maleta, que lenta aunque de modo inexorable, iría dejando caer velo tras velo su envoltorio de misterio. Allí había casi todo lo que se puede necesitar en un viaje de muy pocos días: un cepillo para el cabello, otro para los dientes y demás artículos de higiene en un primoroso neceser. Todo muy antiguo, pero sin dudas jamás había sido utilizado.

Una vez estuvo la maleta vacía, recorrí su interior registrando los bolsillos hasta que conseguí palpar algo que parecía ser una pequeña libreta que estaba oculta entre unos pliegues disimulados con intencionada habilidad. Cuando al fin logré sacarla de allí, descubrí que era un pasaporte. Al abrirlo y ver la foto, mi corazón se empeñó en dar saltos entre mi pecho y mi garganta, el aire se negaba a entrar a mis pulmones y una nubes negras se instalaban ante mis ojos con intención de quedarse allí para siempre.

¡Era su foto! ¡Josefina! Tal cual como la recordaba a pesar de que el tiempo y el dolor habían hecho su trabajo, diluyendo en mi mente la intensidad de sus ojos de oscura noche o ese rictus enigmático que a menudo acompañaba a sus sonrisas, ¡tan poco frecuentes!

Cuando a duras penas conseguí leer los datos del pasaporte, mi estupor rompió todos los límites que podían contenerlo. Mercedes Moreira Giménez, nacida el 21 de febrero de 1920 en Burgos. Domicilio: c/Pintor Lorenzo Casanova, 25. Alicante. Expedido el 11 de setiembre de 1953 en Madrid. ¡Exactamente un mes antes de su muerte! Altura 157 cm, ojos negros. Estos dos últimos datos eran los únicos que se correspondían con la verdadera Josefina.

Poco a poco, algunos enigmas que me atormentaban desde hacía casi cuatro décadas comenzaron a tambalearse dando paso a una fuerza incontenible, portadora de una luz que amenazaba con cegarme. Nunca, jamás había comprendido la razón que la impulsó a dejar que su vida se diluyera en las aguas jabonosas de su bañera, tiñéndolas de un rojo desvaído y mortal que haría que desde entonces detestara ese maldito color.

La estridencia del timbre me devolvió al presente como si me hubiese despertado de una pesadilla. La señora Lourdes me dijo:

_ Disculpe Don Mateo, veo que ha encontrado la maleta… Quería darle el recado yo misma pero no he podido venir antes.

_ ¿Qué recado? ¿Sabe Ud. quién ha dejado esa maleta?

_ ¡Oh!, si, si… Esta mañana, una señora bastante mayor, ha llegado en un taxi y al bajarse se ha quedado mucho tiempo de pie, inmóvil, mirando hacia su casa, mientras el taxi la esperaba. Yo estaba regando el jardín cuando la he visto. Me pareció un poco raro… porque ella no se movía, solo miraba hacia su casa. Entonces, me acerqué y le pregunté si se encontraba bien.

_ ¿Le dijo quién era?

_ Al principio no me dijo nada, parecía muy nerviosa. Yo insistí en saber si se encontraba bien. Ella parecía no oírme. Luego de un rato me preguntó si Ud. vivía aquí todavía. Cuando le dije que sí… ¿Hice bien Don Mateo? Perdone, pero me pilló de sorpresa, no lo pensé…

_ No se preocupe Lourdes, no tenía por qué decirle otra cosa. Añadí, ansioso, suplicando por dentro que terminara ya de contarme lo que había sucedido.

_ Como le decía… Don Mateo, cuando le dije que sí, que Ud. vivía aquí, se fue al taxi y le pidió al chofer que sacara la maleta. El hombre la trajo y la dejó allí mismo donde Ud. la encontró.

_ ¿Y qué pasó después? ¿Me dejó algún mensaje?

_ Claro, claro… dijo que le dijese a Ud. que Beatriz Rocamora, viuda de Alfonso Peñalver o… ¿Penalva? ¡Ay! Perdone, Don Mateo, no estoy segura…

_ Si, Alfonso Peñalver…

_ ¿Lo conoce?

_ Si, si, lo conocía, pero ¿qué más le dijo?

_ Que al mudarse hace un año tras la muerte de su esposo, había encontrado esa maleta en el desván y que le pertenecía a Ud.

_ ¿Y nada más?

_ No, nada más. Después se subió al taxi y se marchó.

_ Muchas gracias Lourdes.

En un intento por recuperar la calma, le pregunté:

_ ¿Su marido, cómo se encuentra? Y sin escuchar su respuesta le dije:

_ Mis saludos. Muchas gracias Lourdes.

La vecina se retiró, pero estoy seguro de que algo de todo lo sucedido no le cerraba por completo. Además, el aspecto de mi rostro no debió haber sido muy tranquilizador. Regresé al sillón y me abandoné delante de la maleta.

El salón se oscureció por completo.

Los pensamientos rebotaban en mi cabeza como gotas de lluvias estrellándose contra el pavimento. Durante treinta y ocho años se había formado una masa de niebla compacta e impenetrable, ocultándome todos los indicios que, recién entonces, comenzaban a emerger con extraña claridad. La luz de las farolas, que apenas conseguía atravesar las cortinas, se concentraba sobre la maleta y parecía ayudar a destruir esa masa de niebla.

¡Alfonso Peñalver, el director del banco! Esa larga, burocrática y tediosa tramitación de la hipoteca de la que Josefina se ocupaba con una paciencia inusual en ella.

Otra vez el sol abalanzándose sin piedad dentro del salón.

Esas cenas en casa de Peñalver que me resultaban un tanto forzadas, como si fuesen requisitos implícitos para conseguir la financiación… ¿Cuántas miradas cómplices y lascivas habrán volado por encima de la elegante mesa puesta por Beatriz? En mi boca un regusto amargo, pastoso… resabio de masticar recuerdos lejanos y detalles insignificantes que ahora iban encajando con implacable contundencia.

Él había mencionado que debía preparase para un viaje a la casa central en Madrid, donde dictaban un curso para los directores de zona. Me sorprendía recordar girones de conversaciones que al día siguiente, delante de Josefina sumergida en esas odiosas aguas rojas, habían perdido cualquier interés.

La luna llena daba un matiz diferente a la maleta.

La ausencia de Peñalver en el sepelio excusada por su atenta y conmovida esposa…

La rápida concesión de la hipoteca para comprar esta casa que de inmediato se convirtió en una jaula vacía que albergaba mi desesperación y soledad.

Al fin, recordé que Peñalver y su mujer se habían presentado con su bebé en la misa del primer aniversario de la muerte de Josefina. Beatriz comentaba orgullosa: _“Tiene cuatro meses, ¡Ya le ha salido el primer diente!

Una mañana lluviosa se esforzaba por convertir en acero todo a mí alrededor.

Luché con denuedo, por mero instinto de supervivencia, para elevarme desde aquel pozo hollado por mi cuerpo y mi alma en el viejo sillón. Mis huesos y mi carne reclamaban con ferocidad la atención de mi mente, extraviada en ese banco de niebla que, con lentitud, había cedido ante la crudeza de la revelación portada por la maleta.

Conseguí abrir la puerta y salir a la calle. La lluvia se transformó en mi segunda piel.”

Cuando el viejo Mateo terminó de contarme su historia, lanzó un largo y sombrío suspiro. Luego, cerró sus ojos cansados, para ya nunca más abrirlos.







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