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"Literatura escrita por mujeres" la escritora Catalina de Erauso


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09/08/2018


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Nací yo, doña Catalina de Erauso, en la villa de San Sebastián, de Guipúzcoa, en el año de 1585, hija del capitán don Miguel de Erauso y de doña María Pérez de Galarraga y Arce, naturales y vecinos de aquella villa. Criáronme mis padres en su casa, con otros mis hermanos, hasta tener cuatro años. En 1589 me entraron en el convento de San Sebastián el Antiguo, de dicha villa, que es de monjas dominicas, con mi tía doña Úrsula de Unzá y Sarasti, prima hermana de mi madre y priora de aquel convento, en donde me crié hasta tener quince años, en que se trató de mi profesión.


Estando en el año de noviciado, ya cerca del fin, me ocurrió una reyerta con una monja profesa llamada doña Catalina de Aliri que, siendo viuda, entró y profesó. Era ella robusta y yo muchacha; me maltrató de mano y yo lo sentí. A la noche del 18 de marzo de 1600, víspera de San José, levantose el convento a media noche a maitines. Entré en el coro y hallé allí arrodillada a mi tía, la cual me llamó, y dándome la llave de su celda, me mandó traerle el breviario. Yo fui por él. Abrí y lo tomé, y viendo en un clavo colgadas las llaves del convento, dejeme la celda abierta y volvile a mi tía su llave y el breviario.

Estando ya las monjas en el coro y comenzados los maitines con solemnidad, a la primera lección llegué a mi tía y le pedí licencia, porque estaba mala. Mi tía, tocándome con la mano en la cabeza, me dijo: «Anda, acuéstate». Salí del coro, tomé una luz y fuime a la celda de mi tía; tomé allí unas tijeras, hilo y una aguja; tomé unos reales de a ocho que allí estaban, y tomé las llaves del convento y me salí. Fui abriendo puertas y emparejándolas, y en la última dejé mi escapulario y me salí a la calle, que nunca había visto, sin saber por dónde echar ni adónde ir. Tiré no sé por dónde, y fui a dar en un castañar que está fuera y cerca de la espalda del convento.

Allí acogime y estuve tres días trazando, acomodando y cortando de vestir. Híceme, de una basquiña de paño azul con que me hallaba, unos calzones, y de un faldellín verde de perpetuán que traía debajo, una ropilla y polainas; el hábito me lo dejé por allí, por no saber qué hacer con él. Corteme el pelo, que tiré y a la tercera noche, deseando alejarme, partí no sé por dónde, calando caminos y pasando lugares, hasta venir a dar en Vitoria, que dista de San Sebastián cerca de veinte leguas, a pie, cansada y sin haber comido más que hierbas que topaba por el camino.

Historia de la monja alférez de Catalina de Erauso

“Literatura escrita por mujeres” por Mariángeles Salas.

Catalina de Erauso nace en el año 1585 en San Sebastián (Guipúzcoa). Su padre era el capitán Miguel de Erauso, comandante de Guipúzcoa a las órdenes de Felipe III; era una familia acomodada.

Catalina desde su tierna infancia jugaba junto a sus hermanos y su padre al juego de la guerra. Era poco agraciada, no tenía formas femeninas y era una mujer alta para su época. Con solamente cuatro años es recluida en el convento dominico de la ciudad junto a sus hermanas Jacinta, Isabel y María Juana.

El ingreso desde muy joven en un convento era una práctica habitual en esa época con la finalidad de que fueran educadas en el catolicismo y en las labores propias de una futura mujer casada.

Catalina tenía un carácter fuerte y en ocasiones muy violento, por lo que presentaba problemas disciplinarios en el convento. Por ese motivo fue trasladada al monasterio de San Bartolomé, también en la misma ciudad, pero con reglas conventuales mucho más severas. Estuvo recluida hasta el año 1600, ya que se escapó del mismo a los quince años, vestida de hombre y con el pelo corto, al darse cuenta de que no tenía vocación religiosa.

Pasó entonces a vivir en los bosques y a alimentarse de hierbas, a viajar de pueblo en pueblo, temerosa de ser reconocida. Siempre vestida como un hombre, adoptó nombres diferentes, como Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso.

Algunos autores afirman que su aspecto físico le ayudó a ocultar su condición femenina: se la describe como de gran estatura para su sexo, más bien fea y sin unos caracteres sexuales femeninos muy marcados.

Bajo alguno de estos nombres logró llegar a Sanlúcar de Barrameda, embarcando más tarde en una nave hacia el Nuevo Mundo. En tierras americanas desempeñó diversos oficios, recalando en el Perú. En 1619 viajó a Chile, donde, al servicio del rey de España, participó en diversas guerras de conquista. Destacada en el combate, rápidamente adquirió fama de valiente y diestra en el manejo de las armas, lo que le valió alcanzar el grado de alférez sin desvelar nunca su auténtica condición de mujer.

Amante de las riñas, del juego, los caballos y el galanteo con mujeres, como corresponde a los soldados españoles de la época, fueron varias las veces en que se vio envuelta en pendencias y peleas. En una de ellas, en 1615, en la ciudad de Concepción, actuó como padrino de un amigo durante un duelo. Como quiera que su amigo y su contrincante cayeran heridos al mismo tiempo, Catalina tomó su arma y se enfrentó al padrino rival, hiriéndole de gravedad. Moribundo, éste dio a conocer su nombre, sabiendo entonces Catalina que se trataba de su hermano Miguel.

En otra ocasión, estando en la ciudad peruana de Huamanga en 1623, fue detenida a causa de una disputa. Para evitar ser ajusticiada, se vio obligada a pedir clemencia al obispo Agustín de Carvajal, contándole además que era mujer y que había escapado hacía ya bastantes años de un convento.

Asombrado, el obispo determinó que un grupo de matronas la examinarían, comprobando que no sólo era mujer, sino virgen. Tras este examen, recibió el apoyo del eclesiástico, quien la puso bajo su tutela y la envió a España.

Es recibida por el propio rey Felipe IV cuando llega a España que le reafirma en su grado militar de alférez y le llama “la monja alférez”. Además, le permite poder seguir utilizando su nombre masculino y le concede una pensión por los servicios prestados a la Corona en América.

Las historias de la monja alférez se extiende por toda Europa. Catalina se traslada a Roma donde es recibida por el Papa Urbano VIII. El Papa le autoriza a seguir vistiendo de hombre.

Regresa a América en el año 1630 y se instala en Nueva España concretamente en Veracruz. Allí es donde muere parece ser que en circunstancias no aclaradas. Sus restos descansan en la iglesia del Real Hospital de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción en Orizaba (México). Se calcula que muere en el año 1650 pero sin fecha fija.

Catalina escribió un libro con sus memorias, habiendo constancia de que fueron publicadas por primera vez en París en 1829 a instancias de Joaquín María Ferrer, una segunda vez en Barcelona en 1838 y por tercera vez (1894) en París, con ilustraciones del artista español Daniel Urrabieta Vierge. A continuación se tradujeron a varios idiomas y se hicieron versiones del tema, como la idealizada de Thomas De Quincey, titulada en inglés The Ensign Nun.

Además de estas ediciones, se imprimieron una serie de reediciones de su autobiografía con posterioridad a la de 1894, y a su vuelta a España fue estrenada una comedia de Juan Pérez de Montalbán, Comedia famosa de la Monja Alférez (1625). En la actualidad, se ha generado un nuevo debate entre los investigadores de su vida en torno a la autoría de esta autobiografía, que ciertos investigadores tachan de apócrifa y sin ninguna base real por incurrir en algunas inexactitudes y contradicciones cronológicas. No obstante, dada la existencia de partidas de bautismo y testimonios de terceros en torno a su vida y obras, es imposible negar la existencia histórica de esta mujer.

Algunos han querido ver una relación entre lo extraordinario de su vida, y el gusto barroco por retratar personajes marginales y/o deformes o anormales, como el principal motivo de la fama que obtuvo por todo el mundo hispánico a su regreso de América.

Hacia fines del siglo pasado se seguían encontrando manuscritos sobre la monja alférez. En 1992 se descubre en la biblioteca universitaria de Zaragoza un manuscrito de título Relación de una monja que fue huyendo de España a Indias. También se encontró un documento firmado por cuatro parteras que reconocían la virginidad de Catalina de Erauso.

A pesar de la existencia de sus propias memorias, probablemente publicadas en 1626, Catalina de Erauso terminó desapareciendo de la mayoría de registros históricos conocidos, concretamente, en el período de tiempo que discurre entre su vuelta a España en 1624 y su retorno a las Indias, hasta el siglo XVIII. A finales de dicho siglo, Domingo de Urbirú se hallaba en posesión de una copia manuscrita de sus memorias, la cual fue duplicada por un amigo suyo, el poeta y autor teatral Cándido María Trigueros. Una de las copias realizadas por Trigueros acabó en manos del académico Juan Bautista Muñoz, quien se hallaba escribiendo la Historia del Nuevo Mundo e incluyó una mención a Catalina en su obra. Eventualmente, la copia usada como referencia por Muñoz terminó en manos de la Real Academia de Historia en 1784, y posteriormente fue redescubierta a principios del siglo XIX por el político Felipe Bauzá, quien convenció a su amigo, el astrónomo y comerciante Joaquín María Ferrer para publicarla.

Finalmente, el manuscrito fue publicado en 1829 en París por Julio Didot con el título de La historia de la Monja Alférez, escrita por ella misma, y algunas décadas después fue reeditado por Heredia, en 1894, marcando esta versión de su autobiografía el resurgir del interés y las investigaciones sobre su vida.

El personaje de la Monja Alférez fue, y sigue siendo en la actualidad, una fuente de inspiración para escritores, dramaturgos, directores de cine y artistas plásticos. Destaca su retrato de 1630, atribuido tradicionalmente a Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, y que actualmente se asigna a Juan van der Hamen. Esta pintura fue tomada como modelo para diversos grabados, bustos escultóricos, etc. Tras diversos cambios de propietario, fue adquirida por la Caja de Ahorros Municipal de San Sebastián en 1970 y se salvó in extremis de un incendio en 1971. Actualmente pertenece a la Kutxa de San Sebastián. Restaurada en fecha reciente, ahora se considera con bastante seguridad que su autor fue Van der Hamen.

En el siglo XIX destaca la obra de Thomas De Quincey, quien convierte a Erauso en un personaje típicamente romántico, víctima del destino e inmersa en una serie de aventuras. También del siglo XIX es la novela de Eduardo Blasco Del claustro al campamento o la Monja Alférez. Y de igual forma ha sido fuente de inspiración de múltiples análisis y trabajos académicos intentando explicar su compleja personalidad. En el siglo XX la Monja Alférez pasa a la pantalla y adquiere una mayor popularidad a través de varias versiones cinematográficas, como en La Monja Alférez, dirigida por el mexicano Emilio Gómez Muriel (1947). En la actualidad, este personaje resulta atractivo para la crítica postestructuralista porque es un claro ejemplo de la inestabilidad y relatividad de la noción de género en la construcción de la identidad de un individuo.







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