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"Literatura escrita por mujeres" la dramaturga Feliciana Enríquez de Gúzman


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02/08/2018


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En julio de 1569 nace la primera dramaturga sevillana, Feliciana Enríquez de Guzmán. Sus padres fueron Diego García de la Torre, hombre empobrecido pero instruido y culto, y doña María Enríquez de Guzmán. Feliciana tomó sus apellidos de los de su madre (una práctica que no era extraña en el Siglo de Oro) por su toque de distinción y su abolengo andaluz.


Tuvo tres hermanos menores que ella, dos hermanas, Magdalena y Carlota, y un varón que se sabe se llamó Rodrigo que murió pronto, en 1604. Sus dos hermanas ingresaron en el convento de Santa Inés de Sevilla.

Feliciana se casó dos veces. La primera con Cristóbal Ponce Solís y Farfán, de edad avanzada, que muere tres años después y del que hereda una capellanía en la iglesia de San Juan, con capellán incluido (en 1630 era Juan Bautista Márquez). Este matrimonio, pues, confirma los amplios recursos económicos con los que contaba Feliciana.

Su segundo esposo, que quizás como escritor era más afín a su gusto, fue don Francisco de León Garavito, licenciado en Salamanca en Cánones el 29 de octubre de 1593 (Archivo Universidad de Salamanca, 781, ff. 201r-203v), que murió en 1630 y al que dedica su obra en cubierto.

Para la mayoría de mujeres escritoras, había una tradición de des-educación académica que ayuda a explicar cómo las mujeres, durante el Siglo de Oro, fueron capaces de dedicarse a la escritura de forma amateur. Teniendo cerrado el acceso a los métodos tradicionales de educación estandarizada, como la universidad, los studia, y los studia minora, estas escritoras tendían a educarse de manera informal en las academias literarias, encuentros artísticos, tertulias poéticas y bibliotecas privadas que se encontraban en la mayoría de las ciudades, por lo general cerca a los centros de poder aristocrático.

En 1619 termina la tragicomedia Los jardines y campos sabeos, imprimiéndola en 1624 la primera parte en Coimbra y en Lisboa la segunda parte, porque en Sevilla nadie quiso hacerlo por ser mujer. Y tuvo tanto éxito que se tradujo al portugués.

La obra de Feliciana Enriquez es toda una oda a ella misma, a su sapiencia, a su crítica de la regla teatral del Siglo de Oro. Y lo hace con tal maestría que no tiene nada que envidiarles a sus colegas masculinos. Trata sobre la delirante historia de tres hermanas –dos ciegas y una coja- que buscan marido. La comedia concluía de forma atrevida y transgresora, pues las hermanas, ante la falta de decisión por tanto pretendiente como se le ofrece –por supuesto, mutilados, tarados y grotescos-, deciden optar por la bigamia. Toda una comedia de lo absurdo, con tintes claramente enaltecedores de la voluntad femenina, y que aboga por la bigamia, prohibida por la Iglesia represora del s. XVI que imperaba en la España de los últimos Austrias. Este entreacto se pudo ver representado en Madrid a cargo del Teatro del Velador.

Sin duda, una de las razones de su marginación se debe a los temas que eligió: no le atraía el pseudoclasicismo de la época, y de la costumbre de copiar modelos antiguos y aludir a la mitología grecorromana, que en aquellos momentos era muestra de cultura y marca de moda.

Ella prefería la literatura fantástica, y se inspiraba en los deslumbrantes libros de caballería, en personajes maravillosos e historias complicadas, posiblemente no menos verosímiles que las comedias rústicas de sus contemporáneos. Desafíos, amores idealizados y llenos de delicadeza, ambientes cortesanos e ideales caballerescos hacían las delicias de los espectadores. Sus obras, que fueron muy conocidas, disfrutaron de una gran aceptación entre las mujeres.

Feliciana conocía y alababa a los poetas clásicos, pero le parecía que no debían ser imitados, y que cada época poseía su manera de versificar. Era tarea del poeta hallarla, perfeccionarla y reflejar en sus versos el alma del momento. En un momento en el que regía de manera tan profunda la imitatio, en que la originalidad no se valoraba, sino que se consideraba una extravagancia, esa idea resultaba revolucionaria. Tampoco le atraían los temas realistas salvo para burlarse de ellos: el conflicto del honor, ese gran tema español, o los logros patrios apenas fueron tocados en sus obras, cuando los teatros se llenaban de duelos a espada, de damas violentadas y de padres iracundos y vengadores.

Lope, que no simpatizaba con las ideas dramáticas de la autora, pero sí con la dama en persona, en la silva tercera del Laurel de Apolo reproduce algunos de sus versos, con lo que se puede deducir que era apreciada y admirada. Pero no es el único caso: en una de las obras de Lope, El Peregrino en su patria, la coloca entre las mujeres más dignas de admiración, entre las doncellas más sabias, como Oliva de Nantes, o Isabella Sforza.

Así, Feliciana se convierte en la décima musa; además, le atribuye una atractiva leyenda. Según Lope, asistió vestida de hombre a las clases de la Universidad de Salamanca; pero no por ansia de conocimiento, sino por amor, por el que le inspiraba un joven caballero llamado Don Félix, tal vez trasunto del propio autor. Y nuevamente habla de ello Feliciana en las Hazañas de las doncellas de Simancas. La modestia y el silencio eran dos de las prendas más alabadas en las mujeres, y ella dio al traste con ambas. Claramente, era una figura atrayente y perturbadora, aunque el mito de su aprendizaje vestida de hombre se inspire en el de Lasthenia Mantinea, una alumna de Platón.

Una mujer, con experiencia capaz de escribir versos como estos: Dijo el Amor, sentado a las orillas/de un arroyuelo puro, manso y lento:/»Silencio, florecillas, no retocéis con el lascivo viento;/que duerme Galatea, y si despierta…» debía sin duda despertar la atención y dar vuelo a la fantasía. Una dama osada, de la que se pensaba que no le había importado travestirse por amor, y valiente hasta enmendar la plana al propio Fénix de los Ingenios merecía, sin duda, ser tomada por la décima musa.

Feliciana manifestó haber escrito su tragicomedia de Los jardines y campos Sabeos para desterrar de España muchas comedias indignas de gozar los campos Elíseos; y para libertarla y libertar a sus ilustres y nobles poetas del tributo que, por tener paz con el bárbaro vulgo, le han pagado hasta su tiempo. Se trata de una tragicomedia en dos partes, terminada el 9 de octubre de 1619, y no representada en público hasta 1623, en que parece la pudo ver el rey Felipe IV, en Sevilla. Además de la obra extensa, incluye cuatro entreactos, tres de ellos en prosa, cuyo estilo difiere también de los entremeses de la época. A base de estas piezas breves se realizó en 1997 un espectáculo bajo el título de Las gracias mohosas, estrenado con gran éxito en el Corral de Comedias de Almagro.

Como poetisa era muy diestra y bien inspirada, siendo elogiada por Lope de Vega. En su comedia incluye un complejísimoLaberinto que contiene un homenaje cifrado a su segundo marido. Se han recogido, entre otros poemas, unas décimas que incluyó en una obra de su segundo marido, Información en Derecho por la puríssima y limpíssima Concepción de la Virgen María (1625), el soneto Las Bodas de Maya y ClariselCensura de las antiguas comedias españolas en verso suelto y el madrigal El sueño de Gelita.

En 1640 se quedó ciega, hizo testamento y se encerró en el convento de San Agustín falleciendo entre el 23 de abril de 1643 y el 6 de diciembre de 1644. Murió sola y empobrecida.

Una vez fallecida se hizo inventario de la excelente biblioteca que ella y su segundo marido D. Francisco de León Garavito habían conseguido reunir, y se comprobó que esta albergaba libros sobre Historia de España, Historia Universal, local y sevillana, de textos legales, libros religiosos y algunos libros de ocio (220). Se encuentran también algunas obras literarias de interés que muestran el interés de la pareja en el Inca Garcilaso de la Vega y otros cronistas de Indias como Pedro de Siessa, o López de Gomara, así como crónicas de China, de reyes godos, de Felipe II, de Aragón, de Sevilla, de España. Un escaso interés por la diatriba misógina y un amplio seguimiento de la problemática morisca (cuenta con dos volúmenes sobre la expulsión de Pedro Asnar Cardona y del padre Guadalajara Javier. Siguieron la literatura contemporánea con atención a partir de obras de Lope, Cervantes y Góngora, y muchas copias de su obra. Lo que demuestra que Feliciana Enríquez de Guzmán fue una culta y erudita mujer del Siglo de Oro.







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