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"Literatura escrita por mujeres" la escritora Elena Garro


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19/07/2018


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Siempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la forma de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. “Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos”, me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando uno es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita.


Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos…

EL ANILLO (cuento)

“Literatura escrita por mujeres” por Mariángeles Salas.

Elena Garro (Puebla, 11 de diciembre de 1916 – Cuernavaca Morelos, 22 de agosto de 1998) fue una guionista, periodista, dramaturga, cuentista y novelista mexicana. Hija de padre español y de madre mexicana originaria de Chihuahua, fue criada en Iguala, junto a sus cuatro hermanos.

Siendo adolescente regresa a la Ciudad de México para estudiar primaria y secundaria. Posteriormente, estudió la preparatoria en el Antiguo Colegio de San Idelfonso de la Universidad Nacional Autónoma de México. Más adelante entró en la carrera Letras Españolas de la misma universidad pero quedó inconclusa ya que contrajo matrimonio.

Ante cuatro testigos, Elena Garro, una estudiante que soñaba con ser bailarina, contrajo matrimonio con el poeta Octavio Paz. Llevaban dos años de noviazgo y se habían conocido en la UNAM. Jóvenes e impetuosos, tras la boda viajaron a Valencia, al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.

En 1937, durante la Guerra Civil, llegaron a España invitados por Rafael Alberti, y encontraron una España en llamas en la que él dibujaba ideas políticas que plasmó en su poema No pasarán y ella describe momentos rutinarios como cuando Luis Cernuda la invitó a pasear por una playa.

Tras España, Paz y Garro se trasladan a EEUU y a una Europa donde las normas sociales de eruditos, filósofos y narradores aburguesados dictaban que el amor era tan libre como la conciencia. El matrimonio vive con absoluta permisividad amorosa hasta que se cansaron en algún momento de tanto público desaire. Fue Octavio Paz quien solicitó un divorcio exprés apremiado por otras urgencias amatorias.

El matrimonio duro 2 años, pero no fue del todo baldío. En las horas dulces, el premio Nobel auspició el talento de su esposa. Tuvieron una hija, Helena; fueron una pareja dorada, crecieron en fama. De algún modo lo tuvieron todo y todo lo perdieron. “Parecían predestinados uno para el otro. No lo fueron. Ella provenía de una familia revolucionaria partidaria de Pancho Villa. Era hermosa, enigmática, quiso ser actriz, fue periodista, escritora y dramaturga. Octavio Paz era hijo de una familia zapatista. Era apuesto, inspirado, activista de izquierda, poeta, ensayista. Pero desde el inicio fue una relación desigual, apasionada por parte de él, fría y distante por parte de ella. Aunque desdichado, aquel matrimonio fue literariamente fructífero. La correspondencia entre ambos comprueba que se trataban como pares: se admiraban, se apoyaban, se leían”

Por entonces Garro se enamoró locamente del escritor argentino Adolfo Bioy Casares. Pero ni con Octavio Paz ni con Adolfo alcanzó la plenitud amorosa. Se interpusieron los valores machistas, la egolatría y la prepotencia masculina, aunque Octavio Paz siempre mantuvo un hilo de admiración hacia su primera esposa y apoyó la publicación en 1963 de la que posiblemente es su obra cumbre, Los recuerdos del porvenir.

Garro se va convirtiendo en una creadora de obras de teatro como Un hogar sólido (1957), El rey mago (1958) o La señora en su balcón (1959). Además, esta católica amante de la aristocracia va convirtiéndose en defensora de los movimientos campesinos de Morelia frente a los abusos del México caciquil.

Su posición, muy incómoda para el Gobierno, hace que se le practique un primer destierro voluntario que podría haber sufragado el propio Paz a petición del presidente mexicano. Se va a París y está allí hasta mediados de la década de los 60. «Octavio Paz le mandó dinero toda su vida y la mantuvo a ella y a su hija.

Algunos críticos la consideran la segunda escritora mexicana más importante, tras Sor Juana Inés de la Cruz. Cuentos como La culpa es de los tlaxcaltecas (1963), y novelas como Los recuerdos del porvenirReencuentro de personajes (1982) o Un traje rojo para un duelo (1996) son leídos como piezas maestras. A ella le molestaba la etiqueta de realismo mágico, sin embargo, numerosos autores señalan su novela Los recuerdos del porvenir (1963), escrita cuatro años antes que Cien años de soledad, como el inicio de este movimiento literario. Publicó además, Testimonios sobre Mariana, 1981; La casa junto al río, 1983; Y matarazo no llamó…, 1991; Inés, 1995; Busca mi esquela & Primer amor, 1998; Un corazón en un bote de basura, 1996; Mi hermanita Magdalena, 1998 y La vida empieza a las tres, 1997.

La literatura de Garro exige el pensamiento flexible del lector por la presencia de temas feminista así como a un lector capaz de entender la desacralización de la violencia revolucionaria.

A destacar los siguientes premios: Premio Xavier Villaurrutia 1963; Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada 1996; Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1996; Premio Grijalbo 1981.

La vuelta de Elena Garro a México, lejos de toda gloria, fue crepuscular. Pasó sus últimos años en un mísero piso de Cuernavaca con su hija, y rodeada de gatos franceses y mexicanos. El tabaco la minaba, el enfisema ahogaba su voz. Apenas podía respirar. El 22 de agosto de 1998 murió de cáncer de pulmón. Cuatro meses antes lo había hecho Octavio Paz. Hasta el último día le odió.











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