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Reseña del libro "El puño invisible (arte, revolución y un siglo de cambios culturales) de Carlos Granés


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14/07/2018


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El libro de Carlos Granés consta de dos partes, llamadas por el autor Primer Tiempo y Segundo Tiempo. La lectura de la primera, que narra el desarrollo del vanguardismo estético-político desde sus inicios con el futurismo y el dadaísmo hasta Mayo del 68, pasando por el surrealismo, el letrismo, el movimiento beat, el situacionismo y la contracultura del los sesenta, me ha producido una sensación cercana a la euforia y al más encendido entusiasmo espiritual. La lectura de la segunda parte, que trata del destino último de las actitudes del rupturismo vanguardista en la actual sociedad del espectáculo y termina con unas atinadísimas páginas sobre el 15-M, me ha sumido en un estado de casi absoluta melancolía. El recorrido de ambas partes supone la mostración del desarrollo de algo  que podríamos llamar la “dialéctica” del vanguardismo: el desarrollo del proceso por el cual el espíritu y las intenciones primeras del vanguardismo han dado lugar a la realización de una situación cultural totalmente contraria a ese espíritu y a esas intenciones.


El espíritu prometeico, de religión estética secularizada, de rebeldía mesiánica, las actitudes de subversión e ilusión dioniosiacas o de escepticismo irreverente desmitificador del arte y la cultura burguesas que anidaban en las vanguardias históricas de principios del siglo XX y que se desarrollaron con ellas han desembocado en las tres últimas décadas del siglo XX y en lo que va del presente en la banalización y comercialización de las actitudes vanguardistas, que ahora en lugar de aspirar a cambiar la vida y llevar al colapso a la prosaica y filistea civilización burguesa se han convertido en celebración de todo lo antiespiritual: la trivialidad, el infantilismo, la vulgaridad, la futilidad autosatisfecha y las transgresiones inmundas pero banales e inocuas políticamente.

En la comercialización de la vanguardia y su neutralización mediática ha jugado un papel principal, del que el libro da buena cuenta, la cultura del pop/rock y su mundo comercial complementario, que han constituido el mayor timo cultural sufrido nunca por la juventud.

            Ante esta triste situación algunos nos encontramos en tierra de nadie cogidos entre dos bandos igual de rechazables: el de la cultura burguesa ideológicamente embellecedora de vidas convencionales y conformistas, cuando no portadoras del más inadmisible sectarismo político y espiritual; y el bando de la cultura vanguardista banalizada y neutralizada en tanto arma de transformación de la vida y de la sociedad.

            Sigue existiendo, por un lado, un público cultural burgués que merecería seguir siendo epatado, provocado y despreciado. Pero, por otro lado y al mismo tiempo, el público de las ceremonias vanguardistas, perteneciente por lo general a sectores juveniles “progres”  ilustrados o semiilustrados, se ha convertido en una tribu urbana más que lo único que hace es ostentar su supuesto y críptico carácter selecto  y ha perdido toda referencia de rebeldía espiritual contra el mundo burgués. Ambos públicos, el burgués culto o semiculto y el vanguardista intelectualizado o semiintelectualizado, se desprecian mutuamente pero lo único que hacen ambos es pavonearse en su gueto creyéndose una minoría selecta en medio de la marea de la cultura de masas, ante la cual ambas culturas, la burguesa y la vanguardista, sólo constituyen la apariencia de un pluralismo cultural de nuestra sociedad que sirve de coartada para que los apologistas de esa sociedad puedan refutar el carácter totalitario que en ella tiene en esencia la cultura de masas.

 ¿Estaría la solución a este doble descontento, frente al vanguardismo y frente a la cultura burguesa decorativa, en volver a una cultura antiburguesa pero no por vanguardista sino por romántica? Sobre esto hay que decir: al buen burgués no hay nada que le enamore más que ciertas dosis de romanticismo edulcorado y domesticado. Y tiene, el buen burgués, una facilidad enorme para integrar el romanticismo en general, como elemento compensatorio, en su ideología prosaica y filistea. El romanticismo sigue siendo un elemento ideológicamente crucial de ese filisteísmo cultural que sigue existiendo entre ciertos sectores burgueses más o menos acomodados. Digo filisteísmo cultural en el sentido de una actitud vital que cuenta con la cultura, o con ciertas manifestaciones culturales sectariamente seleccionadas, pero a la que falta toda vivencia espiritual profunda de lo cultural. El romanticismo burgués al que nos referíamos es un romanticismo que ya ni siquiera puede ser criticado por escapista o por narcotizar ante una realidad que no gusta, sino que se queda en el simple “¡qué bonito!” de la maruja filarmónica o del carcamal filarmónico, más o menos adinerados, ante la correspondiente obra musical del repertorio decimonónico (en la miseria de la cultura burguesa cumple un especial papel la triste situación sociológica en la que se halla la música llamada clásica).

Algunos hemos podido comprobar cómo la cultura romántica burguesa sirve para embellecer sentimental o intelectualmente a medias vidas horriblemente presas del sectarismo ideológico y político más peligroso y más incivilizado. Pero también es sectaria la fobia que ciertos sectores vanguardistas, intelectualizados en una línea “cool”, sienten hacia todo lo que pueda servir como cálido estímulo espiritual romántico. Una cultura vanguardista que además, en sectores quizá menos intelectualizados, es, además y en muchos casos, inauténtica, por no decir que simplemente ignorante. Pongamos un ejemplo: no lo podría jurar, pero por mi experiencia (concretamente la que se tiene en las salas de profesores de los institutos al escuchar las conversaciones del sector “progre”, y luego he oído comentarios de músicos que se referían a situaciones parecidas a la que voy a señalar) tengo la impresión de que hay filovanguardistas que no se pierden la última chorrada plástica madrileña en forma de “instalación” en algún museo o galería pero que no saben quién fue Schönberg o que piensan que la música de vanguardia es la que hacen algunos grupos de rock.

            El libro de Carlos Granés también muestra cómo el vanguardismo y sus derivas políticas han provocado en los últimos tiempos la aparición de una cultura teórica enfangada en disputas académicas sobre relativismo cultural y etnocentrismo, multiculturalismo y universalismo, comunitarismo identitario y liberalismo individualista. Esas disputas son callejones sin salida filosóficos, pero permiten la reproducción cancerígena sin sentido y sin perspectivas de los crípticos trabajos académicos. Ojalá  se pudieran mandar al diablo todas esas problemáticas filosóficas y volver a un simple estado de rebeldía hacia la civilización burguesa sin caer en las trampas intelectualistas que pone la razón filosofante para problematizar y enrarecer la rebeldía espontánea despreocupada de todo afán de autojustificación lógico-racional. Ojalá el impulso rebelde vanguardista se hubiera quedado en una rebeldía espontánea basada en un individualismo dionisiaco y antifilisteo y no hubiera caído en la trampa de la búsqueda de identidades comunitarias alternativas, que, como muy bien explica y ejemplifica el autor del libro que comentamos,  lo que buscan no es alterar el sistema e inquietar al buen burgués filisteo sino alcanzar cuotas de poder y de dinero en las instituciones culturales.

            En una posible segunda parte de este comentario escribiremos sobre esas atinadas páginas del libro sobre el 15-M que hemos mencionado de pasada, creo que todavía nos quedará aliento para entrar en la discusión de las posiciones del autor del libro acerca de esas discusiones filosóficas aparecidas en el segundo tiempo del vanguardismo y terminaremos preguntándonos si la solución al impasse cultural en el que desemboca el recorrido descrito por el libro puede estar en la opción por una especial forma de nuevo humanismo. aquí tu artículo

Etiquetas:   Libros   ·   Reseña   ·   Estética

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