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El auge de la IA y la deriva autoritaria


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09/07/2018


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De la era de la Información a la era de la Censura. Cómo las Redes Sociales e Internet han servido de caldo de cultivo para los extremismos totalitarios. Un breve análisis del presente y una advertencia para el futuro.


Internet ha cambiado el mundo. Estamos cansados de escucharlo por todas partes. De hecho, estamos cansados de que nos recuerden lo enganchados que estamos a la tecnología. Ya nos hemos percatado de lo mucho que ha cambiado nuestro día a día, ¿no sabes algo? Pregúntaselo a Google, ¿quieres decirle cualquier cosa a un conocido? Hay una marabunta de RRSS para hacerlo. ¿Quieres comprar algo? En menos de diez minutos ya has puesto una orden para que te lo envíen a donde tú quieras. El mundo va más rápido que nunca y no parece que vaya a ralentizarse, sino todo lo contrario. La cantidad de información que producimos a cada minuto es tan inmensa que un cerebro humano no está capacitado para procesarla. Este modelo nos ha conducido a la automatización, entrenando a inteligencias artificiales para que gestionen esos datos y nos los devuelvan, convertidos en recomendaciones (publicidad, contenido creativo, noticias…) personalizadas para nuestro consumo. Esta capacidad que tienen las IA a la hora de recomendarnos las cosas que más nos gustan y como más nos gustan, ha originado un curioso efecto secundario en nuestra sociedad: la polarización.

En teoría, el acceso a una mayor cantidad de información tendría que haber derribado las barreras entre distintas ideologías, al poder integrar un marco objetivo común en el que las ideas podrían fluir libremente, pero no ha sido así. La IA es una herramienta extremadamente útil que nos permite un manejo mucho más eficaz de la información, pero la IA no sabe qué información es relevante o incluso veraz, solo responde a la eficiencia, hacer llegar esos datos al mayor interesado en recibirlos. Por ejemplo, la IA de Facebook no va a publicitar un vídeo o artículo de Buzzfeed a un militante de la Falange, del mismo modo que no lo hará con InfoWars a un votante de izquierdas, simplemente no son su público objetivo y no merece la pena gastar recursos en hacer llegar un producto a alguien que no va a consumirlo.

El resultado de este esquema no es otro que la polarización y sectarización de la sociedad a todos los niveles. ¡No estamos acostumbrados a la tecnología! Ha llegado demasiado rápido y nuestra primitiva cultura no ha sido capaz de ponerse al día al mismo ritmo. Un usuario estándar, que tenga poco interés en buscar en distintas fuentes, recibirá constantemente un bombardeo mediático de la marca política, económica, social o alimentaria con la que más se identifique. La IA hace todo el trabajo de búsqueda, el usuario solo tiene que recibir la información sesgada que más le gusta. “Dios los cría y la IA los junta”. En torno a estas “marcas” se agrupan comunidades virtuales que se retroalimentan con el contenido que ellos mismos crean y consumen. El individuo queda aislado de ideas externas a su círculo, sobre todo aquellas que más se enfrenten a sus principios. Véase la Flat Earth Society, que clama que la Tierra es plana y ha encontrado su nicho de “creyentes” en las comunidades de Internet.

Por si fuera poco, nuestra misma naturaleza refuerza el ciclo de retroalimentación y aislamiento, ¿cómo? Sencillo. La mayoría hemos oído hablar de lo adictivas que son las RRSS y la tecnología en general. Esto es producido por el sistema de recompensa del cerebro, que se encarga de generar la sustancia química dopamina, el neurotransmisor encargado de la sensación de placer, cada vez que recibimos un mensaje, compartimos contenido y, más importante aún, cuando recibimos likes de nuestros semejantes. De esta manera, cada vez que se comparte un contenido acorde a los ideales de nuestro grupo, recibiremos un feedback positivo de nuestros pares, que reforzará las ideas que ya teníamos. Mientras que si se comparte un contenido que no está acorde con la ideología de la comunidad a la que pertenecemos, no recibiremos ese chute de dopamina al no recibir feedback. Evolutivamente hablando, este mecanismo tiene mucho sentido, ya que al ser animales gregarios con fuertes vínculos familiares, nuestro cerebro nos condiciona para que actuemos acordes a los ideales de nuestra tribu, manteniendo la cohesión social, aumentando así las probabilidades de supervivencia de la especie.

El resultado de todos estos factores se está haciendo cada vez más evidente: La polarización de la sociedad en sistemas extremistas de pensamiento que no mantienen diálogo unos con otros, solo la intención de imponerse frente al adversario. Es la Lucha de Clases® 2.0. Derecha vs izquierda, oprimidos vs opresores, el 1% vs el 99%, carnívoros vs veganos, blancos vs negros, mujeres vs hombres, positivistas vs pseudocientíficos. Los movimientos sociales modernos, aprovechando el tirón de la Red de Redes ya han tomado posición. No voy a hablar de la complejísima marabunta de movimientos e ideologías que han proliferado en los últimos tiempos gracias a Internet, solo voy a mencionar dos clásicos de la política: la extrema izquierda y la extrema derecha. Que casualmente presentan los mismos elementos de “identidad grupal”, pero desde enfoques distintos. Identidad racial, nacional, sexual, de género, religiosa…

Desde la derecha tenemos el tradicional supremacismo blanco, el nacionalismo a ultranza, la defensa de la familia, de los “valores occidentales” y un largo etcétera. Conceptos con los que ya estamos familiarizados de una forma u otra, por lo que no me entretendré con ellos. Al fin y al cabo todos tenemos en mente cómo puede ser la retórica de un xenófobo o de un nazi. Es la izquierda el signo político que más me preocupa en este milenio, ya que todos sabemos qué tipo de vía autoritaria puede llevar un país filo-fascista, pero no conocemos las nuevas formas de totalitarismo que se están gestando desde la izquierda, que son las que más me preocupan, luego explicaré por qué. Según las nuevas teorías colectivistas de los grupos más alineados a la izquierda, vivimos en una maraña de estructuras de poder que nos condicionan desde que nacemos a asimilar la “identidad” del grupo arbitrario en el que hayamos caído. Esta retórica concluye en que las relaciones entre individuos se pueden reducir en relaciones de estructuras de poder posicionando a unos como oprimidos y a otros como opresores. Ya no existen los individuos, solo los colectivos.

El discurso de oprimidos/opresores cala hasta lo más profundo de las relaciones humanas, todo es susceptible de ceder a este análisis maniqueísta de la realidad. Blanco o negro, bueno o malo. No hay escala de grises, solo relaciones de poder entre oprimidos y opresores. En España este discurso ha venido de mano de la Tercera Ola del feminismo, es decir, el feminismo contemporáneo. Esta retórica oprimidos/opresores u oprimidos/privilegiados ha calado fuertemente en EEUU en temas como la identidad racial, de género, además del feminismo, debido a la variopinta población norteamericana y su historia de racismo. Es de este país desde donde se ha importado esta ideología, que cada vez gana más peso en la opinión pública. El problema surge cuando las ideologías extremistas, tanto de izquierda como de derecha, se infiltran en la sociedad. La “democracia” queda secuestrada por sofistas que no hacen más que utilizar la retórica para cumplir con su agenda. La clase de gente por la que Sócrates odiaba ese sistema de gobierno.

Considero a la izquierda occidental la gran responsable de todo este despropósito. Estas políticas identitarias, tan alejadas del mundo real, son unas de las principales responsables del ascenso de Trump y de movimientos de extrema derecha. Movimientos que recogen un discurso reaccionario hacia estas ideas radicales, independientemente de que tengan algo de razón o no. Desde la caída de la Unión Soviética, la izquierda ha quedado huérfana al carecer de una alternativa política y económica viable al capitalismo global. De hecho, el discurso de la izquierda ya no se centra en la Lucha de Clases®, la clase trabajadora, la revolución mundial o la destrucción del capitalismo, que ni se plantea. Por un lado está la socialdemocracia, intentado limar las duras asperezas del capitalismo y tratando de mantener el “Estado del Bienestar” (que serían, irónicamente, los auténticos conservadores de la ecuación política), y por otro las nuevas formas extremistas de la izquierda que se basan en la dicotomía oprimidos/opresores y toda su retórica. El problema fundamental de dicha retórica no es la aplicación que a priori se hace, sino las consecuencias que el discurso paternalista puede llegar a tener en la sociedad y en la legislación. El problema es que a través de la retórica identitaria se puede justificar cualquier cosa, y es una herramienta extremadamente versátil para que personas con ideas totalitarias (de cualquier signo político) legislen con puño de hierro.

La alarma social que la turba con antorchas ha generado para ciertos tópicos, solo los que mejor se ajustan a su discurso, me parece comparable a la alarma social que generaba la derecha (y sigue generando a cada vez mayor ritmo) a principios de este siglo con ascenso del terrorismo global. No quiero atreverme a señalar la existencia de una agenda oculta que esté detrás de esto, pero hay algo que me huele muy mal. Los mass media dan una visibilidad (al menos aquí en España) al discurso del feminismo moderno y a su propaganda como nunca antes se ha visto. Digna de las grandes campañas de manipulación de masas. Y, lo siento, pero pensar que esto se debe a que la gente ha “despertado” y que LA TELE solamente está haciendo eco, es terriblemente ingenuo. Hay suficientes pruebas como para sospechar de intenciones ocultas en las cumbres de poder que están patrocinando este movimiento.

Estamos ante una de las épocas más peligrosas de la Historia de la Humanidad. La tecnología maravillosa que hemos creado, está a punto de concedernos un poder que antaño solo imaginábamos para los dioses. Sin embargo, también ha abierto la Caja de Pandora. Nosotros, pequeños simios cazadores de las praderas, estamos a las puertas de dar el salto tecnológico más grande jamás visto. Estamos creando máquinas tan poderosas y eficientes que pronto sustituirán a casi la totalidad de la fuerza productiva. Hemos creado una tecnología que influye en el pensamiento de las grandes multitudes sin siquiera darnos cuenta. Estamos creando una tecnología que permitirá a un tirano convertir las naciones en dictaduras eternas, en las que toda insurgencia podrá ser fulminada con presionar un botón. Nos dirigimos a ese mundo de terrorífico control tecnológico de la mano de una pandilla de iluminados, que no se da cuenta de la deriva autoritaria que está creando para nuestra sociedad, de la paranoia colectiva que han alimentado. Repito, el problema no es únicamente la izquierda, pero me parece correcto cargar en ese lado gran parte de la responsabilidad, ya que fomentando el radicalismo dentro de sus fronteras, también propician el radicalismo reaccionario de la derecha y sus propias ideas identitarias. Ya no se legisla con la cabeza, sino con el corazón, y eso nos puede llevar a una nueva era de oscuridad como no se ha visto en más de 1000 años. ¿Nunca te has preguntado cómo una sociedad avanzada y con una alta movilidad social como Roma se convirtió en una sociedad altamente jerarquizada dividida en estamentos inamovibles? Pues aquí está la respuesta.

En conclusión: La tecnología ha propiciado el aislamiento y el tribalismo, movimientos sociales radicales surgen y se fortalecen mediante mecanismos tecnológicos y neurológicos, existe algún tipo de interés por parte de altas esferas para que esto continúe así y la sociedad occidental (aunque me atrevería a decir que no es la única) va paulatinamente convirtiéndose en un aparato totalitario de control social, donde una tecnología avanzadísima impedirá cualquier levantamiento en su contra.

Es julio de 2018 de 1984. Faltan dos minutos para la Medianoche.



Etiquetas:   Política   ·   Redes Sociales   ·   Sociedad   ·   Inteligencia Artificial   ·   Izquierda   ·   Feminismo

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