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Notas críticas sobre la psicología del individuo de Alfred Adler


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06/07/2018

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He aquí una sola muestra del intenso bombardeo moral al que Adler somete a los neuróticos como monstruos de egoísmo y perversidad retorcida en su obra El Carácter Neurótico:


 

“El tema del amor rechazado casi siempre desempeña algún papel en estos casos [de neurosis], originando intensos impulsos de odio contra la persona amada sin retribución. En efecto, es difícil concebir que el amor pueda sufrir tal metamorfosis en hombres sanos. Requiérese la suma de todos los impulsos de dominio y de exagerado afán de hacer valer la propia personalidad, que anidan en el neurótico, para querer apoderarse del alma de otra persona contra su voluntad. El neurótico lo quiere todo, y es ciego a los obstáculos naturales. Por eso ante el rechazo de su “amor”, se siente herido en su línea directriz más sensible. Desde entonces ya no sueña sino con la venganza: “¡Acheronte movebo!”

 

Todos los “rasgos de carácter” de los que habla Adler en El Carácter Neurótico se dan efectivamente en el neurótico pero ellos no constituyen el núcleo de su enfermedad sino que lo es el significado de los síntomas específicamente neuróticos (obsesiones y compulsiones, angustia, fobias, etc.), significado del que Adler da una explicación completamente superficial e interesada desde el punto de vista de su teoría, considerando esos síntomas como un recurso más del egoísmo y afán de dominio del neurótico, surgido siempre del intento de compensar su sentimiento de inferioridad.

            Es destacable la lucidez psicológica cuasi nietzscheana con la que Adler persigue todos los rodeos y artificios que sirven al neurótico para tratar de alcanzar su objetivo fundamental de salvar y reforzar su “sentimiento de personalidad”, que para Adler es siempre una “voluntad de poder” psicológica que se manifiesta como afán de superioridad surgido para compensar y anular un originario complejo de inferioridad, que sería el punto de partida de todo el proceso neurótico. Este “sentimiento de inferioridad” del neurótico da lugar siempre a una “protesta”, que Adler insiste una y otra vez, de manera culturalmente condicionada, en calificar de “protesta viril”. Lo que Adler no aclara nunca satisfactoriamente, como Freud le reprocha en su Historia del Movimiento Psicoanalítico, es si este complejo de inferioridad responde a una realidad física o psíquica del neurótico o es un sentimiento imaginario. Freud decía que según la teoría de Adler todos los que sufren alguna discapacidad física tendrían que salir neuróticos, lo que no es el caso. La verdad es que Adler insiste en que el individuo nunca está determinado por rasgos constitutivos biológicos o psicológicos sino que es su “`poder creador” el que siempre interpreta los rasgos dados del ser personal para proyectar un “estilo de vida”, un modo fundamental de vivir y de ver la vida, que dirige toda su acción y su experiencia, y que cuando está orientado exclusivamente a la lucha por la superioridad y su reconocimiento en merma del “sentimiento de comunidad” (que Adler introdujo con posterioridad a la primera edición de El Carácter Neurótico, de 1912, cancelando con dicha noción el original sentido psicológico nietzscheano de su teoría) produce el carácter neurótico. Hay una coincidencia cierta entre este planteamiento psicológico de Adler y la visión, desarrollada en contextos filosóficos, del ser individual en Heidegger, Ortega y Sartre, como algo no dado según un determinismo natural sino como algo que hay que “proyectar” a partir de una facticidad con la que uno se encuentra pero que sólo adquiere su sentido y su operatividad una vez asumida e interpretada de una manera u otra por el “proyecto”. Para estos autores decidimos lo que somos dando significado y finalidad a todo aquello con lo que nos encontramos en nuestra facticidad, del mismo modo que en Adler es el “plan de vida”, el “estilo de vida” construido por el “poder creador” individual, de lo que va a depender el ser efectivo de nuestra vida; y a través de él nuestra base biológica o psicológica llegará a tener un papel u otro en nuestro destino vital. Yo puedo tener una discapacidad física, pero esa discapacidad sólo será esencial en mi vida si yo la asumo como tal, si yo decido verme como un individuo esencialmente determinado por esa minusvalía. Si yo considero que esa minusvalía no afecta a lo esencial de mi persona, que yo pongo en otras capacidades, mi vida no será determinada esencialmente por ella. O incluso no lo hará si yo considero, como hacen los que practican los llamados deportes paralímpicos, que esa minusvalía no imposibilita que yo desarrolle el órgano impedido de otras formas y con otras condiciones distintas a las que son puestas para su ejercicio por las personas que no  tienen tal minusvalía.

            Esta “existencial” manera de entender la libertad humana ha sido criticada por nosotros (véase el artículo Contra la Filosofía Existencial del “Proyecto”, también en este blog) y le hemos opuesto la idea de un “carácter” innato que como una “forma viva”  -no de manera causal-mecanicista sino mediante un desarrollo orgánico y como una “forma viva” no captable mediante la identificación analítica de hábitos sino sólo mediante una intuición totalizadora de la personalidad –decide lo que somos en la vida, por encima de los contenidos culturales que elijamos o que aceptemos pasivamente.

            Señalemos de paso que indicaciones de alcance antropológico y psicológico como las referidas de los citados autores filosóficos eran para el viejo Husserl prueba de que ellos-él se refería específicamente a Heidegger –se habían salido del terreno eminentemente filosófico, el de la llamada filosofía primera, para caer en un terreno inferior, en el que el problema clave de toda filosofía auténtica, el de la existencia del mundo objetivo con independencia de la conciencia trascendental y la subjetividad constituyente, se daba como resuelto en un sentido realista no filosófico, tomándose como  válida sin más lo que Husserl llamaba la “actitud natural”. Desde luego, la idea “existencial” de libertad de Heidegger, Ortega y Sartre es una visión más cercana a lo ideológico, y habría que señalar sus conexiones con la ideología burguesa del individuo autopoiético o autocreador, que a lo estrictamente filosófico.  

            Pero volviendo a Adler, hay que decir que a ninguno de los autores filosóficos citados le hubiera gustado verse puesto en conexión con un “vulgar” psicólogo capaz de decir la siguiente disparatada barbaridad, que se encuentra en el Prefacio de su obra Teoría y Práctica de la Psicología Individual:

 

“Lo que los guías de la humanidad habían visto como la obra de Dios, del Destino, de la Idea, del sustrato económico, la Psicología del individuo lo entiende como clara expresión de la fuerza de una ley formal: la lógica inmanente de la convivencia humana”.

 

Aquí con “lógica inmanente de la convivencia humana” se quiere significar la lucha psicológica entre individuos por el reconocimiento de la superioridad. Pensar que lo psicológico es, en tanto forma necesaria de la vivencia de todo lo cultural, el factor determinante de la marcha histórica de la humanidad es una disparatada barbaridad, pues supone no darse cuenta de la autonomía del valor de universalidad de lo cultural, que trasciende la forma psicológica con que ello tiene que aparecer a la conciencia individual. Hay principios que rigen el proceso de  desarrollo de ,lo cultural-colectivo –llámense Dios o Idea o, en el materialismo histórico, el sustrato económico –que superan y neutralizan lo psicológico, como forma o envoltorio necesario pero no determinante esencialmente, y que tienen su propia lógica viva de desarrollo autónomo frente a todo lo psicológico-contingente. Aunque todo tiene que ser vivido psicológicamente, no todo lo vivido es psicológico. Hay una autonomía del espíritu, o si se quiere de lo cultural-histórico, frente a lo psicológico-individual-contingente. El espíritu como contenido neutraliza y segrega de sí la forma psicológica en tanto el espíritu se desarrolla de forma universal. No sé si se podrá expresar en el lenguaje de los fenomenólogos esta no reducibilidad de los contenidos espirituales a la forma psicológica en que son vividos diciendo que toda vivencia individual es psicológica pero algunas de ellas, las referidas a contenidos culturales, apuntan intencionalmente a contenidos que no son ellos mismos psicológicos. El reduccionismo psicologista de lo cultural falla en una simple falta de percatación de que en cuanto surgen los contenidos culturales intersubjetivamente válidos se conforma una lógica objetiva del desarrollo y de la adquisición de validez y efectividad de esos contenidos  que vuelve inesencial e insignificante el formato psicológico en que ellos son vividos privadamente por las conciencias “monológicas” de los individuos. Si ascendemos al punto de vista filosófico del idealismo objetivo, habrá que decir también que los contenidos culturales tienen un estatuto ontológico de objetividad ideal-inteligible que impide que puedan ser conocidos como simple manifestación de la subjetividad psicológica de los individuos que los viven o incluso que los producen. Pero no es necesario llegar hasta aquí; basta con darse cuenta de que lo que alcanza el rango de contenidos intersubjetivamente comunicados y compartidos pasa a un plano de validez y de efectividad que no puede ser comprendido mediante lo que el individuo en su interior psicológico piensa, siente o desea. Toda validez podrá siempre ser experimentada psicológicamente por alguien, pero toda validez –teórico-cognitiva, ético-práctica o estético-expresiva- no es algo psicológico sino algo que tiene su propia lógica intersubjetiva. Toda validez, -por ejemplo, de verdad- podrá ser siempre conocida por alguien, por un sujeto psicológico, pero la misma verdad no es algo psicológico, pues de lo contrario al hacerla depender de lo contingente-particular- subjetivo estaríamos destruyendo el mismo concepto de verdad, que implica universalidad y necesidad. Esa universalidad y necesidad puede entenderse en términos de lógica comunicativa intersubjetiva y no es necesario llegar al idealismo objetivo que la hace depender de la idealidad (inespacialidad e intemporalidad) inteligible de la verdad.

            Pero dejando la crítica filosófica de Adler y volviendo al terreno simplemente psicológico, hay que señalar que, como todas las psicologías del yo que abandonaron la radical teoría de los instintos de Freud, la Psicología del Individuo de Adler lleva inevitablemente a una culpabilización del paciente neurótico. Según estas psicologías del yo que rechazan la preeminencia determinante de las pulsiones inconscientes en la génesis de la enfermedad mental, es la propia debilidad, no sé sabe muy bien si solamente moral o también intelectual, del enfermo lo que está en el origen de la enfermedad, que es utilizada por él como un recurso estratégico para desentenderse del enfrentarse con los problemas de su vida, que serían de carácter moral, político y social y no categorizables, en analogía con la enfermedad orgánica, como problemas causados por la irrupción en el yo de fuerzas extrañas a él que interrumpirían su normal funcionamiento entendible con las categorías de la motivación consciente, disponibles como autoevidentes  para todos los participantes en la tarea cotidiana de comprensión de los demás. Se ha criticado a Freud fuertemente por haber construido un planteamiento que, siempre a través de la analogía con la enfermedad orgánica, anularía la responsabilidad de los individuos en sus disfunciones sociales. Pero la categorización de las personas con disfunciones y dificultades psico-sociales como enfermos supuso un avance innegable en la visión humanitaria de estas personas , avance que ni siquiera puede ser puesto en cuestión por seductores enfoques relativistas de la “historia de la  locura”, como el que con exuberante lenguaje fue planteado por Foucault, autor que no es sino un elegante relativista historicista equipado con una capacidad de análisis histórico sofístico verdaderamente apabullante y que él dirige de manera implacable y magistral contra la idea de la  modernidad como progreso.

            Un planteamiento claramente deudor de Adler, como su propio autor reconoce, es el de Thomas Szasz en El mito de la Enfermedad Mental, obra que comúnmente pasa como una de las fundacionales de  la Antipsiquiatría. Szasz lleva al extremo la culpabilización del paciente, pues considera que los problemas personales de disfunción psicológica deben ser entendidos como problemas político-morales que el paciente, con la connivencia de la categorización médica de los mismos, no quiere enfrentar y de los que se vale para, como Adler afirma una y otra vez, sacar ventaja en relación a su autoestima y en las relaciones estratégicas de poder en el medio de la vida cotidiana con los demás. Para Szasz, que procede a un análisis histórico de la categorización médica de la histeria, el histérico o la histérica son simuladores que juegan un juego, el  de la enfermedad mental, que les da ventaja en sus relaciones sociales y que les permite huir de un enfrentamiento “maduro” con los problemas de relación con su entorno social.

            Echar la culpa de las disfunciones psicológicas al individuo que las padece es tan arbitrario e injusto como echársela, tal y como hizo la Vulgata antipsiquiátrica, a su entorno social. Tanto una cosa como otra lo que fácilmente producen es el agravamiento del problema, creando más malestar en el enfermo o en las personas que lo rodean. Por otra parte, la angustia que los síntomas producen es tal, y seguramente los partidarios del enfoque moral de los problemas psicológicos nunca la han sentido, que es impensable que el paciente  finja esos síntomas o juegue con ellos para sacar ventaja en las relaciones psicológicas de poder con las personas de su entorno. Esos síntomas, además, frecuentemente se manifiestan en la privacidad solitaria del paciente, lo que descarta su utilidad social, en el sentido, como diría Adler según se le ha traducido al castellano, de formar parte del “arreglito” del neurótico para reforzar su “sentimiento de personalidad”.

            Freud también acusaba a la Psicología del Individuo de Adler, basada en los avatares de la “voluntad de poder” psicológica como principio motivador y configurador  de la acción y de la experiencia individuales, de ser la psicología de un “mundo sin amor” Pero hay que tener en cuenta que Adler, con posterioridad a las primeras exposiciones de su teoría, introdujo el “sentimiento de comunidad” como móvil también básico de la vida individual, que había que reforzar y alentar para evitar la acción patógena del “afán de superioridad” con el que se intenta compensar el “sentimiento de inferioridad” originario. No obstante, sí parece que la teoría de Adler  está hecha a la medida de un mundo donde dominan la competitividad y la lucha por el reconocimiento, tal y como es el mundo liberal-capitalista. Tal y como Adler presenta su teoría –sobre todo en su primera obra importante, El Carácter Neurótico –fácilmente da la impresión de que ella no contempla la posibilidad de que la interacción social no sólo esté movida por un afán de superioridad y de éxito que refuerce la autoestima individual sino que en ella pueda darse no ya el “amor” sino más modestamente  una cooperación comunicativa dirigida a la ratificación consensual de las pretensiones de verdad desinteresada que puedan presentar los participantes en el proceso cotidiano de búsqueda del entendimiento. Tal vez, el Adler del “sentimiento de comunidad” pueda servir para hacer ver que tal búsqueda de cooperación comunicativa intersubjetiva no puede quedar garantizada por la simple estructura pragmática del lenguaje, tal y como parece plantear la “ética del discurso”, sino que requiere una predisposición individual pre-lingüística  que tendría el carácter de un sentimiento y no basta con la capacidad intelectual para el uso del lenguaje, que por la necesidad de sus principios de uso o principios pragmáticos garantizaría ya siempre la orientación de la acción comunicativa hacia el entendimiento cooperativo.

            La psicología de Adler se presenta expresamente como una psicología de la adaptación social. No se plantea en  ningún momento que en la no adaptación social pueda existir para el enfermo un valor cultural supra-psicológico más importante y realizativo que el de la integración armoniosa con su medio social dado. El “sentido común”, muy alabado por Adler, que afirma que todos debemos llevarnos bien con el medio en el que hemos nacido y que debemos integrarnos funcionalmente en él, no es puesto nunca en cuestión por esta psicología. Pero puede ser el caso que la “tendencia depreciadora” del neurótico, con la que él trata de reforzar su “sentimiento de personalidad” originariamente herido, esté justificada objetivamente en algunos casos, y que el desprecio hacia el medio social y las personas que lo forman sea lo que ese medio y esas personas se merecen, e incluso que ese desprecio sea la actitud correcta incluso moralmente, con independencia de cuál haya sido la génesis psicológica de tal sentimiento de desprecio.

Por último manifestaremos abiertamente cuál es nuestra posición sobre la pretensión de verdad de la psicología de Adler: la teoría psicológica de Adler es más verdadera, pero la de Freud es más subversiva, la de Jung más bonita y la de Lacan de mayor alcance filosófico, y en lo cultural, en la producción de obras  de valor humano, no destinadas a la dominación de la realidad sino a la creación de mundos que enriquezcan la vida y sus perspectivas, lo que importa no es la verdad sino lo interesante y la profundidad.                   

 

                                  

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Etiquetas:   Filosofía   ·   Psiquiatría   ·   Neurosis

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