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La subversión del drama en la metaficción de la novela Vidrios en el parque, de Gabriel Martínez Bucio.


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28/06/2018


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Si no voy a cambiar al mundo, cuando menos puedo demostrar que no todo aquí es drama. (Humorista: agítese antes de usarse, Jorge Ibargüengoitia.)


Prepárate lector. Acomódate en tu asiento para ver cómo los músicos afinan ya las cuerdas. El arco de los violines es una risa tibia que nos devuelve un cálido eco de la infancia. El actor es un joven llamado Gabriel dispuesto a hacernos ver la dicha de la locura que hay en querer seguir siendo un niño. Porque no queda claro que este modelo de vida “normal” sea el que haga verdaderamente feliz a la gente. Más bien parece que acatar las normas básicas de la educación y el buen comportamiento la pasividad y la adaptación social reinante nos esté llevando a la destrucción. Por ello hemos de estar siempre despiertos, no adormilarnos con promesas del pasado ni del futuro, construir un mapa ex-temporal y metafórico donde poder desdramatizar las idas y venidas de la suerte, donde poder romper las normas y reírnos de la tristeza frente a frente y reconstruir los pasos dados.

Hay una extraña profundidad en la mezcla del drama y el humor. Provoca un impacto muy especial. Grandes autores ya han jugado con este estilo y han obtenido maravillosos resultados. Tal vez sea porque el exceso de drama acaba por bloquear al receptor y, mezclado con el humor, provoca algo diferente. En este caso, el resultado es como mirar el reverso de un payaso triste, el lado cómico y ficticio de la tristeza. El reflejo de una vívida sonrisa sobre un vidrio que se desintegra en un parque olvidado. El ansia de traspasar el escenario y convertir la memoria en una sinfonía.

El ejercicio de utilizar la realidad como pretexto literario se lleva hasta las últimas consecuencias. Convertido en personaje, Gabriel decide explorar más a fondo los entresijos de la metaficción. En un pasaje afirma:

“(...)los profesores y amigos están todo el día con la cantaleta de debes ser más honesto con tus textos, Gabriel, basta de tanta referencia a los muertos y escribe sobre lo que te pasa. En esas ocasiones, yo quería responderles «dadme una máscara y os diré la verdad», así, con la terrible españolización del aforismo de Wilde para irritarlos más. Pero me acobardaba y soltaba: ¿Y si no me pasa nada? Me miraban como a un extraño. ¿No sería mejor escribir sin tomarnos tan en serio? ¿Sobre una risita que nos despierta a la mitad de la noche? ¿Crónicas ficticias sobre sombras y mentiras? O, mejor, pura metaficción del lenguaje, a lo Macedonio, a lo Blanchot. Solo si sirve como símbolo de algo que te ha sucedido, me respondieron una vez antes de darme la espalda.”

Así parece que empieza el experimento de Vidrios en el parque. Un juego en el que el autor se funde con su obra y quebranta todas las fronteras entre realidad y la ficción en un palpitante ejercicio de estilo.

Para hablarnos de amor, escoge situaciones tan cotidianas como los miedos de una joven pareja a dar el paso de quedarse a dormir por primera vez en la casa ajena, o una misteriosa carta de un antiguo amor, etc. Pero nos narra su realidad indeleble de una manera sublime a través de metáforas como un pequeño latido que se cuida entre las palmas de las manos, como una animalito caliente que se protege por miedo a repetir el pasado, o una lista de maneras de contestar correctamente a un e-mail evaluando los posibles tonos: cordial y distante, cínico mexicano, dramático y decimonónico, recriminatorio y moralista, metafórico y memorioso, oficial y burlón, cortazariano y enigmático.

Nos relata pequeñas noticias, cuya referencia es la trágica realidad de los sucesos violentos en México, utilizando el absurdo para expresar la honda desproporción de dichas noticias y la necesidad de cambiar la pasividad ante ellas.

Una visita a la Habana en la que se hace un detallado recorrido por la iconografía de la isla, con una hábil e irónica referencia entre La invención de Morel y La invención de Fidel.

Extraños negocios de calibrado de sombras cuyo trasfondo es una crítica a la aparente pulcritud social imperante, la alienación de los individuos a través de la imposición de sus preferencias vitales.

En resumen, este libro nos transporta lejos de la realidad para poder verla, revivirla, almacenarla como a un animalito o mutarla en fragmentos de vidrio esparcidos por algún parque que la memoria pisoteará con sus propios juegos de metaficción.





Gabriel Martínez Bucio, (Uruapan, México, 1989). Estudió Letras en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y perteneció a la novena generación del Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona. Recibió el Premio Nacional de Ensayo Punto de Partida (UNAM) por su trabajo sobre Macedonio Fernández. Sus textos han aparecido en medios de España y América Latina como Crítica, Animal Político, 14ymedio, La Guarida, Letralia, Intemperie, Le Miau Noir, El Barrio Antiguo y Periódico de Poesía, entre otros.



Etiquetas:   Literatura   ·   Novela   ·   México

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