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Relato breve "Media hora" de Teresa Argilés


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06/06/2018


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Alargó la mano y paró el despertador. Eran las siete de la mañana. Un día más. Se levantó y comenzó con sus rutinas diarias.


Primero puso la radio, después fue a la cocina, conectó la cafetera y preparó las tostadas. La máquina ya estaba caliente, cargó el depósito del café y colocó la taza, miró y como siempre se fijó en el hilillo de café que se iba depositando en el centro de la taza, tenía que ser en el centro…

Esta rutina era diaria, tenía el tiempo medido. Nunca le imprimía a sus mañanas la rapidez del que siempre le falta tiempo para todo.

Lucas era metódico, lo tenía que tener todo controlado. Sus días era lentos, monótonos, nunca pasaba nada en ellos, tampoco sabía si quería que pasase algo. Su trabajo en la cabina de entrada del Gran Banco Central no era estresante, cosa que agradecía, además esas cuatro paredes que le aislaban del resto del mundo era su salvación.

Desde pequeño le había costado relacionarse con todo el mundo, ya fueran familiares o amigos. Siempre le juzgaban diciendo, que era huraño o un solitario enfermizo, nadie podía tocarlo, rechazaba el contacto con quien fuera. Su problema tenía nombre, Síndrome de Asperger.

Trabajar donde lo hacía era su salvación, aparte de la barrera personal que él establecía, el cristal agujereado que le separaba de los posibles contactos, era un muro perfecto. Para él era idóneo; desde allí escribía sus artículos, anónimos, para una revista de divulgación científica sobre el cosmos, era un experto en la materia, pero no podía darse a conocer.

Lucas debía estar en su puesto a las ocho de la mañana, pero cinco minutos antes, ya estaba allí, esperando a que el compañero que hacía la vigilancia durante las noches abandonara la garita.

Había amanecido una mañana gris, a él le gustaba más el sol.

—¡¡¡Otro día será!!! —pensó Lucas.

Siempre actuaba igual, y esperaba lo mismo del día que se iniciaba. La garita estaba estratégicamente colocada; desde ella veía los coches que entraban, si era de algún directivo autorizado del banco levantaba la barrera, deslizaban el coche unos cinco metros más, y una segunda barrera dejaba el coche en estanco, mientras, la persona de puesto comprobaba la identidad del coche y del conductor. Si era un visitante, registraba en el ordenador los datos, le decía dónde debía situar su coche y le entregaba un distintivo de visitante, pero sin que hubiera contacto entre ambos.

A Lucas no le hacía falta consultar el ordenador, su cabeza ya lo era y con un golpe de vista reconocía a ambos. A las diez de la mañana casi cada día, habían llegado todos y las plazas estaban cubiertas, pero aquel día una de ellas estaba libre; se extrañó.

Comenzó a ponerse nervioso, era el director general el que faltaba, íntimo amigo de sus padres y además su tutor (aunque esto, él, no lo sabía).

No había transcurrido ni cinco minutos cuando el coche apareció en la rampa de bajada, cuando accionó el botón para levantar la segunda barrera no le vio buena cara al conductor, pensó que algo le pasaba, Lucas se puso a temblar.

—¡¡¡Don Juan, don Juan!!!, —levantó la voz Lucas.

No sabía qué hacer, abrió la puerta del copiloto y con manos temblorosas, pero a distancia, le preguntó:

—¿Qué le ocurre, don Juan?, —le puedo ayudar…

Guardaba una distancia prudente, no se atrevía a tocarlo.

—¡¡¡Quítame el cinturón!!!, —susurró el hombre.

Con la puerta del coche abierta y medio cuerpo dentro del coche, Lucas se lo pensaba, la voz del director cada vez era más tenue, debía acercar su oído a la boca del hombre para entender lo que decía.

—¡¡¡El cinturón, por favor, quítamelo!!! —repitió— y coge la bolsa que tengo en el asiento del acompañante —susurraba de manera ininteligible.

El muchacho, muy nervioso, solo pudo decir, —¡¡¡sí, sí!!!

Esta rapidez de movimientos era incomprensible para él que era una persona de ritmos lentos y previstos.

—¡¡¡Sácame la chaqueta…!!! —entendió Lucas—, rodeó el coche y cogió la bolsa que le indicó, las manos le temblaban, tendría que tocarlo —pensó para sus adentros.

Abrió la bolsa y halló un papel que decía: Soy diabético, si estás abriendo esta bolsa ponme un inyectable del lápiz azul y llama al servicio de urgencias 112

—¡¡La camisa, la camisa!!!—le pareció oír.

Lucas temblaba y sudaba como si estuviese en un estado febril extremo, le desabrochó la camisa y dudó si clavarle la aguja o no. El director con un leve movimiento de hombro le indicó la zona donde ponérsela.

Mientras hacía esto, sacó de su bolsillo el móvil, ahora ya sabía para que lo necesitaba, llamó al servicio de emergencias y en pocos minutos llegó una ambulancia.

Subió las barreras y entró el vehículo, que no estaba registrado, tengo que anotarlo pensó Lucas. Bajaron de él un médico y una enfermera y comenzaron a hacerle preguntas al chico, al tiempo que atendían al enfermo.

Mantenía una cierta distancia con los sanitarios y éstos no distinguían sus respuestas.

—¡Acérquese, por favor! —le dijo el médico. Se frotaba las manos y bajaba la cabeza como queriendo imitar a las tortugas…

—¿Qué le ha ocurrido? —le volvió a preguntar.

Lucas, con voz entrecortada y con sus tics de manos más acentuados, le explicó lo ocurrido.

El médico notó que Lucas era una persona extraña, y le advirtió —no te acerques mucho así no le quitamos el aire—. De esta manera se relajó Lucas.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Lucas señor, me llamo Lucas, contestó, clavando su mirada en el suelo.

—¿Quién es este señor? —le volvió a preguntar.

—Es don Juan, el director general del banco.

—Lo has hecho muy bien Lucas, le has salvado la vida.

Lucas dio un paso atrás, sin darles la espalda. Eran las diez y media de la mañana. Había vivido la media hora más frenética de su vida y había tenido que acercarse a mucha gente, tres personas, para él, eran muchas.

Regresó a su cabina, cerró la puerta, se miró las manos y pensó: No me ha ocurrido nada, estoy bien.

Tengo que registrar la entrada y salida de la ambulancia.







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