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Relato breve "Me llamo Joao y busco a mi familia" Teresa Argilés


Inicio > Mis composiciones
25/05/2018


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«Me llamo Joao y busco a mi familia». Es lo que ponía al pie de la foto.


Esta era la frase que había debajo de la foto que apareció en el periódico un día de invierno del año 2000.

Así, sin más detalles. Ni un teléfono, ni una dirección, ni siquiera un correo electrónico. Estas tres opciones de comunicación en las que cualquiera podría pensar a estas alturas de la vida no se le ocurrían a Jacinto, que con sus gafas de pasta y con cristales de culo de vaso, estaba en el bar del pueblo tomando su café de media mañana.

Fue pasando las hojas y tratando de leer los titulares de las noticias, pero esa foto que había visto no se le iba de la cabeza. Le costaba leer por lo poco que se veía y por lo poco que había ido a la escuela; eso de juntar palabras no iba con él, pero para ver las fotos no necesitaba nada más que tener buena vista, justo lo que a él le faltaba.

Volvió a la página donde la vio y se acercó un poco más al papel, casi le rozaba la nariz.

—¿Juan, no tendrás por ahí una lupa? —le preguntó al camarero.

—Tendré que mirar, pero no hagas mucha cuenta de que tenga una cosa de esas —le respondió con cara de incrédulo.

—«Juan, no me tires esta hoja del periódico, mañana me la llevo», —le dijo al dueño del bar, sin obtener el objeto que necesitaba para detenerse mejor en ella.

En Castillejo de dos Casas, provincia de Salamanca, casi pegado a Portugal, nunca ocurría nada. Eran pocos habitantes y alguno de ellos casi nunca había salido de allí. Jacinto y su padre, Aniceto, formaban parte de esa reducida lista.

Aniceto tenía 93 años muy trabajados. Tuvo muchas bocas que alimentar. Pastó con ovejas, segó muchas mieses y pasó mucho frío en el monte para poderles dar algo de comer cada día.

Jacinto volvía a mirar la foto una vez más.

—La vas a desgastar “numeroso” (así les llamaban en el pueblo) —le insistió el hombre.

Él creía reconocerse, pero no estaba seguro. Recordaba, en sus momentos de lucidez, que su padre le decía, cuando podía expresarse, que habían sido muchos en la casa, pero ahora solo estaban ellos dos.

Hasta donde su vista le daba alcanzó a contar a quince personas, entre ellos estaban su padre y su madre, suponía.

—Aquí te dejo el periódico Juan, recuerda guardarme la hoja que te he dicho, por favor —insistió Jacinto con sus palabras entrecortadas y sus tics.

—¡Sí hombre, no te preocupes, que te la guardo! —Juan puso cara de circunstancias y pensó, «esto tenía que llegar».

Jacinto se marchó con la mente puesta en la foto.

Se decía de él que no tenía muchas luces, por eso no lo habían dejado marcharse del pueblo.

«Puede que no tenga muchas luces y poca vista, pero yo creo que estoy en esa foto, o al menos recuerdo haberme puesto en algún sitio para que nos hicieran una foto a todos».

Cuando llegó a su casa, se puso a revolver en los cajones buscando algo, no sabía qué, pero buscaba. Aniceto, el padre, estaba en la misma posición que lo había dejado cuando se marchó al bar. Ya hacía años que le había dado un infarto cerebral, le afectó al habla y a la movilidad. La mitad de su cuerpo estaba paralizada y la otra mitad, la artrosis le tenía consumido. Jacinto se ocupaba de él desde que había muerto su madre.

El anciano no hablaba, pero seguía con sus ojos los movimientos de su hijo que no dejaba ningún cajón por abrir, ni nada por escarbar.

—¿Padre, es que no hay ninguna foto en la casa? —le preguntaba como si le fuese a contestar.

Se volvió a mirarlo, como esperando una respuesta, pero Aniceto no articuló ni una palabra, hubiera sido un milagro, parpadeó en varias ocasiones como queriendo decirle algo, pero Jacinto esas señales ni las entendía, ni las entendería nunca.

—Pues mañana, le voy a traer una y va a ver lo que yo acabo de ver… Que por lo visto no dejó de preñar a madre en ningún momento, que yo lo que he visto no me lo invento, menudo pájaro… ¡habrase visto!

Con esta perorata se pasó Jacinto un buen rato, hablándole a su padre sin obtener respuesta. Cada pregunta que le hacía la encadenaba con otra, fue un soliloquio de aquí te espero.

Cuando se hubo cansado, preparó una sopa, lo incorporó en el sillón y le dio la comida.

A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Jacinto apareció por el bar y Juan le dio la hoja del periódico que le había guardado. Estaba nervioso, el camarero advirtió el estado en el que se encontraba.

—Jacinto, hoy te pondré el café descafeinado, que estás muy nervioso.

—Tú mandas. Juan has visto la foto…

—Claro, hombre. Ahí estáis todos “los numerosos” —le aclaró.

—¿Cómo que todos? —preguntó intrigado.

Juan, que ya tenía sus años también, conocía la historia de la familia.

—¿Juan, tú me contarás lo que yo no sé? O no me acuerdo, vaya usted a saber…

—Yo no soy quién para contarte nada.

—Y, ¿quién me lo va a contar? Tú eres del pueblo y tienes bastantes años menos que el viejo de mi casa, algo sabrás —le dijo con más aplomo del que Juan esperaba de él.

—«Mira Jacinto, la historia de tu familia es muy larga y complicada, tu padre no ha sido mal hombre, pero tenía su punto. Tu madre era una bendita mujer que le tenía mucho miedo y accedía a todo lo que el quería. No se le podía contradecir en nada, enseguida pasaba un no se qué por su cabeza que le hacía perder la razón».

—Pero Juan, aquí en esta foto —dijo señalando la hoja del periódico que le había guardado—, somos muchos… Yo no me acuerdo de nada…

—Jacinto, cuando tu madre tuvo a esa pequeñita con vestido blanco que ocupa el último lugar, se desataron todos los problemas —le decía Juan—, tú te enfrentaste con tu padre días después de hacer la foto. Le decías que la dejara en paz, que ya estaba bien de traer hijos al mundo a los que después no podía alimentar.

Jacinto escuchaba atentamente a Juan, con la foto pegada a su nariz y con cara de incredulidad. Cada cosa que el hombre le contaba era un despertar nuevo en su vida, como empezar a saber quién era.

Juan comenzó a contarle:

«Por aquellas fechas de los años sesenta y setenta el caudillo daba unos premios anuales por familia numerosa y a tu padre se le metió en la cabeza que él tenía que llevarse un premio de esos. Pero quería el primero de todos, el que daban más dinero. Esta foto está tomada el día del Padre de 1970, y esa pequeña que está delante de tu madre es el último hijo que parió. Después del parto estuvo bastante mal y le dijeron que ya no tendría más descendencia. Tu padre se volvió loco y quiso pegarle a tu madre, te interpusiste entre ellos, como hijo mayor que eras y todos los golpes fueron para ti. El que recibiste en la cabeza te tuvo mucho tiempo en el hospital de la beneficencia de Salamanca y tu madre no se movió de tu lado. Cuando tu padre se vio en la casa, él solo con tanto crío, se volvió loco. El cura y el alcalde arreglaron que los dos que te seguían en edad se quedaran en el pueblo con tu padre y los otros diez se los llevaran donde dispusieran las autoridades y cuidaran de ellos».

Juan, apostado en la barra del bar, con su cabeza entre los brazos, no entendía nada de lo que Jacinto le estaba contando.

—¿Estás diciendo que todos estos son mis hermanos? —Manifestó pasando el dedo por encima de todos ellos.

—Sí. Todos son tus hermanos y hermanas.

—Yo no los he visto nunca, Juan. O si los he visto no me acuerdo. Pero, ¿ahora, dónde están? —le preguntaba dando por sentado que él lo sabía todo.

—Jacinto yo todo no lo sé. Por aquí se dijo que todos los que se marcharon fueron adoptados por otras familias. Los dos que se quedaron, Aniceto y Manuela, cuando tu madre volvió al pueblo contigo se marcharon a trabajar fuera, no querían vivir bajo el mismo techo que tu padre.

La voz de Juan se iba debilitando y no quería seguir.

—¡¡¡Juan, sigue hablando!!! —gritó Jacinto fuera de sí.

En otras ocasiones que Jacinto había tenido algún arrebato de ira, daba resultado ponerse a su lado y abrazarlo. Juan salió de la barra y se puso a su lado. Le echó el brazo por los hombros y trató de abrazarlo. Jacinto era previsible y reaccionó como Juan esperaba.

Lloraba como un niño al que le han arrebatado un juguete.

—¡Venga hombre, cálmate! —le decía con la voz entrecortada.

—Y ahora ¿quién pone esta foto aquí? —preguntó con la inocencia que tenía, dando muestras de que muchas cosas no las entendía.

—Pues eso no lo sé —le respondió Juan—, puede ser el más pequeño de los varones de todos, a saber.

—Si al menos el viejo de mi casa hablara y me dijera algo, podría saber más.

—Jacinto, es mejor que dejes las cosas como están —le repetía Juan, sin querer entrar a darle más explicaciones.

Jacinto se marchó cabizbajo y con peor semblante que cuando salió de su casa. Juan se quedó pensativo, sabía que esto podía llegar en algún momento, él no sabía como podría reaccionar de aquí en adelante el bueno de Jacinto. Las lesiones cerebrales que le habían quedado eran evidentes, pero la tranquilidad de su vida y los pocos sobresaltos que en ella ocurrían no eran motivo para que se alterase en ningún momento.

¿Cómo podía explicarle Juan, que no estaban solos su padre y él? Y que sabía quien ponía el anuncio del periódico.

Manuela, la mayor de las chicas se encargó de saber dónde estaban todos los hermanos, excepto la más pequeña. Era la que se encargaba de que todos aportaran una pequeña cantidad al mes para que Juan, el del bar, les llenara la despensa y avisara al médico si algo no iba bien. Ella sabía en todo momento como estaban las cosas en el pueblo. Ninguno quería saber nada de su padre, pero Jacinto estaba con él y era el que había dado la cara para que no maltratara a su madre, se merecía al menos que sus hermanos supieran cómo marchaba su vida, cómo seguía con su enfermedad y que no le faltara de nada.

Juan levantó el teléfono y marcó un número, tan solo le dijo a quien descolgó: «Manuela, Jacinto ha visto la foto del periódico».

—Gracias, Juan. ¡Ojalá se muera pronto quien no merece vivir!







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