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Al día siguiente (el que sigue al día del libro)


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24/04/2018

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Todo se corrompe y se destruye con el tiempo; Saturno no cesa de devorar lo que engendra, y, sin duda, toda la gloria del mundo se desvanecería en el olvido si, como remedio, no hubiese dado Dios a los mortales el libro.


Ricardo de Bury, Filoblibión o muy hermoso tratado sobre el amor a los libros.

No soy nada partidario ni de celebraciones ni de grandes concentraciones. No me gustan. Las únicas celebraciones que soporto son las muy íntimas, aquellas que sólo requieren el concurso de dos personas. Nada más. Nunca voy, pues, a la feria del libro, ni a eventos similares. Pero antes de seguir adelante, ya que a todo el mundo se le hace la boca agua cuando habla de don Miguel de Cervantes, en cuyo honor parece que se celebra el día del libro, cabría decir que, tal vez, en lugar de esta fiesta, habría que celebrar la fiesta del idioma. Podría entonces, en parques y alamedas, crearse varias casetas, las casetas de las palabras, en las que se recogieran las faltas y muletillas más extendidas a fin de corregirlas y respetar un poquito el idioma. Por eso este artículo se titula como se titula, pues harto estoy de oír ese necedad de *el día después, o el señor tal ha fichado por la empresa cual. El verbo contratar está siendo desterrado de nuestro idioma. Ahora no contratan a nadie: fichan a todo el mundo. Y un día no sigue a otro día, sino que va después. Pero hablemos de libros, que es lo que toca.

No recuerdo si fue Goethe o Tolstoi, ya tengo mis años, y confundo muchas cosas, quien dijo aquello de “cuidado con lo que deseas de joven porque lo alcanzarás de mayor”. Como frase no está mal, es brillante. Ahora bien, a lo largo de mi vida he deseado muchas cosas y alcanzando muy pocas, tan pocas que, estoy totalmente de acuerdo con Balzac cuando decía que al hombre habría que juzgarlo por sus aspiraciones, no por sus logros. Si es así, iré al cielo. Dentro de mis logros está el haberme hecho con una biblioteca que no está nada mal. De joven en mi casa no había dinero para libros, así que me pasaba la vida soñando con ellos. Ahora no puedo abarcar todos los que se amontonan sobre la mesa. Allí están los pendientes de leer. Y son multitud.

Por si esto fuera poco, el otro día un amigo desmanteló su chalet. En este, en una amplia y envidiable habitación, tenía una ingente librería. De ella me traje un buen montón de libros. Ahí están, como amigos mudos, esperando que los llame para participar en la fiesta.

Mi hijo mayor está haciendo el trabajo de fin de carrera, pagado con mi sangre, sudor y lágrimas, de Informática. No importa la especialidad. A fin de practicar siempre está cambiando programas del ordenador, mareándome con esta variante y aquella novedad, y experimentando con nuevos programas. Por ello mismo se le ocurrió hacer uno para catalogar todos los libros de casa. Ha venido muy bien porque hemos aprovechado para quitar el polvo de las estanterías. Había un poco.

Nos hemos distribuido la tarea, poniéndonos de acuerdo en la numeración y distribución de los estantes. Y hemos comenzado la faena. Me he acordado, y mucho, del Cura y del Barbero cuando expurgan la biblioteca de don Quijote. Yo también me he demorado en algunos libros, muy viejos, y he recordado cuándo los compré, porqué y para qué. Y algunos, me ha dolido reconocerlo, estaban sin leer. O tal vez los leí en aquella época en la que me parecía un sacrilegio subrayar las frases de un libro. Y no sólo eso sino que los leía abriéndolos lo mínimo posible a fin de que no se desencuadernaran. Otros, a falta de corral donde quemallos, han ido a parar al contenedor de cartón y papeles. Otros los sigo guardando como oro en paño. Y otros, muchos más, los perdí y los añoro, tanto como a un ser querido.

Aprendí a leer con un catón en el cual, en dos páginas, medianas, con dibujos muy geométricos, se contaba la historia de Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno. Creo sinceramente que en la dificultosa lectura de esas páginas, junto a doña Pepita, mi rubia maestra en Caudiel, está el origen de mi afición a la historia y a la mitología. Recuerdo que unas páginas más hacia delante, o antes, ya no recuerdo, se hablaba de la importancia de saber leer. Para ilustrar dicho aserto se contaba la historia de un niño que no sabe leer, no entiende, por lo tanto, el cartel que hay en el banco del parque, “recién pintado”, y se sienta en él manchándose toda la ropa. Seguramente no comprendí lo que eso significaba en aquel momento. Pero poco después asistí a una escena que no se me ha ido de la cabeza pese a los muchos años transcurridos. Mi primo Salva, unos años mayor que yo, salió a dar una vuelta con la bicicleta que le habían dejado los Reyes Magos de Oriente. Tuvo la desgracia de caerse y de romperse los pantalones. Llegó a casa con las rodillas llenas de sangre y polvo, y con las mejillas bañadas en lágrimas y mocos. De nada le valieron ni la sangre, ni las lágrimas, ni las excusas. Su querida madre le pegó una paliza de padre y señor mío. Mi primo lloró como un bendito. Entonces me acordé yo del niño y del banquito recién pintado, de la paliza que le iban a dar, y ya no he podido separar una cosa de la otra.

Es curioso lo que sucede en esta vida: mi tía se puso hecha una furia porque su hijo iba a tener que ir con un pantalón rasgado, o con un siete, cosido y remendado. Eso en aquellos años era una deshonra, casi una vergüenza. Ahora, por el contrario, cuanto más rico se es, más agujeros llevan los pantalones con los que se visten y calzan y salen a la calle. Mi primo podría haber hecho el agosto dejándose caer de la bici y desgarrando los pantalones de los clientes. Vivir para ver. Y leer.

A mí nunca me pegaron por romper pantalones, gafas e incluso por romperme la cabeza, que me la rompí. Pero aquel viejo catón, y mi devoción por mi amable maestra, que no el temor a mancharme alguna camisa, me avocaron a lectura. No he dejado de leer desde entonces, ni darle las gracias a mi añorada doña Pepita. Ahora todo el temor que tengo es perder la vista y no poder seguir leyendo.

Hace muchos años también que nadie me pregunta lo que tuve que oírme en más de una ocasión: “¿Y eso para qué sirve?” Sinceramente no lo sé. O se me ocurren tantas respuestas que es mejor no decir nada. Sólo sé que no concibo mi vida sin los libros, ni esta hubiera sido como ha sido. Muy gozosa en muchos momentos por ciertas vivencias, ciertas personas, ciertos amigos, y por los muchos libros leídos, comenzados y aún olvidados. Ellos han sido mi placentera compañía en muchas y largas horas de soledad. No puedo decir nada más en tan señalado día. No he vuelto a ver a mi maestra. Pero, al igual que al catón y a Bucéfalo, nunca la olvido. Gracias, doña Pepita, y gracias a todas aquellas personas que han escrito algo buscando la felicidad o el bienestar de los humanos.



Etiquetas:   Libros

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