Melbourne no es lo que me presumieron, no vale lo que pagué -y sigo pagando- por habitarla y sin lugar a dudas, dista mucho de lo que imaginé, de lo que me vendieron…Porque más allá de su característico glamour, de su galardonada economía, de su innegable pero entrecomillada funcionalidad, de su envidiable gurmetería y de sus centenares de bares, parques y cafeterías, el más caro y “reluciente” de los elefantes blancos de la mancomunidad británica -el prestigioso y aterrador commonwealth-, ha comenzado a empantanarse con la misma rapidez y arrogancia con la que se convirtió en esa suerte de “gran Babilonia” que todos hemos volteado a mirar alguna vez.




