Me parece que, más allá de la literatura, hay un denominador común entre Ernesto Sábato, que murió el sábado pasado, a los 99 años, y Mario Vargas Llosa. Los dos han hecho de la defensa de sus convicciones un modo de vida que va más allá de su obra. Sábato quizás más enfocado en la denuncia de lo que consideraba injusto. Vargas Llosa a través de una consistente defensa de la libertad. Y lo han hecho con la pasión y con la fuerza que caracterizan a la gente que es especial. Esa gente a la que no le da lo mismo cualquier cosa. Que distingue, parafraseando a Discépolo, entre la Biblia y el calefón.




