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El camino que se observa por el reflejo de la pizarra; ¿Una visión de lo que podemos o la utopía que soñamos?


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23/10/2017

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“…Aparentando lo que no son, viviendo en un mundo de pura ilusión, diciendo a su hijo de 5 años no juegues con niños de color extraño, ahogados en deudas para mantener su estatus social en boda o cóctel” Rubén Blades. Siembra, canción: Plástico. 1978


 

A veces la labor docente pareciera estar abrazada en su contexto por deseos sublimes de una sociedad ideal, donde se combatan las deficiencias y se alcancen los sueños de quienes la habitan, una forma de imprimirle subjetividad a lo que hacemos en aula cuando interactuamos con aquellos que escuchan atentos (as) en un pupitre.

Y es que, en los tiempos de hoy, siempre sale a flote la situación crítica que nos caracteriza como pueblo, no hay momento en una clase que no se exclame la realidad como un vaso de agua fría en nuestras caras cuando revisamos la teoría y lo que “debe ser” en contraste con lo que “realmente es”.

Esa lucha filosófica entre lo ontológico y lo deontológico, define muchas veces de qué lado estamos en momentos de definir posturas, aquella parte de la clase inevitable para los paradigmáticos,  a quienes le  retumba en sus pensamientos que la educación no es ni neutral ni ajena a su entorno.

Pero quiero dedicarme en esta ocasión a insistir en el camino que se observa por el reflejo de la pizarra, pocos son los autores que se detienen en el sublime instante que aprecia un docente cuando en un aula de clases, ve el dibujo de un posible escenario a futuro con sus participantes.

¿Por qué no hablamos de ello? realmente existe esa premonición o se trata de una visión espontanea en la cual se avizora lo más inmediato que le ocupa a cada cual o en particular a  algunos de ellos, si no se tratase de un hecho premonitorio, ¿cómo puede el docente experimentado deducir que sus alumnos aprobaran el bachillerato, cuando apenas cursan el primer año? Abandonen toda explicación pseudocientífica en la cual tratan de calificar tal afirmación como un resultado de su experiencia, que su intento, sigue insistiendo en sustentar el análisis deductivo con que han sido formados (as), una visión clásica y conservadora. ¡A veces son visiones del camino marcado en la pizarra!

La función docente siempre tiende a enmarcarse en un modelo teórico que sustente su accionar, teorías del aprendizaje son guías en los procesos formativos, es una forma de educar con la razón y con el predominio de un hemisferio del cerebro humano, esa es la educación positivista que nos formo y sigue formando, pero el olfato que pueda tener un docente en el futuro inmediato de sus estudiantes, es dejado en un segundo plano por no ser una consecuencia del pensamiento lógico al  que estamos acostumbrados, aquel que marca las reglas y define las conductas de los educadores y educandos.

Necesario se hace entonces recorrer a la historia y aferrarse a ésta cuando personajes como Miguel Ángel aparecen como ilustraciones de nuestros discursos, no hacemos referencia a éste importante hombre de ciencia, como un personaje de la razón, por el contrario, nos referimos como el ejemplo de la pasión, de aquella que persiste, que sueña y cree, aquella que dibuja la utopía de las cosas. ¿Podemos poner en cuestionamiento los trabajos de Miguel Ángel por sus manifestaciones utópicas de descubrir nuevos horizontes?

Hablamos de insistencia en las cosas y pensamos en él, esa insistencia que queremos muchas veces que nuestros alumnos desarrollen, cuando a lo lejos o quizás más cerca, se vea potencial en ellos (as), esa solicitud se hace sin preferencia alguna, una distinción característica del docente, eso es debido precisamente a lo que podamos observar, no siempre se ve camino marcado, no siempre hay camino decía Serrat en sus letras. Quizás este escenario, se divorcie de la hipótesis que marca el camino en las investigaciones científicas, donde las cosas parten de la hipótesis para explicarse o desmentirse luego.

El tenor de estas letras surge en la reflexión misma de lo que hacemos en aula, sobretodo, en el hoy, tan golpeado por la economía y sus conflictos con la política, aquel momento cuando cuestionamos el alcance de lo que hacemos, no por definir si está bien o mal pedagógicamente hablando, si no por preguntarnos insistentemente si vale la pena o atinamos en lo que hacemos o inculcamos. ¿Será posible servir de ejemplo a los estudiantes en la utopía de un futuro inmediato mejor a lo que viven hoy? O, ¿debemos abandonar la utopía y sentarnos en una realidad que requiere que cambiemos incluso hasta los patrones de conducta que por años no han inculcado?

No podemos en mi humilde juicio, continuar con las costumbres y modos que nos enseñaron, la sociedad que tenemos no es aquella donde visitar a los amigos un domingo era el más sublime acto de cortesía, la tecnología se ha rebelado contra su origen y en lugar de unir, desune y separa a quienes la practican, ya el acto para retirar un título universitario no supera la emoción de unos likes en las redes sociales y por si fuera poco, ya el estudiante siente que lo que estudio, no es lo que aplicara en el plano laboral.

No basta con ejemplos de Miguel Ángel o conclusiones que otro haya expresado, hace falta en el hoy debatir lo que hacemos y su pertinencia, ¿pueden los estudiantes afrontar la realidad con las herramientas que les damos los docentes en aula o insistimos en una forma de hacerlo que perdió vigencia y requiere ser revisada? A veces solo tomamos una parte de lo que nos enseñan y la repetimos, la otra parte está allí, esperando ser considerada, quizás por ser utópico llegó a cristalizar el Homo Universalis, llegó a ser Polímata.

No insistas en repetir lo repetido, recuerda el texto cuando borres la pizarra.

 

 

(*) Profesor Universitario

edwarsmorillo@gmail.com



Etiquetas:   Aulas

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