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Las Ramblas retratan a los nazionalistas.... y a los no nazionalistas


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19/08/2017

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Decía John Fitzgerald Kennedy, en su discurso de toma de posesión, que en lugar de preguntarte qué puede hacer tu país por ti, deberías preguntarte qué es lo que puedes hacer tú por tu país. Pero aquí estamos hechos de otra pasta; aquí somos más del “piove, porco goberno”, y cuando vienen mal dadas siempre hay alguien a quien echarle la culpa sin mirar siquiera cuál es nuestra parte de responsabilidad en lo que ocurre.


Desde aquí quiero animar a todo el mundo a leer la novela Patria, de Fernando Aramburu, porque pocos libros como este nos ayudan a constatar cómo lo ocurrido con el terrorismo etarra durante cincuenta años no es tanto el resultado de la buena o mala gestión de los sucesivos gobiernos, como la consecuencia de una sociedad enferma (en este caso la vasca) que hizo posible la sinrazón por la que casi un millar de personas perdieron su vida, miles de ciudadanos arrastrarán secuelas perpetuas, decenas de miles tuvieron que exilarse de su tierra, y otras tantas tuvieron que sufrir un exilio interior que les relegaba a ser parias que ni siquiera tenían derecho a manifestar sus ideas.

Los síntomas de la Cataluña actual están empezando a parecerse peligrosamente a los de aquella enfermedad de la sociedad vasca.

La sociedad catalana lleva demasiado tiempo viviendo de espaldas a la realidad. El secesionismo y su argumentario lo ocupan todo, y no dejan hueco para ver cómo se está gestionando la sanidad, le educación, o incluso la seguridad de los ciudadanos catalanes por parte de la Generalitat. En los más de 30 años de Estado de las autonomías, Cataluña no ha hecho sino perder su pujanza económica en el marco de España, en favor de comunidades autónomas como la madrileña, la balear o la navarra. Su sanidad roza el caos, y lo único que salva a sus finanzas de la quiebra es la cobertura de ese Estado Español al que tan a menudo se acusa de no ocuparse de Cataluña.

Pero de lo único que se habla es de sí referéndum si o no, o de si el 155 para arriba a para abajo, de embajadas, de naciones, o incluso de si Santa Teresa era catalana o de Ávila. Pero ¿Cuántas voces se han alzado dentro de Cataluña contra la parálisis del Gobierno de la Generalitat en lo que respecta a la gestión de los problemas reales de los catalanes? ¿Cuántos catalanes se sumaron a los escasos héroes que se atrevieron a acudir a la justicia para reclamar que sus hijos pudieran estudiar en español? ¿Cuántos han participado en manifestaciones reclamando la españolidad de Cataluña? ¿Cuántas voces se alzan contra la Generalitat por la práctica quiebra económica de su Comunidad Autónoma? La respuesta a estas preguntas la sabemos todos.

Sin ir más lejos, en las últimas elecciones autonómicas, los partidos abiertamente independentistas consiguieron 83 de los 135 escaños del parlamento catalán. Y si tenemos en cuenta la tibieza y ambigüedad del PSC, podríamos decir que los partidos decididamente constitucionalistas (C’s y PP), alcanzaron en las últimas autonómicas catalanas 36 de los 135 escaños posibles. Esto contesta a las preguntas anteriores mejor que cualquier encuesta.

El atentado del pasado 17 de agosto ha puesto de manifiesto que el nacionalismo catalán es capaz de poner su ideario incluso por encima de la seguridad de los catalanes. Sólo así se explica que la Generalitat decidiera cargarse a la cúpula de los Mossos un mes antes del atentado, por el simple hecho de manifestar que estaban obligados a hacer respetar el actual ordenamiento jurídico. Sólo así se explica que los Mossos se rebelaran abiertamente contra la recomendación del Ministerio de Interior de instalar bolardos en las zonas de grandes aglomeraciones, esgrimiendo que Cataluña no sufría ninguna amenaza concreta (debían pensar que el pacto con los etarras en Perpignan era también extensivo al terrorismo yihadista).

¿Y qué decir de la explosión de la casa de Alcanar? Pues que sólo caben dos posibilidades: o que los Mossos no supieron identificar que se trataba de actividad terrorista, o que si lo supieron decidieron no comunicarlo a las fuerzas de seguridad del Estado que son las competentes en este tipo de delitos.

Ante esto la mayoría de la sociedad catalana sigue cerrando los ojos. No esperen manifestaciones como las del 12-M frente al Palacio de la Generalitat exigiendo responsabilidades. En cambio, incluso desde ámbitos catalanes no nacionalistas se culpa al Gobierno de España por no haber declarado el nivel 5 de alerta, o se pone el foco en si S.M. el Rey y el Presidente del Gobierno debían haber paseado por las Ramblas después del minuto de silencio o no. Como si el nivel máximo de alerta y la presencia militar hubieran evitado los atentados en Francia, o como si un paseo por las Ramblas fuera la solución a los problemas que vive hoy Cataluña.

Decía Blas de Lezo que una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden, y Winston Churchill que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. A lo mejor buena parte de la sociedad catalana necesita al menos 10 años de Cataluña independiente, gobernada por la Esquerra y la CUP, para darse cuenta.

 



Etiquetas:   Terrorismo   ·   Cataluña   ·   España
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