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La leyenda negra y la negra educación


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22/06/2017

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Nada hay que marque de una manera más exacta el nivel moral e intelectual de un pueblo que aquellas cosas que este pueblo pone en ridículo y en las cuales halla su esparcimiento.


Azorín, Política y literatura.





Aquella mañana vi a querida amiga más animada. Últimamente estaba mucho más ágil que yo. Y se levantaba más pronto, lo cual no dejaba de molestarme, pues siempre me he tenido por gran amigo de madrugar. Me estaba esperando con una taza de café humeante. Una para ella y otra para mí.

-Buenos días. Aquí tiene su café. Con sus tres pastillas de cianuro, como dice usted.

-Buenos días y muchas gracias. ¿Qué tal está hoy?

-Muy bien, gracias a usted. Y con ganas de hablar. Hoy quería hacerle una pregunta si no le molesta: ¿Usted hizo el servicio militar?

-No me molesta. Y sí, señora. Con mucho esmero y mucha dedicación serví a la patria. Ascendí a cabo. Si la guerra llega a durar unos años más hubiera llegado lo menos a centurión.

-Me cuesta imaginármelo a usted llevando armas.

-Pues resulta que las armas me encantan. Pero, claro, una cosa es jugar con ellas y otra muy distinta matar personas. ¿Y a santo de qué viene esa pregunta?

-No sé. Me lo imaginé anoche vestido de romano, y me entró un ataque de risa.

-Peor hubiera sido que me hubiese visto de bárbaro. Aunque esto de las definiciones, como sabe usted, es para andarse con pies de plomo.

-¡Hombre! Yo creo que sí que hay diferencias, y grandes, entre un bárbaro y un romano. Tanta como pueda haberla en jugar con las armas o en utilizarlas para matar.

-Por supuesto. Pero también entre los romanos había bárbaros. Si nos atenemos a la etimología de las palabras.

-Si el ser bárbaro o no se define por la forma de hablar, tendremos que concluir que sí, que hubo muchos bárbaros, y que todavía los hay. Se lo digo porque el otro día estuve oyendo un debate por la radio.

-¡Dios mío! ¿Cómo se le ocurre? ¿Tan aburrida estaba usted?

-No sé. Sentí la necesidad de ponerme al día. Y todo cuanto oí de ese debate fue vergonzoso, de una zafiedad supina. Impropio de unas personas que dicen representar a unos cuantos ciudadanos. Si es así, el país está hecho una piltrafa. ¿Por qué tienen que meterse con la privada de cada uno? ¿Y airear si esta está con aquel o aquella con el demás allá?

-Ahí le ha dado. Se insultan porque no tienen argumentos. En la cabeza sólo tienen aire. Yo creo que si siguiera en activo, en las clases, en vez de poner películas, pondría sesiones en el parlamento español. Para que vieran los alumnos cómo no tienen que comportarse ni hablar, ni en público ni en privado. Algo parecido a lo que hacen en las cajetillas de tabaco: el ministerio de sanidad pone un pulmón canceroso para advertirte a dónde vas a llegar si sigues fumando; y yo les pondría esas sesiones a los alumnos para alertarlos en contra de la barbarie, de la estupidez, de la falta de educación y de la más elemental de las cortesías.

-Es lamentable, desde luego. Y cobran por eso, y pasan por personas educadas.

-La otra tarde, y no le dije nada porque ya sabía la respuesta, me fui al cine.

-Qué raro en usted.

-Sí, es un poco raro, ya lo sé. Pero es que con las películas pasa lo mismo que con los libros: o las ve y los compras cuando salen, o, luego, para hacerse con ellos es un martirio.

-Eso era antes, no exagere. Ahora con Internet puede conseguir lo que quiera. Dígame usted que le apetecía irse al cine y en paz.

-Vale. Me apetecía ir al cine. Confieso que soy un purista y que me gusta ver las películas en el cine. Y si es posible, que la película ocupe toda la pantalla. Estoy un poco harto de ver cine en la televisión, de dejarme los ojos para tratar de averiguar, con esas cabezas de alfiler de los protagonistas, si este es aquel o aquel es el otro. Y lo que vi allí, en el cine, me sorprendió agradablemente.

-Comprendido. ¿Y qué sucedió en el cine que le sorprendió tan agradablemente?

-Llegué muy pronto. Saqué la entrada y me senté en mi cómoda butaca. Al cabo de unos veinte minutos comenzó a entrar gente. Pero para mi sorpresa todos los que entraban eran adolescentes. Iban todos cargados con unos enormes cucuruchos llenos a rebosar de palomitas, y con los móviles conectados.

-¡Vaya por Dios! Y a usted se le pondrían los pelos de punta.

-Efectivamente. En principio porque pensé que me había equivocado de sala. Entre otras cosas porque, por lo leído, aquella película no era para adolescentes. Creo yo. Y luego porque pensé que me iba a resultar imposible, por sus risitas y comentarios, disfrutar de la película.

-Y le dieron la tarde.

-Todo lo contrario. En mi vida he estado con un público más educado y respetuoso. Nada que ver con los grupos de personas mayores con las que me tropiezo de vez en cuando. La última vez se sentó a mi lado una necia, y no cumplía ya los setenta, que tenía que leer todos los nombres que aparecían en la pantalla. Y hacernos saber, además, que aquel se llamaba igual que el conferenciante del otro día que les habló sobre el amor tras la viudedad...

-Hay gente que es maleducada con ganas. Pero creo -añadió sonriendo- que es problema de la soledad: le informó enseguida que estaba viuda y disponible.

-Está usted muy graciosa hoy. A pesar de que la sesión era numerada, como los cines nunca se llenan, me separé de ella inmediatamente. Mi desplante no frenó su cháchara. Alguien del público, no obstante, le gritó que se callara, que todos los que estábamos allí sabíamos leer. A la mujer le dio un soponcio y no volvió a rechistar. En la sesión de ayer, los jóvenes, por el contrario, ni abrieron la boca como no fuera para llenársela de palomitas. Claro que aquella película tampoco era para jóvenes al uso.

-¿Y qué tal la película?

-Muy bien. Me gustó mucho. Pero no es de esta de la que yo quería hablarle. Lo que ha dicho usted al principio sobre los bárbaros me ha traído a las mientes la que vi en mi habitación.

-¿Vio más?

-Sí. Esa misma noche. Mi hijo me ha regalado una pantalla. Y un montón de películas. Vi una escandinava. Creo que la primera película escandinava que veo en mi vida. Se titula La novia del diablo. Y está dirigida por una mujer. Su apellido le sonará: Saara Cantell.

-Sonarme no me suena, pero parece un apellido catalán o valenciano.

-Sí, eso pensé yo también.

-¿Y qué tal la película?

-Más que correcta. Muy bien. Está basada en hechos reales. Es una persecución de brujas que hubo en 1666 en la isla de Asland, entre Suecia y Finlandia.

-¡Hombre! Los territorios de Persiles y Sigismunda.

-Los romanos por lo menos no estuvieron por allí. Pero no es eso lo relevante. Lo que me llamó la atención es algo parecido a lo que le he comentado antes: ni los bárbaros habitaban fuera de Roma o Atenas, ni todos los romanos hablaban correctamente.

-Eso está más que claro. No le voy a contar la cantidad de veces que tuve que corregir yo las faltas de ortografía cuando la dirección del instituto hacía comunicados a los padres. En los últimos tiempos me enfadaba, y mucho, cada vez que veía el signo de la arroba utilizado como el masculino y el femenino. Me puede. Lo mismo que esa necedad de todos y todas, ciudadanos y ciudadanas y carreteros y carreteras.

-Son modas. No creo que tenga nada que ver la lengua con ser una persona honesta, justa y educada. Hay un diccionario en latín que esto lo lleva a la máxima expresión. Por ejemplo, busca usted un adjetivo, minimus, que es de tres terminaciones: masculino, femenino y neutro. Pues bien, la definición del dichoso diccionario es: mínimo, lo que es pequeño, ña, muy pequeño, ña; lo más pequeño, la más pequeña... Y así hasta el absurdo. Y eso sabiendo que el adjetivo es de tres terminaciones... Pero con esto nos hemos desviado del tema. ¿Usted sabe algo de brujería?

-Durante una época leí bastantes cosas -dijo acostumbrada ya a mis aparentes cambios de tema-. Me intrigó la figura de la Celestina, y a partir de ese momento busqué libros sobre brujas y demás. Como muchos lectores también me pregunté enseguida por qué Calixto y Melibea no se casan y comencé a indagar. No tardé en tropezarme con la Santa Inquisición.

-¿Y fue tan terrible como dice la Leyenda Negra?

-Ni de lejos.

-Viendo la película de Saara Cantell me sorprendió que en el siglo XVII, y muy lejos de España, se desatara una absurda persecución contra pretendidas brujas; que todo el mundo callara ante semejante necedad, varios crímenes en realidad, y que nadie denunciara lo que estaba sucediendo en la aldea. El sacerdote violaba a la moza que le apetecía, y ellas no se atrevían a denunciarlo. Ni ellas ni sus familiares. Y el juez estaba encantado con mandarlas decapitar, acusándolas de haber tenido relaciones con el Diablo, así se aseguraban todos el silencio perpetúo. Creía estar ganándose el cielo en cabeza ajena, como casi siempre. Fue penoso. Triste hasta la amargura. Y, al parecer, está basada en hechos reales. Y eso lejos, lejísimos, de España.

-Yo después de mis lecturas sobre brujería me percaté de lo que dice el refrán: unos cargan con la fama, y otros cardan la lana. O al contrario. Sea como fuere, la Leyenda Negra fue un panfleto político, que tuvo enorme difusión y gran éxito. Los españoles quedábamos dibujados como unos bestias retrógrados y fanáticos... Pero si uno piensa en las brujas de Salem, población que no es vecina de Madrid, en los puritanos ingleses, o en Loudoun, pueblo ubicado en la dulce Francia, o piensa en la Ginebra de Calvino, quien mandó quemar a Miguel Servet... pues no sé dónde quedamos. Y eso por no hablarle de todas las salvajadas que hicieron los alemanes con los judíos hace cuatro días. Y otros demanes muy actuales.

-Sí, está claro. Y con eso hemos vuelto al principio de la conversación: ni todos los romanos eran romanos, ni todos los bárbaros, bárbaros. Hay gente joven mucho más educada que mucha gente mayor, encorbatada y cobrando de todos nosotros. Las apariencias engañan. Y gente más educada y que habla mucho mejor que los necios de los políticos que nos gobiernan.

-Tal vez no todos los parlamentarios sean tan maleducados como los que oí el otro día en la radio.

-Eso supondría que debaten sobre ideas y programas. Y me temo que de eso hay bien poco. De ahí el insulto y la descalificación, su vida sexual al descubierto... Lo mismito que hacía Cicerón, por otra parte. Aunque, claro, hay una ligera diferencia. ¿Sabe? También al respecto me ha llamado la atención unos cuantos artículos que he leído sobre Goytisolo a raíz de su muerte.

-Ya, ya; no me lo diga: en todos se hablaban mucho de homosexualidad y nada de literatura. Es penoso.

-Es usted peor que la Sibila de Cumas.

-Ya lo dijo Baltasar Gracián: quien se burla tal vez se confiesa.

-Es penoso. De verdad. Un patio de vecindad de tiempos de Mari Castaña.







Etiquetas:   Educación   ·   Hipocresía

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