Leyendo tu poesía se me eriza el vello de la piel. Escribes al amor, a la mujer, a la guerra, al toro, a los bueyes, a tu hijo o incluso a tu amigo Ramón. No lo haces con una estructura y una métrica relevante, pero tus palabras directas llegan al corazón. Tú, de apellido Hernández y de nombre Miguel, has querido que el viento sea el símbolo del pueblo en lucha.




