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La culpa


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07/04/2017

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Hundió sus manos en los bolsillos y partió cerro abajo, rumiando episodios imborrables, clavados a fuego en medio del pecho.


Siempre había oído decir que al morir , la persona deambula por todos los lugares que recorrió en su vida y siempre imaginaba una larga agonía, dado la vida nómada que por décadas practicó por distintos vericuetos del mapa.

Lo que no había entendido era que la agonía se viviera con todas las luces prendidas, con la energía vital llevándolo por veredas donde los paisajes vecinales habían cambiado, donde esos amigos de infancia y adolescencia habían partido. Donde el amor se había secado como un árbol doblado por el fuego. Y por ello, iba sintiendo que su longevidad y energía vital era parte de la penitencia ideada en pago por una culpa gigantesca, metida en el venario como una esquirla cotidiana. La bendición de tragarse los años sin rastro en su cuerpo, que se mantenía juvenil, se comenzaba a convertir en la maldición de Dorian Gray, cada día más desarraigado, viendo esfumarse los viejos condiscípulos, los amores de infancia, los barrios atesorados. El cambio era un martillo que lo conectaba a una culpa que nadie podría exculpar.

Buscó al viejo cantinero, el del viejo bar, el bar de mesón largo como mesada de submarino, con un par de timones colgados de las murallas y un olor a vejez de braseros en sus envigados expuestos. Sobrevivientes al terremoto y la soledad, tanto el bar como el cantinero, mimetizados en esa mirada que mucho tenía de calabozo, con el murmullo de parroquianos susurrando confesiones mentirosas, justificaciones capciosas para driblear sus recónditas mentiras. Una botella de vino tinto grueso comenzó a rastrillar los pechos y, de pronto, un sollozo enorme se venía a su garganta y el cantinero, compartiendo la misma maldición de una muerte remolona y floja, ponía su silencio y su mirada solidaria, empujando hasta el fondo de la copa, ese vino que iba sellando los resquicios por donde querían escapar los secretos.

Cuando levantaban la mirada, la juerga juvenil los rodeaba y subía de tono, el canto y la música motivaban juveniles pasiones sin destino. Era el clima de cada noche de insomnio, cuando los resortes de la vida saltaban empujando los huesos a ese caminar escapista, que concluía en un vino que no embriagaba, que era la excusa para llorar, sin que nadie , nunca, pudiera enterarse de la culpa que trizaba su corazón, que hacía polvo sus sueños, mientras algunos hombres maduros, que lo recordaban como amigo de sus padres o abuelos, le saludaban admirados, felicitándolo por su salud de roble, por esa prestancia de bohemio universitario que mantenía como símbolo del barrio latino de París o del Viejo Almacén de Buenos Aires, o de los corridos nocturnos por plaza Garibaldi. Esos halagos iban dejando señales de un camino infinito, cargando la culpa, rumiando oraciones dispersas, viendo pasar desde una juventud sin plazos, el derrotero trágico de la vida, como un tango interminable.



Etiquetas:   Relato Breve   ·   Cultura

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