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Literatura escrita por mujeres la escritora Carmen Baroja y Nessi


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29/03/2017


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Me gusta ver pasar mi vida como en cinta de cinematógrafo, aunque no sea más que en este papel. A veces me reconozco y a veces me parece que se trata de una persona que yo hace años conocí. Algo parecido me sucede con mi cara actual, mis manos y mi cuerpo todo. He vivido tantos años con el mismo aspecto que, al verme ahora con cara de vieja, el pelo blanco, las manos –que he tenido muy bonitas- todas arrugadas, y el andar incierto, me causo extrañeza a mí misma.


Recuerdo a una chicuela inconsciente y saltarina que correteaba por Burjasot y por Cestona con sus piernas largas y su trenza rubia; una jovencita romántica y un poco preciosista de principios de siglo que reproducía arquetas esmaltadas y puntos de aguja copiados de los museos; una casada defraudada por el romanticismo, egoísta, sin duda, por haber pedido a la vida más de lo que en general suele otorgar y haber tenido la desgracia de que la suya fuera lo más escasa posible; y queda la viuda, madre de dos hijos admirables a los que supedito todo y con el cariño de los cuales me siento recompensada y feliz como no lo fui nunca, hasta el punto de haber cambiado incluso en el concepto amargo que hasta ahora tuve de la vida.

Carmen Baroja en sus memorias (Madrid – 1943)

Carmen Baroja y Nessi nació el 10 de diciembre de 1883 en la calle Nueva nº 30, de Pamplona, donde residían sus padres, Serafín y Carmen, y sus hermanos Darío, Ricardo y Pío Baroja. Cuando contaba con 15 años de edad se instala en la capital junto a su madre para cuidar de su tía Juana Nessi. Sus hermanos, Pío y Ricardo, quienes vivían ya en Madrid, habían aceptado regentar la panadería “Viena Capellanes”, propiedad de su tía abuela, mientras soñaban con dedicarse a escribir y a pintar. De su infancia errática por media España, poco cuenta Carmen en sus memorias porque su verdadera vida comienza hacia 1900, en la capital española, donde frecuenta los ambientes intelectuales y artísticos del momento, en unos años que fueron tan decisivos para las mujeres de mentalidad abierta como ella.

En 1902, Carmen Baroja contrajo la enfermedad del tifus, lo que provocó su reclusión durante meses. Su hermano Pío, que la atendía como médico recomendó que pasara unos meses en el monasterio del Paular en Guadarrama, donde se recuperó totalmente. De nuevo en Madrid, Carmen estaba decidida, pese a la oposición de su madre, a dedicarse a la orfebrería, y en 1906 se trasladó a París para estudiar artes, instalándose en la residencia  de estudiantes de Madame Paulhan. Cuando regresó a Madrid, se dedicó por completo a su trabajo de orfebre artesana, obteniendo buenas críticas en los periódicos y revistas de la época.

En 1913 contrae matrimonio con Rafael Caro Raggio, con quien compartía afinidades artísticas e intelectuales y durante unos años se dedica a sus tareas de esposa y madre, en el ámbito privado.

En 1926 se reincorpora muy activamente a la vida pública al participar en dos acontecimientos que tuvieron gran repercusión en la capital española: la fundación del Lyceum Club (1926-1939), la primera asociación feminista de cultura, presidido por María de Maeztu, al que acudían, entre otras, Zenobia Camprubí, Elena Fortún, Concha Méndez, María Teresa León y Victoria Kent, en el que no hubo intelectual, médico o artista que no diera una conferencia; y la puesta en marcha de “El Mirlo Blanco” (1926-1927), un teatro de cámara que cautivó al público y a la crítica de esos años.

En su artículo Memorias íntimas de un teatro de cámara, Carmen Baroja realiza un balance positivo de este teatro donde toda la familia Baroja participó activamente, además de que le permitió compartir proyectos con sus hermanos y con viejos amigos como Azorín, Valle-Inclán, Rivas Cherif y Manuel Azaña, entre otros.

De otra parte, en el Lyceum Club halló Carmen Baroja el espacio ideal para dar salida a sus escritos y a sus inquietudes artísticas. En  Recuerdos de una mujer de la generación del 98, evoca con nostalgia los inicios del Lyceum a la vez que señala con emoción la acogida de los eventos organizados por ella misma como encargada de la sección de arte.

Tras la proclamación de la República, en 1931, la familia Baroja sufre enfrentamientos por motivos económicos, lo que distanció a los tres hermanos. En 1933, Carmen publica El encaje en España, un trabajo monográfico que estudia la industria del encaje como fuente de economía femenina. En 1934 fue nombrada miembro del comité ejecutivo del patronato del Museo del Pueblo Español donde se dedicó a tareas de investigación etnológica y de recopilación de materiales para sus estudios sobre el pensamiento mágico-religioso de la zona vasco-navarra.

Durante la guerra, Carmen Baroja residió con sus hijos en Vera de Bidasoa, mientras que su marido quedó incomunicado en Madrid. A partir de 1938 comenzó a publicar artículos en la revista “Mujer”, con el seudónimo de Vera de Alzate. Algunos de sus versos fueron publicados en el libro Tres Barojas. Poemas. Compuso una novela, Martinito, el de la Casa Grande y distintos escritos que han permanecido inéditos.

Tras la guerra, la familia volvió a Madrid, donde Carmen continuó el libro sobre amuletos y talismanes iniciado en 1934. Escribió sus memorias y numerosos artículos para el diario La Nación, de Buenos Aires. Sus investigaciones etnológicas culminaron en sendos catálogos para el Museo del Pueblo Español: Catálogo de la colección de amuletos (1945) y Catálogo de la colección de pendientes (1948-1952).

En su faceta de aficionada a la música y pianista, le gustaba tocar partituras de compositores alemanes, siendo su favorita la “Sonata Kreutzer”, de Beethoven.

Murió en Madrid, el 4 de junio de1950, tras una larga enfermedad. Sus memorias manuscritas fueron ordenadas minuciosamente, anotadas, prologadas y editadas por la profesora y traductora Amparo Hurtado, en el libro Recuerdos de una mujer de la generación del 98. Ed. Tusquets. Colección Andanzas. 1998.







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