Ella no supo de palabras tiernas, En casa solo las palizas eternas,
Ella no supo de palabras tiernas, En casa solo las palizas eternas,
. Sin tregua, siempre guerra.
En la escuela cruelmente señalada, Por compañeros que con ella se ensañaban, Maestros tan injustos y ciegos a diario la castigaban, Por no comprar lo que ellos sin piedad le pedían. En su adolescencia fue solo un trofeo, un juguete vil, Las apuestas corrían, y las “Amigas” la corrompían, Se fueron terminando muy prematuramente las lágrimas, Quiso odiar y no pudo, quiso ser libre, fue solo servil. Un día se cerró la última puerta en un lugar llamado templo, Donde se le negó el consuelo por ser alguien no grato, De regreso al infierno que le llamaban “su casa” lo decidió, Solo tomó un último aliento, se vio al espejo, y lo hizo. El día inicia con la noticia de ocho columnas a todo pulmón, Una jovencita en la flor de su vida inexplicablemente se suicidó, La madre le reclama en el ataúd por el qué dirán de ella las vecinas, Su padre la culpa porque ahora irá a buscar consuelo en las cantinas. En la misa de cuerpo presente dicen que para evitar esa falsa salida Acudan a confesarse, que las puertas están abiertas para todos, Que si sufrió toda su vida no fue por mal sino por voluntad divina, Pues está lleno de espinas y dolor el camino que la llevó con Dios. Los maestros se golpean el pecho diciendo que era una buena niña, Los “amigos” pronto la olvidan y buscan quien será la próxima, Las “amigas” callan y voltean a ver quien sigue en la línea sin final, Y esa pobre víctima inocente es sepultada bajo la tierra de la doble moral. Ahora es solo estadística y polvo en el recuerdo colectivo, Un punto más en el interminable círculo de la violencia, La sangre ha manchado todas las sociedades, todas las creencias, Con alcohol, diezmos, mentiras cada tres años, limpian sus conciencias.