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Revolución y Napoleón, un punto de inflexión en la historia. (I)


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06/03/2017


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En una sociedad sumida en un oasis de caos y anarquía moral, de relativismo en todos los aspectos, corrección política, presentismo y buenismo, conviene de vez en cuando profundizar en los antecedentes, en ocasiones más remotos y a veces más cercanos, para comprender el alcance que ciertos acontecimientos históricos han tenido a la hora de configurar el presente tal y como lo vivimos.


El orden moral, legal, político, social y cultural actual es claro heredero de ciertos acontecimientos desarrollados en las postrimerías del siglo XVIII y los albores del XIX, en un contexto de profundas transformaciones en todos los campos de la vida social, científica, filosófica, religiosa, etc. El salto entre una visión en cierto modo cientificista, basada la concepción ilustrada de la vida a través de la valoración de las ideas de razón y lógica, de progreso científico, y una visión irracional, de auge y explosión de los sentidos, de lo emocional, lo fantástico, lo perdido y legendario. El choque brutal entre los nieztscheanos conceptos de lo apolíneo (lo racional, en resumen) y lo dionisíaco (lo emocional). El paso del mundo de las luces al romanticismo más pasional.

Nos referimos, en primer lugar, a la Revolución Francesa. A caballo entre el Renacimiento y el Romanticismo, transcurridos los períodos de cambio entre el alejamiento del convencionalismo de los planteamientos de la Antigüedad propulsados por el Barroco y la nueva recuperación de lo clásico,  la Revolución Francesa fue la indiscutible eclosión de la corrupción desmedida de las formas de gobierno absolutista que se habían consolidado ampliamente en el Barroco, sistemas que habían abierto una brecha profunda entre el nuevo monarca centralista y su corte, y el pueblo llano en su totalidad. Fue la primera gran llamada de atención al descarado abuso de poder de estas monarquías mastodónticas, siendo precisamente la francesa el gran ejemplo de tal poderío, pero, por vez primera en el mundo moderno, y como precedente de lo que más adelante ocurriría, la forma de reaccionar ante los defectos y vicios del control borbónico se enfocó desde una perspectiva de odio, revanchismo y a base de curas más letales que la enfermedad. Todo el cúmulo de rencores acumulados explotó en un mar de caótica anarquía que representó los fuegos más oscuros del Averno, la barbarie misma extendida en toda su plenitud, llevándose la revolución mil cabezas por delante, de forma aleatoria y sin miramientos, sin atisbo de una gota de justicia. Y todo este barco a la deriva en el que la antigua Galia, nación fundadora de Europa por antonomasia junto a la Germania, se había convertido, fue rehabilitado, al menos por un tiempo, por el nuevo azote del caos y, más adelante, Atila de la nueva Europa decimonónica: Napoleón el Grande.

La Revolución Francesa supuso el adiós definitivo a un "Ancien Regimen" fallido y corrupto desde su mismo nacimiento, pero a través del primer gran, perverso y precursor experimento de, en cierto modo, ingeniería social primitiva: Dios fue, por vez primera, exiliado de la vida, la moral y la identidad francesa, pero no fruto de la reflexión enciclopédica propiciada por Voltaire, Diderot o Rousseau, eminentes personalidades a las que el populacho hambriento de sangre jamás harían justicia, sino fruto de los más bajos instintos de la mayoría social descontenta con el statu quo, que no era otro que la omnipotencia dual de las figuras de Dios y Rey. Monarquía e Iglesia, así mismo, se convertirían en el acérrimo enemigo de los intereses, la voluntad y la dignidad del pueblo llano, serían la más tenebrosa personificación de Lucifer sentado en los viejos tronos y altares. Y esta irreflexiva y rencorosa expulsión de Dios de la idiosincrasia gala supuso la construcción artificial de un orden nuevo que, en lugar de confiar sus designios en el Señor Todopoderoso, los fió a la dirección de la nueva deidad revolucionaria: la iluminada luz de la Razón, desvestida y desalojada de las incógnitas, misterios, ambivalencias y contradicciones propias de la fe y la espiritualidad. En un mundo en el que la visión de los acontecimientos naturales se vería iluminada por el imperativo del racionalismo y empirismo cientificista, ya no había lugar para las ambigüedades de la religión.

El calendario, las festividades religiosas, los templos: todo lo que el cristianismo había legado a la primera nación de Europa se desvanecía en pos de un nuevo calendario, nuevas festividades y nuevos templos. Pero la renuncia a Dios no sería un mero acontecimiento aislado: supuso un cambio de 180 grados en cuanto a la concepción de una sociedad tan consolidada como la francesa: Cristo ya no regía de forma omnipotente la voluntad de la nación, es más, el propio concepto de nación, mejor dicho, de estado patrimonial del monarca, pasó a mejor vida mediante la fórmula mágica de un nuevo estado cuya soberanía comenzó a estar representada a través de la indiscutible voluntad popular. Situación ésta que, como en cualquier ocasión similar a lo largo de los tiempos, fue vilmente aprovechada por los nuevos mesías del gran cambio: los nuevos representantes del pueblo, comenzando por los crueles Danton, Robespierre y Marat, que, siguiendo esa ley histórica antes comentada que, en ocasiones, da certeza de algunos aspectos cíclicos de la historia -aunque seguimos sin confiar en el determinismo- y recordando las sabias lecciones aristotélicas, los crueles nuevos caudillos de la masa popular se aprovecharon de la caída de la milenaria monarquía capeta para convertirse en la nueva élite, la nueva oligarquía azote de los vicios borbónicos, pero más letal para la sociedad tanto cualitativa como cuantitativamente. Y así quedó el primer intento de simulación de una sociedad igualitaria, el nuevo mundo en el que los tratamientos de deferencia cortés desembocarían en el más apropiado y neutro tratamiento de "ciudadano", con la consiguiente homogeneización de usos y costumbres.

La mal llamada "soberanía popular" que astutamente llamaron Danton, Robespierre y Marat nada tenía de popular, al institucionalizarse la nueva, engañosa y perjudicial forma de organización del poder que sería la base intrínseca de la democracia parlamentaria moderna, aun así llevada a cabo de forma eficaz en la Gran Bretaña y comenzada en los nuevos Estados Unidos de América: la división de poderes. La división de poderes, legislativa, ejecutiva y judicial, noble en inicio, como todo lo transcurrido con el poder, terminaría degradando en distintas redes clientelares, pues dividiendo el poder abriría el campo de éste a un mayor número de individuos: el poder pasaría de pertenecer a un único monarca a nuevos políticos, funcionarios, burócratas, jueces, fiscales, etc. Nacía, así, por obra y gracia de los nuevos salvadores de la civilización, el concepto de estado-nación que lastraría la decadencia moral, espiritual, política y social hasta nuestros días. La cultura, el espiritualismo propio de la identidad natural y atemporal de los pueblos ya no valía a la hora de discutir, o no, el concepto de nación, concepto más antiguo que la civilización misma: ahora la nación se comenzaría a comprender únicamente a través de un estado artificial y totalizador que la amparara: el legalismo positivista, materialista, le había ganado la batalla al valor sagrado de la cultura y la historia.

Y es que esta primera simulación de una sociedad igualitaria sería el primer gran ejemplo de la corrupción de la democracia en demagogia; las masas cayeron en los discursos moralizantes, ideológicos y, en definitiva, bien construidos, basados en el peso de una carga sentimental significativa vilmente aprovechado por la nueva élite. Se inició, pues, la larga marcha hacia la degradación de la sociedad a través del uso del discurso populista, el factor determinante del éxito arrollador de la izquierda ideológica a lo largo de los tiempos. Éste fue el comienzo.

Las nobles ideas de libertad, igualdad y fraternidad se materializaron en un nuevo estado, que utilizó el argumento de la idea de nación para constituirse, con tintes heredados del sistema monárquico centralizador anterior, y medrar bajo la farsa de la división de poderes y el sufragio. Y he aquí que en el mismo instante en el que Francia decidió darle la espalda a Dios, su historia y su idiosincrasia, en uno de los más críticos y caóticos momentos de su historia y de la historia, llegó Napoleón para reordenar el caos que los jacobinos habían provocado.











Etiquetas:   Historia de Edad Contemporánea   ·   Política   ·   Revolución Francesa   ·   Historia   ·   Transición Política   ·   Historia Universal   ·   Francia

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