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Crédito


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13/02/2017


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No entiendo una palabra de macroeconomía, pero sí de microeconomía... es decir, de la gestión de mi dinero. Y una regla que he tenido muy clara desde siempre es: no vender la piel del oso antes de cazarlo. Es decir, si tengo dinero en la mano, compro (o ahorro). Si no tengo dinero en la mano, no compro (ni ahorro). Pero jamás gastar dinero "invisible", es decir, pedir créditos.


En mi adolescencia pasaba mis fines de semana con el equivalente a 2 ó 3 euros. Yo y mis amigos no nos aburríamos en absoluto. Cuando alguien, de mayor nivel -o desmadre- económico, proponía actividades inasequibles a mi presupuesto, renunciaba a ellas tranquilamente. Nunca pedí dinero para pagarme frivolidades. Mi receta era simple: adaptar mis actividades a mis ganancias, y no al revés. Si quería más lujos, tendría que trabajar más... Y como no estaba dispuesto a hacerlo, fin de la historia.

(Quizá no me fue difícil porque ninguna de mis prioridades requería mucho dinero: amistad, amor, tertulias, escuchar música, un par de cervezas, pasear por la ciudad, contemplar el mar, leer, escribir cartas de amor, besar a mi novia... ¡Diablos, soy un dinosaurio!).Los créditos, ese comprar con dinero que no es mío, que tiene otro dueño, que tendré que devolver (con creces) con más dinero que aún no he ganado (y que, en rigor, no sé si ganaré)siempre me ha producido un fuerte sentimiento de incomodidad, de inseguridad, incluso de "pillería". Puesto que vivo exclusivamente en el presente (y no en el futuro), ¿cómo me atreveré a trapichear con dineros prestados? El préstamo es un dinero no producido, es decir, no generado por mi propio poder y responsabilidad... sino nacido de mi humillante sumisión y dependencia de otros. Es un dinero surgido de mi delirio del futuro, de mi codicia. Y, en última instancia, de mis envidias.Por supuesto que, en el mundo actual, el crédito es a veces indispensable. Pero entrar en la cultura prestamista, es decir, vivir habitualmente con dinero prestado, me parece extremadamente nocivo. Por eso no comparto muchas quejas de las personas que culpan de todo al Sistema. Los banqueros y capitalistas no explotan tanto a la gente... como la envidiade la gente. Y aunque sus anzuelos están por todas partes, el picar o no picar es responsabilidad exclusivamente nuestra.



Así que, quien quiera combatir al Sistema, sólo tiene que curar su envidia. Si los envidiosos desapareciesen, el Sistema se derrumbaría en cinco minutos y tal vez otro mundo sería posible.







Fuente original: Blog Psicodinámica y Humanismo



Etiquetas:   Tarjetas de Crédito   ·   Préstamos
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