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Relato Breve "Octubre" de Mariángeles Salas


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09/02/2017


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Escucho tu zumbido e incluso puedo ver tu cuerpo oscuro y velloso de reojo.


No me gusta que estés aquí; es más, detesto hasta que respires.

Sí, ya sé que no tienes pulmones, pero inhalas el mismo oxígeno que yo aunque sea por otro conducto.

¡Vete, no quiero sentir tu presencia porque me inquietas!

Mi mundo, ese que solo vive en mí gracias a mis experiencias y a la vista, que la naturaleza me otorgó para recrearme en ella, es tan solo mío.

Nada te da derecho a perturbarlo. Es más, quiero que sepas, que no creo ni en leyendas ni en zarandajas, y bien sabes a lo que me refiero. Tú no anuncias nada malo, salvo que el otoño ha llegado con toda su fuerza, que sientes frío, y está lloviendo; tan solo eso.

Pero, aun así, deja de posarte en ese portarretrato. Él ya murió hace tiempo, y no fuiste tú, ni los presagios que tu sola presencia despierta en algunos, quién desconectó su aliento anclado en esta vida.

Murió porque su ciclo vital había terminado, y ni mis lágrimas ni mis desvelos pudieron luchar contra el dragón que se lo llevó como un fardo entre sus patas delanteras.

Aunque necesito ser honesta contigo y decirte que, en el fondo, he de agradecerte que lo hayas hecho, porque hacía tiempo que no le recordaba como lo estoy haciendo en este momento.

Su porte, esa gracia natural al caminar, su piel, a la que tantas veces recurrí para sentir su calor y el bienestar en aquellas noches sin luna, en aquellas tardes teñidas de brumas, en aquellas mañanas debutantes ante un nuevo día…

Malo es que el ser humano olvide a los que fueron importantes en su existencia y ya no están, solo porque sus rutinas y obligaciones les hagan correr por el tiempo como galgos en carrera.

Por eso, mi gratitud por hacer detener mi tiempo en este instante y poder, ayudada por la savia que nutre mi cerebro, llegar hasta el cofre de mis tesoros.

Tengo tantas piedras preciosas en él, que bien podría hacerme un collar de cuentas o mejor aún, una preciosa gargantilla que diese varias vueltas alrededor de mi cuello.

Un cofre lleno de sabios consejos, abrazos que siempre me cobijaron, sonrisas que abrieron el más hermoso de los arco iris. Lágrimas, también, y con ellas el alma relajada. Mil canciones, lugares que siempre estarán en el recuerdo; ruidos, un montón de ellos, y todos diferentes. El mar, ese abrazo azul que me saluda todos los días desde la ventana, el viento, el olor de la lluvia y las flores, la algarabía de los niños, el lenguaje de los animales o incluso un silbido con los labios fruncidos.

Caras y cuerpos que se van difuminando a lo largo del tiempo, y esto entraña enormes esfuerzos para recuperar sus siluetas, su particular olor, y su voz, sobre todo su voz. Esa voz que intentas a toda costa recordar sin llegar tristemente a conseguirlo.

Pero con él, con el que está en ese portarretrato donde estás posada, es diferente, porque él no era humano, ¿sabes…? Para mí era un ser divino aunque no hubiese nacido en el Olimpo. Fue mi compañero, mi primer amor, el que me enseñó el sabor de un beso y la abrasadora inquietud de una caricia, pero sobre todo fue un ser inteligente, noble y cariñoso.

Gracias, insecto de cuerpo negro y transparentes alas. Gracias por revolotear en este cuarto y recordarme que, además de seguir viviendo mi presente, el que me ha tocado vivir, lleno de imperfecciones y de muchas esperanzas hacia un futuro mejor, también tengo que abrir más a menudo ese baúl lleno de tesoros que, como bucanero de fragata, escondo, casi con temor a que me roben.

Aunque en el fondo sepa que nadie sustraerá ninguna cuenta, por muy valiosa que sea, porque, solo yo con mi esencia las puedo convertir en mis piedras preciosas, otorgándoles la vida en mi memoria.

Por ese motivo, a partir de ahora, las llevaré ensartadas con hilo de estrellas junto a mi corazón, para que iluminen siempre mi camino y me recuerden, que si hay algo que puede transformar al ser humano en una persona mejor es una hermosa palabra de cuatro letras, la palabra: a-m-o-r.







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