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No
recuerdo un año potencialmente más incierto para México que 2017, ni uno con
elementos tan importantes por resolver. Lo que ocurra definirá la elección
presidencial de 2018, y marcará la dirección del país por décadas.
Desafortunadamente, mucho se decidirá al norte de nuestra frontera.
El
pésimo manejo de nuestras finanzas públicas nos ha dejado frágiles y expuestos
a la volatilidad de corto plazo inherente a un gobierno estadounidense potencialmente
errático e impredecible.
Donald
Trump tomará posesión el 20 de enero. Tenemos alguna idea del rumbo que podría
elegir por la información que se cuela sobre las tareas a que se aboca su
equipo de transición, y por el perfil de quienes compondrán su equipo. Pero ni
siquiera sabemos si él querrá estar en el timón, o ejercerá un liderazgo
distante.
Entre
las decisiones por evaluar están las comerciales. Además de analizar cambios al
TLCAN, evalúan imponer un impuesto alto (de 15 por ciento o más) a
importaciones que provengan de su frontera sur. Desde su perspectiva, eso no
cancela el acuerdo comercial, ni viola acuerdos de la Organización Mundial de
Comercio, pues es un impuesto y no una tarifa. Ellos lo defenderían como un
impuesto recíproco al IVA que los consumidores mexicanos hoy pagan sobre bienes
que importamos de Estados Unidos. No entro a discutir si tiene o no sentido esa
medida. El hecho de que se contemple es alarmante.
México
está desperdiciando tiempo valioso previo a la toma de posesión. Las cúpulas
empresariales valoran si abrirán o no una oficina de representación en
Washington. Después de acaloradas discusiones, tomarán una decisión nimia que
hará nula diferencia a estas alturas.
Habrán
desperdiciado tiempo y energía. Videgaray y otros cercanos al presidente Peña
piensan que la amistad con Kushner, yerno de Trump, blinda a nuestro país (ni
remotamente). México no les importa más allá de ser un peón útil en una
narrativa más amplia. Guajardo y otros arman un “cuarto de guerra” para
desarrollar argumentos sensatos frente a lo que viene, como si a la
administración entrante le importara un comino esa racionalidad. Dentro del
desorden total, la embajada de México en Washington hace una tarea necesaria,
acercándose a gobernadores y congresistas de estados y distritos potencialmente
afectados por posibles cambios en la relación comercial, pero lo hacen sin
mayor apoyo. Incluso hay voces que claman por poner en Washington a Jaime Serra
o a Videgaray, lo cual sería un error casi risible; también hablan de un
enroque de la canciller a la vacante Secretaría de Cultura.
México
tiene que leer mejor al equipo de Trump, y recordar la narrativa de campaña. La
estrategia no es discutir comercio o migración, sino seguridad. Hacer que la
migración pase de ser problema a solución. El general Kelly, al mando de
Homeland Security, ha dicho que el mayor riesgo para Estados Unidos proviene de
una posible alianza entre organizaciones criminales y terrorismo. También ha
dicho que los únicos interlocutores confiables en América Latina son los militares,
y tiene relación cercana con el almirante Soberón, el secretario de Marina.
Si
la inercia Trumpista se centra en el miedo, en la amenaza externa que proviene,
sobre todo, del islamismo extremo. Corroboremos esa retórica, afirmemos que la
amenaza es real y creciente, mucho peor de lo que creen. Como evidencia tenemos
a miles de migrantes africanos, haitianos y de otras latitudes que se han
internado a México para llegar a la frontera norte. Sin la ayuda de México,
Estados Unidos nunca estará seguro. El problema no está en el río Bravo, sino
en el Suchiate. Pero no hay control real sin política migratoria. La única
forma de controlar la frontera es diseñando mecanismos para migración legal
temporal que permitan saber quién cruza para ir a dónde y por cuánto tiempo. La
migración no es la amenaza sino la solución, pero en forma ordenada, permitiéndole
al migrante pagar impuestos, y dando el mayor incentivo posible para que
regrese a casa: la garantía de que podrá volver a migrar temporalmente si lo desea.
El “camino a la ciudadanía” está descartado.
¿Y
el comercio? No hay un Estados Unidos seguro sin estabilidad y prosperidad
económica en México (e incluso en Centroamérica, asegurándonos de extender a
esa región el acceso a gas estadounidense para permitir industrialización y desarrollo
de industria local).
La
mejor forma de controlar la migración es promoviendo empleo formal en México,
mediante actividad comercial que fomente cadenas de suministro que incrementen
competitividad regional. Asegurémonos de que se entienda que la amenaza
comercial real para Estados Unidos no es México, es China, quien además es su
creciente adversario geopolítico.
Una
diferencia importante entre México y Estados Unidos es que ellos tienen margen
para cometer errores, nosotros, lamentablemente, no.@leon_alvarez