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Alejados (Museos)


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15/12/2016

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ALEJADOS


(Museos)





Vicente Adelantado Soriano





Un ángulo me basta entre mis lares,

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.





Andrés Fernández de Andrada, Epístola moral a Fabio.





Mi muy querido amigo: a veces me sorprende la rapidez con la que se cumplen mis deseos. No es esta la primera ocasión en la que me sucede una cosa parecida a la actual. Recuerdo que cuando, con una relativa frecuencia, se repitió, sorprendiéndome, el cumplimiento de mis deseos, pensé que tenía una mente performativa: en cuanto pensaba algo, ese algo tomaba cuerpo. La situación más significativa la viví a los veinte años: estaba entonces con un grupo de amigas en el campus universitario. Pasó por delante de nosotras un chico. Lo miré durante unos segundos y dije: “ese chico me gusta; será importante en mi vida”. Al cabo de una hora, alguien nos presentó. Y dicho chico fue mi marido. Hasta que la muerte me lo arrebató, como suele decirse.

No, no lo voy a aburrir contándole más historias como esta que, lo sé, pueden pasar por perfectas tonterías. Sin duda lo son. Pero sí quiero que recuerde que hace poco, en una de nuestras últimas conversaciones, le dije que me gustaría mucho que usted y yo nos carteáramos. Pues bien, aquí tiene mi primera misiva. No ha podido suceder todo con mayor rapidez.

No estaba usted en la residencia cuando me fui yo. Se había marchado no sé si a caminar o al centro a por más libros. Yo tampoco sabía que mi hijo y mi nuera iban a venir a buscarme. Se presentaron de improviso en la residencia; y me apremiaron para que recogiera lo más imprescindible, pues querían que me fuera con ellos a pasar las Navidades. Por cuestiones del trabajo necesitaban salir rápidamente. Ahora viven en Madrid, así que nos esperaban unas largas horas de carretera. Yo hubiera preferido ir en el tren: voy más cómoda y más segura. Los coches me dan un poco de miedo. Y me hubiese gustado despedirme de usted. Afortunadamente tenía sus direcciones, la postal y la electrónica. Estaban anotadas en mi agenda. Y de esta no me separo nunca.

Sentí mucho no poder despedirme de usted, y sentí dejarlo solo durante estas fiestas. Como usted comprenderá tenía ganas de ver a mi familia, a mis nietos sobre todo; pero eso no pudo evitar que me sintiera un poco culpable por dejarlo casi abandonado. Le escribí unas breves líneas, no tuve tiempo para más, que deslicé por debajo de su puerta. Espero que las haya leído.

Tengo unos nietos encantadores, seis y ocho años. El niño me pregunta, una y otra vez, por qué no me quedo a vivir con ellos. La casa -argumenta- es grande, y hay un par de habitaciones vacías. Le explico como puedo que yo estoy mejor en mi ciudad, y en la residencia: allí estoy muy bien atendida, y no molesto a nadie. El pobrecillo niño no sabe todavía la diferencia que hay entre una visita navideña y una estancia prolongada. Ya sabe usted que el huésped, como el pescado, al tercer día ya no está en muy buenas condiciones. Y yo siempre he sido muy escrupulosa en eso de respetar al prójimo y no molestar a nadie.

Tampoco quiero que me molesten a mí. Me encanta mi familia, pero me gusta mucho retirarme a un rincón, que nadie me moleste, y pensar, leer o escribir rodeada de silencio y quietud. Mi pequeña familia tenía preparada toda una serie de salidas y visitas para que no me aburriera. Yo no me aburro nunca. Creo que jamás en mi vida me he aburrido. De todas formas, el primer día me doblegué a sus planes y dejé que me llevaran y trajeran por donde quisieran y a donde quisieron. Pero una vez llegados a casa, cansados y aburridos ellos, les pregunté si habría algún problema en que me dejaran ir sola al Museo del Prado, o a los museos que me apeteciera visitar. Mi hijo puso cara de no entender nada. Tuve que explicarle que no se debía a que me encontrara a disgusto con ellos sino que la mejor forma de visitar un museo es siguiendo el propio ritmo. Creo que los ofendí un poco, o que se molestaron un poco conmigo. Pero, haciéndome prometer que siempre llevaría el móvil conectado, me dejaron salir sola tras explicarme, hasta la saciedad, cómo llegar al metro, qué línea llevaba al Museo, dónde tenía que hacer transbordos... Mi hijo me dio un mapa donde, con rotulador rojo estaba trazado el camino de ida, y con uno verde el de regreso. La juventud es encantadora, ¿por qué siempre cree que los ancianos nos vamos a perder o que somos medio idiotas o estamos alelados? ¿Dónde está aquello del Consejo de Ancianos y demás historias?

Fui de las primeras visitantes en entrar al Museo. No sé cuántas veces lo he visitado ya, infinitas creo. Y salvo contadas excepciones siempre he visto los mismos cuadros, aunque en esta ocasión me desvié un poco. Antes de romper con mi vieja tradición vi, por supuesto, toda la serie de Velázquez sobre los bufones. No ha habido ocasión en la que no sintiera una ternura infinita ante la contemplación del cuadro de El niño de Vallecas. Una vez más me demoré ante él todo el tiempo que pude soportar estar de pie. Y fue bastante. Vi todos los bufones pintados por este hombre. Y vi el cuadro de la Sibila de Cumas. Me sucede con el retrato de esta señora, de doña Juana Pacheco, lo mismo que con la serie de los bufones: el corazón me estalla de ternura: en cada pincelada, en los rizos del cabello, en las mejillas levemente coloreadas, en la frente... en todo, veo una ternura y una delicadeza infinita. Y una y otra vez me pregunto cómo se puede conseguir eso con unos pinceles, pelos, una tela y una paleta con pinturas. Siempre me ha parecido que hay algo mágico en la pintura. Y más en la de Velázquez. Y según dicen los expertos apenas hay pasta en sus cuadros: los pintaba con una economía sorprendente.

No pude dejar de pensar en Garcilaso de la Vega. Me sucede lo mismo con él: leyendo la primera égloga siempre he tenido la sensación de que cualquiera podía escribir una lira. No obstante, qué difícil lograr tan fuerte y sentida comunicación de sentimientos como los que hay allí:





….

El cielo en mis dolores

cargó la mano tanto

que a sempiterno llanto

y a triste soledad me ha condenado.





Soledad es la ausencia de alguien, me dije por enésima vez.

La llegada de un grupo de niños, uniformados, me sacó de mis cavilaciones. Iban con un joven profesor, aunque este ya estaba calvo, muy calvo. Me hizo gracia esa temprana carencia de cabello. Sonreí. El joven profesor sentó a los niños delante del cuadro de Las hilanderas. Y les explicó a sus atentos alumnos la historia de Aracné. Luego hizo que se fijaran en varios detalles del cuadro y se ofreció a contestar dudas y preguntas. Dio una clase preciosa, muy didáctica, y sin aburrir lo más mínimo. Los niños lo escucharon boquiabiertos, entusiasmados. Y me pregunté en qué edad, cuándo y por qué, perdemos esa inocencia, esa capacidad de aprender, ese ser como esponjas que lo absorben todo. A menudo me he dicho y repetido que mientras una persona tenga esa ilusión por aprender, esa inocencia abierta, porosa, mientras no pierda ese deseo, esa forma de ser, será joven y estará vivo. Me acordé de usted, y de mí, siempre con nuestros libros arriba y abajo. ¿Somos jóvenes, querido amigo? Yo he conseguido que me dejen salir sola, igual que cuando tenía 18 años. ¡Cómo han cambiado los tiempos!

No quise cansarme mucho. Salí relativamente pronto del Prado. Con el plano que llevaba en el bolso, me dirigí al metro, y me fui al museo de Lázaro Galdiano. Este señor, al parecer, fue amigo de Pérez Galdós. No he estudiado la relación que mantuvieron. Sea como fuere, la casa de Lázaro se ha convertido en un museo. Y allí tuve la desgracia de vivir una situación radicalmente opuesta a la vivida en el Prado. En una sala había un chico joven sentado en el suelo y dibujando en un gran bloc. Llena de curiosidad me acerqué para ver qué tal dibujaba el tal chico. Cuando me estaba acercando a él, lo hizo también un encargado del establecimiento. Le dijo al muchacho que las normas del museo establecían que no se podían hacer dibujos acabados de las obras que este encerraba. El joven artista la replicó, poniéndose de pie, que él no estaba haciendo una obra acabada sino tomando apuntes.

-Yo no soy quién para juzgar -le replicó el empleado- pero no puede hacer obra acabada.

-Está juzgando ya, señor -dijo el muchacho-. Esto no es obra acabada. Pero no se preocupe, no pasa nada. No dibujo más.

El empleado se fue, tal vez disgustado consigo mismo. El joven artista se dirigió a otra vitrina, y, de pie, en el mismo bloc, comenzó a dibujar diversos utensilios de la vida común. Nadie le llamó la atención por ello. Pero a mí no dejó de sorprenderme que otro chico, un poco más mayor, fuera por allí haciendo fotografías, cosa que sí que está prohibida, y que a este nadie le dijera nada en tanto que sí que prohibían que un artista en ciernes se volviera un artista acabado copiando a los grandes maestros. No entendí nada, máxime cuando estaba dibujando un busto romano metido en una vitrina. Y me pregunté, nadando en un mar de ignorancia, cuál era la misión de un museo. No entiendo que no se pueda copiar una obra, o que no se pueda fotografiar una piedra. De acuerdo que un flash puede estropear un cuadro, pero una piedra... Y me volví a preguntar por la misión de los museos. Salí de allí un tanto disgustada. Me afectó tanto la situación que apenas si vi un par de salas. Necesitaba marcharme a la calle. Al joven artista, al parecer, le sucedió lo mismo. Coincidimos en la puerta. Gentilmente la abrió y me dejó pasar. Le di las gracias y ya en la callé le comenté la necedad de la que había sido objeto. Se desahogó conmigo. Le pregunté si me aceptaría un café con leche, y en un bar cercano me enseñó su bloc de dibujos. No lo hacía nada mal.

Cuando nos despedimos me acordé de usted y de mi hijo, sobre todo de mi hijo. Hubiera puesto el grito en el cielo de ver lo que estaba haciendo, invitando a un chico a un café con leche. ¡Ah, señor mío! -murmuré-. Privilegios de la vejez: ya nadie piensa mal de mí -sólo los íntimos, y por temor- a que me engañen o me secuestren. ¿Y para qué me iba a querer nadie a mí a estas alturas?. En realidad, querido amigo, somos, otra vez, como niños, como el niño que pregunta a otro niño desconocido, ¿quieres jugar conmigo? Y juegan, y saben que lo que están haciendo es un juego. Lo que no impide que lo hagan con toda la seriedad del mundo. Como se realizan siempre los buenos juegos. Me ha gustado mucho conocer a este joven artista.

No lo canso más, mi muy querido amigo. Como siempre se quedan muchas cosas en el tintero, frase hecha ya que escribo con el ordenador; pero estoy segura de que usted sabrá leer entre líneas. Si me dejan tranquila en mi rincón, esta carta tendrá segundas partes. Cuídese mucho. Y escríbame pronto. Suya





P. D.



Etiquetas:   Educación   ·   Familia

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